Kodoku se despertó aquella mañana sabiendo que Seshiria ya no era ella.
¿Cómo es posible, pensó, que la
mujer con la que he compartido 4 años de mi vida ya no sea la misma?
La cama se veía demasiado
brillante, como si produjera luz en lugar de recibirla y refractarla a través
de su tejido, de su estructura, de su permeabilidad para ser moldeada.
Kodoku observó el techo pero
deseó estar viendo a la ventana en su lugar. Por la misma entraba la luz del
sol naciente que creaba aquella enceguecedora atmósfera en la habitación. Todo
era blanco. Mientras, él continuaba viendo hacia el techo pero queriendo
observar a la ventana.
3:15.
Seshiria se movió en su lado de
la cama y continuó proyectando la imagen de su sueño sobre la oscura pantalla
inventada por sus párpados cerrados. En aquella superficie de piel, ella veía
dos carreteles paralelos en un lugar vacío que compartían un hilo entre ambos.
Uno se desprendía del hilo mientras el otro lo recibía, pero éste jamás se
terminaba. De fondo, un sonido punzante lo cubría todo. Se sentía incómoda con
aquel sueño y al mismo tiempo sabía que jamás en toda su vida iba a poder
olvidarlo.
Kodoku le observó la espalda a
través del aire de la mañana y las partículas de polvo que navegaban por toda
aquella clasificación que su cerebro realizaba al procesar percepciones. Volvió
a sentirse extraño y a pensar en ella como una criatura totalmente ajena. Seshiria
no era Seshiria. 3:02. Pero, ¿acaso alguien la había cambiado por la noche o el
cambio había sido provocado de forma cautelosa a través de los días y semanas
sin que él pudiera notarlo hasta esa exacta mañana?
La acarició y se sintió culpable.
Había muchísimas cosas importantes que ya no recordaba sobre la vida, cosas que
alguna vez consideró mierda para gente ordinaria. Ahora se veía raro y sin
siquiera saber cómo verse a sí mismo. Existía, quizás, un vacío, un
cortocircuito que se alimentaba de su ignorancia para ignorar, sin saber
siquiera que su cometido final era justamente ignorarlo todo...
-Haz café-le susurró, poniendole
una mano en los hombros y en aquel instante se sintió perfecto, todo estaba
repentinamente funcionando de mil maravillas y nada de nada podía salir mal en
toda la creación.
2:45. Los carreteles
desaparecieron de forma violenta pero el sonido punzante continuó por unos
segundos más en el ambiente. La luz era otra, los olores también (a pesar de no
haber ninguno), su cabello era como el barro y se contemplaba a sí misma como
algo pesado pero feliz. Se irguió en la cama y pensó en el sueño que acababa de
tener. Todo parecía tan terrorífico entre los espacios ciegos de la luz diurna,
esos lugares invisibles que al caer la noche hacían de la misma un abismo
infinito.
Seshiria contempló a la pared. En
ella había un cuadro que una vez hace mucho tiempo pintó cuando creyó tener un
sueño igual al que en realidad hoy había tenido. Fue por ello que no supo si su
sueño realmente había ocurrido o no. Kodoku pensaba que los sueños y las
creaciones de la mente humana tenían cobijo físico y propio en alguna paralela
dimensión extrasensorial, pero ella era una persona más tranquila al respecto.
Ahora, simplemente podía ver lo que quería ver... y a Kodoku le pasaba
exactamente lo mismo pero sin tener la más mínima idea de ello.
Seshiria ya no amaba a Kodoku y Kodoku
creía que tampoco, pero simplemente era necesidad de que ella estuviese ausente
para que él se diera cuenta de lo que significaba tenerla en su vida, a su
lado, en la mañana, en la tarde y sobretodo... en la vastedad insondable e
interna de sí mismo como individuo fragil e intolerante. Eso, era para Kodoku
la noche.
Kodoku se levantó de la cama y se
puso los pantalones, conocía aquella rutina de memoria y por eso la llamaba
así. Sobre él se podía ver una sombra que en realidad no podía verse, una sombra
que (2:20) le haría saber que estaba equivocado y que lo que él y Seshiria
llamaban rutina en realidad era la cosa más preciosa del universo.
Tenerla a ella junto a él, en la
mañana, en la tarde y en sí mismo. Simplemente tenerla a ella. Llorar, entonces,
por egoísmo, por la falta de entereza, por el desmembramiento de su ser frente
a cualquier material que lo volviera invisible... como a alguien rodeado de
muertos con sangre afectada ya por la gravedad.
Kodoku se sintió pesado y
nuevamente volvió a pensar que Seshiria ya no era Seshiria. Ella ya no era
ella. ¿Y él?
Seshiria pensaba todo el día en
él y él también pensaba todo el día en él.
2:11.
Seshiria caminó hasta la cocina y
puso la pava para que el agua que luego haría sus sendos cafés, hirviera. Kodoku
siempre se había asombrado de la velocidad con la que ella realizaba los cafés
en la mañana... incluso, no recordaba haberse levantado un solo día en su vida
al mismo tiempo que ella. Seshiria siempre le traía el café a la cama y lo
despertaba abriendo la ventana. Pero hoy... la ventana estaba abierta de
antemano y él se estaba poniendo los pantalones mientras ella ponía la pava
llena de agua sobre el fuego, lo cual indicaba que por supuesto el café todavía
no estaba listo.
