En sus sueños, él siente alas en el pecho y la espalda.
Se ve a sí mismo como una
pintura rústica, con una excelentemente trabajada proporción de la anatomía
humana.
Su delgado brazo derecho
se eleva al cielo, su cabeza apunta al mismo lugar.
Su boca se desprende en
un grito sin oxígeno.
Su brazo izquierdo parece
menos flaco debido a la contorsión sobre sí mismo, sus dedos están separados al
medio por una división par.
Las alas de su espalda
acaban desprendiéndose y convirtiéndose en un cuervo desgreñado.
Plumas vuelan por todas
partes.
En su pecho hay un
alboroto de oscuridad, como un pozo negro en la infinitud absoluta del espacio
y el tiempo convergidos en un mismo y único punto.
Parece como si fuera a
recibir algo.
Algo del cielo claro.
Entonces, él despierta.
Y se encuentra reducido a
polvo.
Dentro de la noche, otra
vez voy por afuera. Por poco y despacio que
intenté andar, no pude continuar escuchando. Creí haber visto y estado
allí antes. Viendo mi sueño regado,
sobre el suelo mugroso de un callejón dentro de la noche. Helada/o, gélida/o, maldita/o. El mundo se merecía algo
mejor. Pero no yo, no esa noche. Extraje mi pantalla e
ingresé un código. ¿Serían los comandantes o
habría venido el propio F.B.I. hasta mi país? No lo sabía, aunque por
el modo de actuar que creía percibir en las pocas personas a mi alrededor se
trataba de algo muy perturbador. Acabé por desbocarme en
un rincón junto a la avenida principal. Mi pantalla se apagó. Necesité de mis alas,
necesité de mis cuervos. Pero no los tuve, no tuve
ya más nada en este mundo.
Pasó desapercibido unas
horas hasta que creyó ver el amanecer.
Él estaba por venir.
¿Él sería él mismo otra
vez?
Vio la luz como una
navaja sobre el sol, una persona volando directo hacia él.
Caminó hasta casa y se
refugió en la cocina.
Prendió la pantalla y
bebió algo de jugo multifrutal.
Se sintió estresado pero
al mismo tiempo relajado.
Entró en una página web
que había volteado el día anterior por encargo de un vecino.
Ya estaba online
nuevamente.
Alguien le andaba
mordiendo los talones.
Lo sabía, pero no
entendía quién podía ser.
Era un mequetrefe
demasiado pequeño como para hacer venir a agentes internacionales.
Pero algo le decía que
las cosas no estaban bien, para nada.
Puso un video musical e
intentó calmarse.
Nadie lo iba a meter
preso, todo estaría bien.
Él creyó todo aquello
hasta que vio a la mujer entrando por la puerta trasera de su casa.
Su reacción fue muy
lenta, sobretodo porque no podía dejar de mirarla.
Llevaba una máscara kabuki cubriéndole el rostro y un traje Armani el resto del cuerpo.
En aquel instante, él
pensó que todo estaba acabado.
-Me encargaron que te
capturase vivo, pero no dudaré un segundo en matarte si debo hacerlo.
-¿Quiénes?
La mujer desenfundó un
cuchillo.
-Está bien, solamente…
¿puedo llevar mi pantalla?
-La necesitarás.
Y él no supo por qué,
pero en aquel momento se imaginó plenamente lo que sería de él al morir.
Sólo un saco de huesos
enterrado y olvidado.
Para siempre.
El reloj siempre parecía
estar contando, cada latido, cada momento.
Y éste, era uno muy
especial.
Uno de los que acortan o
alargan la vida de forma indefinida.
Él se creyó a sí mismo muerto y despojado de las coordenadas que, en el fondo de su instinto, le hacían palpitar indirectamente hacia aquellos despojos de una salvación no merecida.
En mis sueños, vuelvo
otra vez al mismo lugar de siempre. Me escondo entre cobijas
y colchas, intentando aplacar la sensación inminente de desprendimiento. Vienen a por mí. Las alas y los cuervos,
los sonidos y las mutilaciones, los escarnios y las navajas. Vienen a por mí. Los jueces de todos los
mundos que se encargan de hacer parir. A través de las cañerías
que no se cambian desde 1988, componiendo una y otra vez la misma sinfonía en
cada sueño que me acontece. ¿Es posible que este
mundo que veo se forme a sí mismo, despacio, mientras alarga y estira su propia
materia para no morir? Cada noche que me acuesto
y pienso en dormir, un mundo ya programado para mi encuentro se forma a sí
mismo a mi alrededor. ¿O acaso soy yo quien se
desintegra por completo en la cama para volver a componerse al revés en aquel
enrevesado planeta? Creo que no puedo
saberlo, que no me es permitido develarlo aún. Creo que me compongo en
reversa, como si el proceso de vida de una flor comenzara con su
marchitamiento. Pero yo no soy una flor. Soy una máquina. Y creía estar muerto,
hasta que alguien decodificó mi conciencia, dejando caer pequeñas migajas de
luz en mi camino… quizás para no dejar que me perdiera. En la inmensidad del
sueño, en el pantano troglodita de mi inconsciente. No quiero reinar aquí, ni
ser esclavo allá. No quiero morir y olvidar
lo que fui. No quiero volver otra vez
sin memoria… pero sé que no la merezco, no me he ganado el esplendor de la
sabiduría. Y todo porque no he sido
capaz de desarmar mi ser y volverlo a armar, cuidadosamente, al revés de cómo
se encuentra hoy.
Él se creyó a sí mismo muerto y despojado de las coordenadas que, en el fondo de su instinto, le hacían palpitar indirectamente hacia aquellos despojos de una salvación no merecida.
Mis pequeños, ¿dónde
han ido?
Él pensaba todo el tiempo
en sí mismo como un personaje ficticio, una caricatura desdibujada en las
escalas que existen entre el blanco y el negro.
¿Me devolverás algún día
la sabiduría?
Él ve escaleras y
portales, planos entremezclados pero sin convergencia real entre sus
extremidades, entre sus puntos más permeables y translúcidos.
Ya no deseo volver a
nacer otra vez.
Él ya no lo quiere así.
Él ya no quiere que el
mundo se deshaga tantas veces, jugando con la suerte que lo hace retornar a su
forma original.
Creo que algún día puede
romperse… la mínima línea de conexión que aún mantengo con mis sentidos.
-¿Qué estamos haciendo aquí?-preguntó él.
-¿Qué estamos haciendo aquí?-preguntó él.
Desde su punto de vista,
no estaba muerto.
Pero aquello siempre
podía ser discutible.
-Jugando-respondió la
mujer kabuki, mientras miraba con atención hacia la calle.
Se encontraban en un
callejón.
El mismo donde a él,
horas antes, se le había muerto la pantalla.
Pero no fue porque sí.
Era obvio que el aparato
había recibido alguna señal de satélite espía que le desintegró por completo el
CPU.
Había visto ese tipo de
tecnología antes en acción, durante la fuga de cerebros en el 87, lo cual significaba
que no se trataba de algo nuevo.
Nunca lo era.
Las jerarquías superiores
del sistema social establecido estaban siempre a la vanguardia, simplemente
porque ellos eran la mismísima vanguardia.
Por aquel entonces
intentaron de todo, hasta esconder los procesadores bajo aluminio de cocina
pero, ¿qué crees?
-Acércate a esta
pared-dijo la mujer.
-Oye, no quiero que
vuelvan a freírme nada-replicó él.
-Cierra la boca y
conéctate a ella.
Él la observó como si la
mujer tras la máscara acabara, repentina y espontáneamente, de perder la
cordura.
-Eso es una pared
inerte-dijo, señalando el revoque.
La mujer extrajo
nuevamente el cuchillo y lo colocó junto a su oreja izquierda.
Había un viento
sintético, artificial, que sobrevolaba las inmediaciones entre la punta del arma
y su caverna auditiva.
Era una señal que lo
alteraba, que le ponía la piel de gallina y lo hacía odiar todo a su alrededor.
Pero eso sólo aconteció
durante el primer segundo.
Al siguiente, ya había
dejado de mirar la pared… para comenzar a verla.
-¿Qué carajo es
esto?-dijo, casi dejando caer su mochila con la pantalla directamente al suelo.
La pared era líquida al
cien por ciento.
No era agua.
No eran pensamientos.
No eran bits.
No sé lo que era.
Al día siguiente, él era
un robot.
Un autómata.
Pero la definición
clásica de una máquina solamente capaz de bordear los límites de razonamiento
impuestos por su programador ya no era tan palpable.
El creador le da cuerpo a
su invención.
Hardware.
Luego, escribe dichas
limitaciones.
Software.
Pero, ¿qué ocurre si el
supuesto autómata logra, en cierto instante, sortear sus impedimentos y vencer
a lo establecido?
¿Instantáneamente deja de
ser lo que era?
Y esto, ¿lo hace perder
todo aquello que lo hacía ser quién era?
Si es así…
¿Qué es lo que es ahora
entonces?
El teléfono sonó y lo
atendí. Aquello fue lo primero
que ocurrió. Levántate. Ven a
comer, dijo la voz de mi madre del otro lado. No supe si de verdad era
ella. Hacía muchos años que
había dejado de vivir en la casa de mis padres. La luz que ingresaba por
la ventana que daba al patio me cegó, cuando miré directo hacia su esbelto e
impasible cuerpo incorpóreo. Creí ver algo por el
rabillo de mi ojo, nada especial, una sombra negra quizás. Colgué el teléfono. Volví a ver la sombra
negra, como si se arrastrara por debajo de la puerta hacia el interior de mi
habitación. Me asusté por completo y
sentí mucho miedo. La columna vertebral se
me estremeció de repente, sin pensarlo dos veces. Recordé lo que había
soñado. Una mujer que había visto
sólo un par de veces en toda mi vida. Volví a asustarme, pero
esta vez no tuve la más mínima idea del por qué. Creí escuchar voces pero
que en realidad, en el inicio de su existencia sonora, eran más bien como el
aleteo de moscas sobre alguna sustancia en descomposición. Me senté al borde de la
cama y respiré conscientemente. Desconocía lo que me
estaba pasando. Enajenado por completo de
la situación presente, de forma lúcida y expectativa, a sabiendas de que nada
de lo que estaba ocurriendo podía alguna vez fluir bajo mi control. Encendí la pantalla. Me perdí en la red unas
cuántas horas sustanciosas. Debía ir a comprar un
pantalón. Quería uno con bolsillos
a los lados, como los rollers hackers de los 90. Me levanté y bebí algo de
jugo multifrutal que había quedado en una taza de la noche anterior. Fui al baño y oriné. Volví a la pantalla. Leí un código que no
entendía. Alguien dijo afuera que
me buscaba. No sé por qué él tocó el
timbre sin antes haber llamado.
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