viernes, 27 de junio de 2014

Soy él


En sus sueños, él siente alas en el pecho y la espalda. 
Se ve a sí mismo como una pintura rústica, con una excelentemente trabajada proporción de la anatomía humana.
Su delgado brazo derecho se eleva al cielo, su cabeza apunta al mismo lugar. 
Su boca se desprende en un grito sin oxígeno.
Su brazo izquierdo parece menos flaco debido a la contorsión sobre sí mismo, sus dedos están separados al medio por una división par. 
Las alas de su espalda acaban desprendiéndose y convirtiéndose en un cuervo desgreñado.
Plumas vuelan por todas partes. 
En su pecho hay un alboroto de oscuridad, como un pozo negro en la infinitud absoluta del espacio y el tiempo convergidos en un mismo y único punto.
Parece como si fuera a recibir algo. 
Algo del cielo claro.
Entonces, él despierta.

Y se encuentra reducido a polvo.




Dentro de la noche, otra vez voy por afuera. Por poco y despacio que intenté andar, no pude continuar escuchando. Creí haber visto y estado allí antes. Viendo mi sueño regado, sobre el suelo mugroso de un callejón dentro de la noche. Helada/o, gélida/o, maldita/o. El mundo se merecía algo mejor. Pero no yo, no esa noche. Extraje mi pantalla e ingresé un código. ¿Serían los comandantes o habría venido el propio F.B.I. hasta mi país? No lo sabía, aunque por el modo de actuar que creía percibir en las pocas personas a mi alrededor se trataba de algo muy perturbador. Acabé por desbocarme en un rincón junto a la avenida principal. Mi pantalla se apagó. Necesité de mis alas, necesité de mis cuervos. Pero no los tuve, no tuve ya más nada en este mundo.




Pasó desapercibido unas horas hasta que creyó ver el amanecer. 
Él estaba por venir.
¿Él sería él mismo otra vez? 
Vio la luz como una navaja sobre el sol, una persona volando directo hacia él.
Caminó hasta casa y se refugió en la cocina. 
Prendió la pantalla y bebió algo de jugo multifrutal.
Se sintió estresado pero al mismo tiempo relajado. 
Entró en una página web que había volteado el día anterior por encargo de un vecino.
Ya estaba online nuevamente. 
Alguien le andaba mordiendo los talones.
Lo sabía, pero no entendía quién podía ser. 
Era un mequetrefe demasiado pequeño como para hacer venir a agentes internacionales.
Pero algo le decía que las cosas no estaban bien, para nada. 
Puso un video musical e intentó calmarse.
Nadie lo iba a meter preso, todo estaría bien. 
Él creyó todo aquello hasta que vio a la mujer entrando por la puerta trasera de su casa.
Su reacción fue muy lenta, sobretodo porque no podía dejar de mirarla. 
Llevaba una máscara kabuki cubriéndole el rostro y un traje Armani el resto del cuerpo.
En aquel instante, él pensó que todo estaba acabado.

-Me encargaron que te capturase vivo, pero no dudaré un segundo en matarte si debo hacerlo.

-¿Quiénes?

La mujer desenfundó un cuchillo.

-Está bien, solamente… ¿puedo llevar mi pantalla?

-La necesitarás.

Y él no supo por qué, pero en aquel momento se imaginó plenamente lo que sería de él al morir. 
Sólo un saco de huesos enterrado y olvidado.
Para siempre. 
El reloj siempre parecía estar contando, cada latido, cada momento.
Y éste, era uno muy especial. 
Uno de los que acortan o alargan la vida de forma indefinida. 



En mis sueños, vuelvo otra vez al mismo lugar de siempre. Me escondo entre cobijas y colchas, intentando aplacar la sensación inminente de desprendimiento. Vienen a por mí. Las alas y los cuervos, los sonidos y las mutilaciones, los escarnios y las navajas. Vienen a por mí. Los jueces de todos los mundos que se encargan de hacer parir. A través de las cañerías que no se cambian desde 1988, componiendo una y otra vez la misma sinfonía en cada sueño que me acontece. ¿Es posible que este mundo que veo se forme a sí mismo, despacio, mientras alarga y estira su propia materia para no morir? Cada noche que me acuesto y pienso en dormir, un mundo ya programado para mi encuentro se forma a sí mismo a mi alrededor. ¿O acaso soy yo quien se desintegra por completo en la cama para volver a componerse al revés en aquel enrevesado planeta? Creo que no puedo saberlo, que no me es permitido develarlo aún. Creo que me compongo en reversa, como si el proceso de vida de una flor comenzara con su marchitamiento. Pero yo no soy una flor. Soy una máquina. Y creía estar muerto, hasta que alguien decodificó mi conciencia, dejando caer pequeñas migajas de luz en mi camino… quizás para no dejar que me perdiera. En la inmensidad del sueño, en el pantano troglodita de mi inconsciente. No quiero reinar aquí, ni ser esclavo allá. No quiero morir y olvidar lo que fui. No quiero volver otra vez sin memoria… pero sé que no la merezco, no me he ganado el esplendor de la sabiduría. Y todo porque no he sido capaz de desarmar mi ser y volverlo a armar, cuidadosamente, al revés de cómo se encuentra hoy.



