Tus ojos distinguen una luz
cercana.
Elevas las manos para detener el
proceso de tu ceguera.
Abres la boca y sientes calor.
Empiezas a caminar entre una
multitud que no puedes distinguir visualmente.
Un ruido de interferencia, como
dos aparatos de sonido puestos en la misma frecuencia a muy corta distancia uno
del otro, invade tu razonamiento.
A lo lejos, pareciera ser música.
Bajas los brazos y piensas sobre
la última vez.
Entonces ves a las personas en
los balcones del antro, colgando desde los pisos superiores y moviéndose al
ritmo de un show.
El lugar está repleto de cables,
momificaciones y señales inalámbricas.
Muchas de las personas llevan
colores fluorescentes sobre su cabello y sus cuerpos.
Luces que los estrangulan a toda
velocidad.
Un proceso ha sido iniciado.
La mujer vestida completamente de
negro que manipula un Korg sobre el escenario, comienza a cantar.
Con suavidad y destreza, intentas
aterrizar en una zona descampada de tu conciencia momentánea.
Parpadeas.
Los ojos redondos y hechizantes
de aquella delgada criatura femenina con su corte carré y su voz llenando de
frecuencias geométricamente extrañas el aire que respirás por cada poro de tu
cuerpo, no te permiten llevar a cabo la retirada.
Una fina y aguda luz roja de
intensidad crítica te hiere la visión desde el costado derecho.
Vuelves a elevar los brazos para
sentirte aún más indefenso casi sin querer hacerlo.
Un policía te está señalando,
directo al rostro.
La mujer deja de cantar y
comienza a bailar, con los ojos cerrados y la cabeza gacha.
El ritmo de la canción se ha
tornado ecléctico e irrefrenable.
Todas las personas con luces
brillantes encima siguen el mismo ritmo, los demás convierten sus ropajes
llanamente negros en parte de la masa de oscuridad que rodea y conforma todo en
derredor.
Corres para llegar hasta la
cantante sobre el escenario.
Pones un pie en él e intentas
balancearte a la superficie con la otra pierna, haciendo equilibrio con ambos
brazos planeando hacia los lados.
Tu visión se tambalea sobre una
fina cortina de humo que parece brotar desde el mismísimo aire.
Colocas tus manos sobre el teclado Korg de la mujer y continúas cantando.
Colocas tus manos sobre el teclado Korg de la mujer y continúas cantando.
La gente eleva sus brazos y
aplaude.
Observas al público mientras tus
dedos tocan solos y tu diafragma acarrea notas de un extremo al otro.
El policía del láser está
señalando los ojos de la mujer delgada completamente vestida de negro y con
corte carré entre la muchedumbre.
Un sonido de saturación casi
imperceptible gobierna la frecuencia de tu organo auditivo, una señal parece
haberte invadido sin permiso.
Ella se difumina hasta
desaparecer entre la vastedad de espacios negros.
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