Seshiria no era Seshiria. Ella no
era ella. Pero él... él tampoco tenía ya seguridad de serlo.
-Bebé...-balbuceó, pensando en su
cabello y en sus manos acomodando las tazas que serían para ambos.
Kodoku se dirigió hasta la
cocina. 1:59.
Mientras Seshiria sacaba una
cuchara del primer cajón inferior se sintió pensada... como si en realidad ella
en entereza, su escenario físico y todas sus ideas y sensaciones estuviesen
siendo pensados por una persona en particular, un ser que lo estaba inventando
todo a su antojo basandose quizás en hechos que, administrados de esta manera
en particular, podían llegar a ser catárticos para él.
Kodoku entró por la puerta de la
cocina y la observó con la cuchara en la mano, las dos tazas frente a ella, el
pote de café instantáneo a un costado y la pava ya hirviendo, empañando el
vidrio del aspirador sobre la cocina.
-¿Cómo es posible que la pava ya
esté hirviendo? Acabo de oír hace sólo un momento que la colocaste al
fuego-preguntó él.
1:37.
Por una milésima de segundo,
recordó una situación de su pasado en la que había visto el rostro de una mujer
y cómo éste se deformaba en una milésima de segundo hasta parecer poseído por
alguna criatura diabólica. Pero eso era algo que jamás le pasaría en la vida
con Seshiria.
-Es extraño, ¿sabes?-dijo
ella.-Usualmente tengo que llevarte el café a la cama todos los días y recién
ahí comienzas a desperezarte.
¿Acaso Seshiria es capaz de leer
mis pensamientos, la idea de lo que la mente significa para mí?, pensó Kodoku
caminando hasta una silla y tomandola con la mano izquierda.
Se tomó de las muñecas y sintió
muchas ganas de largarse a llorar. No era algo común en él, un poco porque
tenía una imagen de sí mismo basada en películas de acción pero también porque
había perdido la costumbre, quizás por inseguridad, de desahogarse expeliendo
lágrimas.
Pero hoy, oh, chico, hoy
realmente se sentía como basura.
Seshiria lanzó el agua dentro de
la primer taza y Kodoku pudo escuchar el golpe, causante de una ola momentánea
en el interior del recipiente. Su cerebro comenzó a ponerse en pausa, como
cuando se quedaba mirando un punto fijo con nada en especial y segregaba alguna
sustancia que proveía de calma a la severidad, a veces brutal, de su sinapsis.
-1:15-le dijo a Seshiria,
mientras ella depositaba ambas tazas sobre la mesa y disponía a sentarse.
Ella no dijo nada y revolvió un
poco el contenido de su propia taza, la cual se encontraba semipartida de un
lado pero no lo suficiente como para comenzar a perder lo que tenía en su
interior.
Kodoku, por su parte, era todo lo
contrario.
Había comenzado realmente a
sentir cómo lo perdía absolutamente todo. Y aquel proceso, no se detendría
hasta acabar por completo.
Su tiempo se perdía, como cuando
se dice que una entidad alienígena pasa cerca de tu posición dimensional. Y el
café era su único compañero y Seshiria ya no era más Seshiria. ¿Alguna vez
volvería a serlo? Kodoku no lo sabía. 0:48. Kodoku observó en el rostro de
Seshiria como si éste fuese una pantalla hacia el vacío espacial, hacia un
infinito que le hablaba de sí mismo pero que no podía ser contenido, ni
aniquilado, ni apacigüado jamás. 0:43. Kodoku se sentía culpable, porque cuando
ella lo amaba, él no la amó. Pero él no lo sabía, no tenía la más mínima idea
de el por qué y ahora se sentía viendo a alguien que desconocía o creía
desconocer... 0:35... cuando, en realidad, era a él mismo a quien no conocía en
lo más mínimo. Kodoku entonces se sintió morir, pero sabiendo que ninguna parte
de aquella inmensa sensación podía impedir su triste final, que la situación
era la vida misma y que, de alguna forma retorcida, así era como se comunicaba
con las criaturas que creían estar despiertas estando (en 0:20 realidad)
dormidas. Kodoku recordó que jamás había sabido que un sueño era eso mismo
mientras estaba en su interior, jamás había podido ser lo suficientemente
lúcido como para diferenciar la vigilia del sueño hasta que éste se acababa y
allí, en aquel límite con mal sabor de boca, todo parecía demasiado obvio hasta
para un idiota ensimismado. Y Kodoku ya no supo, al ver cara a cara la
desesperada confrontación con lo realmente real en que se encontraba, qué era
lo que "real" significaba ni lo que "verdad" venía a
representar en el mundo tridimensional... 0:07... aquel que siempre fue
solamente una invención de sus ideas, prejuicios y capacidad de procesamiento
sensorial. ¿Quién había sobornado entonces a sus cinco sentidos durante toda su
vida?
0:00.
Mientras abría sus ojos en la
habitación completamente oscura y se encontraba solo, invadido por la noche y
sin escapatoria, pensando en Seshiria siendo pensada en la cocina mientras
tomaba una cuchara del cajón inferior, se dio cuenta que había sido él mismo.
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