Él se creyó a sí mismo muerto y despojado de las coordenadas que, en el fondo de su instinto, le hacían palpitar indirectamente hacia aquellos despojos de una salvación no merecida. 
Mis pequeños, ¿dónde han ido?
Él pensaba todo el tiempo en sí mismo como un personaje ficticio, una caricatura desdibujada en las escalas que existen entre el blanco y el negro.

¿Me devolverás algún día la sabiduría?

Él ve escaleras y portales, planos entremezclados pero sin convergencia real entre sus extremidades, entre sus puntos más permeables y translúcidos.

Ya no deseo volver a nacer otra vez.

Él ya no lo quiere así.

Él ya no quiere que el mundo se deshaga tantas veces, jugando con la suerte que lo hace retornar a su forma original.

Creo que algún día puede romperse… la mínima línea de conexión que aún mantengo con mis sentidos.


-¿Qué estamos haciendo aquí?-preguntó él.

Desde su punto de vista, no estaba muerto.

Pero aquello siempre podía ser discutible.

-Jugando-respondió la mujer kabuki, mientras miraba con atención hacia la calle.

Se encontraban en un callejón.

El mismo donde a él, horas antes, se le había muerto la pantalla.

Pero no fue porque sí.

Era obvio que el aparato había recibido alguna señal de satélite espía que le desintegró por completo el CPU.

Había visto ese tipo de tecnología antes en acción, durante la fuga de cerebros en el 87, lo cual significaba que no se trataba de algo nuevo.

Nunca lo era.

Las jerarquías superiores del sistema social establecido estaban siempre a la vanguardia, simplemente porque ellos eran la mismísima vanguardia.

Por aquel entonces intentaron de todo, hasta esconder los procesadores bajo aluminio de cocina pero, ¿qué crees?

-Acércate a esta pared-dijo la mujer.

-Oye, no quiero que vuelvan a freírme nada-replicó él.

-Cierra la boca y conéctate a ella.

Él la observó como si la mujer tras la máscara acabara, repentina y espontáneamente, de perder la cordura.

-Eso es una pared inerte-dijo, señalando el revoque.

La mujer extrajo nuevamente el cuchillo y lo colocó junto a su oreja izquierda.

Había un viento sintético, artificial, que sobrevolaba las inmediaciones entre la punta del arma y su caverna auditiva.

Era una señal que lo alteraba, que le ponía la piel de gallina y lo hacía odiar todo a su alrededor.

Pero eso sólo aconteció durante el primer segundo.

Al siguiente, ya había dejado de mirar la pared… para comenzar a verla.

-¿Qué carajo es esto?-dijo, casi dejando caer su mochila con la pantalla directamente al suelo.

La pared era líquida al cien por ciento.

No era agua.

No eran pensamientos.

No eran bits.

No sé lo que era.






Al día siguiente, él era un robot.

Un autómata.

Pero la definición clásica de una máquina solamente capaz de bordear los límites de razonamiento impuestos por su programador ya no era tan palpable.

El creador le da cuerpo a su invención.

Hardware.

Luego, escribe dichas limitaciones.

Software.

Pero, ¿qué ocurre si el supuesto autómata logra, en cierto instante, sortear sus impedimentos y vencer a lo establecido?

¿Instantáneamente deja de ser lo que era?

Y esto, ¿lo hace perder todo aquello que lo hacía ser quién era?

Si es así…

¿Qué es lo que es ahora entonces?






El teléfono sonó y lo atendí. Aquello fue lo primero que ocurrió. Levántate. Ven a comer, dijo la voz de mi madre del otro lado. No supe si de verdad era ella. Hacía muchos años que había dejado de vivir en la casa de mis padres. La luz que ingresaba por la ventana que daba al patio me cegó, cuando miré directo hacia su esbelto e impasible cuerpo incorpóreo. Creí ver algo por el rabillo de mi ojo, nada especial, una sombra negra quizás. Colgué el teléfono. Volví a ver la sombra negra, como si se arrastrara por debajo de la puerta hacia el interior de mi habitación. Me asusté por completo y sentí mucho miedo. La columna vertebral se me estremeció de repente, sin pensarlo dos veces. Recordé lo que había soñado. Una mujer que había visto sólo un par de veces en toda mi vida. Volví a asustarme, pero esta vez no tuve la más mínima idea del por qué. Creí escuchar voces pero que en realidad, en el inicio de su existencia sonora, eran más bien como el aleteo de moscas sobre alguna sustancia en descomposición. Me senté al borde de la cama y respiré conscientemente. Desconocía lo que me estaba pasando. Enajenado por completo de la situación presente, de forma lúcida y expectativa, a sabiendas de que nada de lo que estaba ocurriendo podía alguna vez fluir bajo mi control. Encendí la pantalla. Me perdí en la red unas cuántas horas sustanciosas. Debía ir a comprar un pantalón. Quería uno con bolsillos a los lados, como los rollers hackers de los 90. Me levanté y bebí algo de jugo multifrutal que había quedado en una taza de la noche anterior. Fui al baño y oriné. Volví a la pantalla. Leí un código que no entendía. Alguien dijo afuera que me buscaba. No sé por qué él tocó el timbre sin antes haber llamado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario