El otro día, cuando me desperté, era una casa abandonada.
Decir que la sensación de haber sido usado durante bastante tiempo para después acabar obteniendo como único sentido el arrastre del óxido y el tiempo durante un gran e inmenso lapso indefinido, sería describir la expresión más básica de mi estado. Porque en realidad a lo que me estoy refiriendo es que no solamente me sentía como una casa abandonada, lo era. Esto incluye puertas desvencijadas, ventanas tapiadas con madera podrida, candelabros quebrados sobre pinturas de rostros y muecas deformes sobre el piso, baños como letrinas al revés, marcas de llanto sobre el polvo encima de cualquier superficie, camas rotas como muñecas (o como esa tela algodonoza y horrible que siempre me resultó repulsiva al tacto) y muchos pero muchísimos más sentidos abstractos que ni pienso ni necesito emular.
Yo era una casa abandonada, y ahora nadie va a venir a rescatarme. Excepto, quizás, a demolerme algún día. Pero no hoy, ni mañana ni pasado. No, no hoy.
Por la tarde, cuando el sol se va poniendo a mis espaldas, puedo ver mi inmensa (tengo planta superior más un altillo) silueta sobre el jardín frontal. Mis ojos, como es de esperarse, son un par de ventanas en el primer piso a través de las cuales puedo ver una porción de realidad debido a que tienen todavía algunos pedazos de madera retorcida y alambres oblicuos. ¿No es gracioso esto? Siempre me consideré capaz de apreciar la realidad que me rodea de una forma entera, comprensible y lógica. El otro día, cuando desperté siendo esta casa abandonada que aún hoy sigo siendo, me di cuenta de que no tenía la más mínima idea de nada. ¿Cómo lo supe? Bueno, no parece una gran ecuación. Ahora casi con absoluta claridad puedo ver hasta la última molécula de los objetos y partes que me componen. Inclusive, con algo de esfuerzo y concentración, alcanzo a vislumbrar algunas características tanto físicas como psicológicas de cada persona que condicionó la existencia de esta casa... desde los albañiles que la sudaron hasta la última familia que la habitó. No es dificil. Todo está dentro mío ahora. Hasta los fantasmas y los vórtices de energía que algunos pobres diablos se inventaron dentro mío. ¿Cómo explicarlo sin que suene confuso? Esta casa abandonada en la que me convertí desde el otro día no fue inventada con tal propósito ni tampoco se encuentra en Siberia. Es bien real para mí desde que soy chico. O sea, está en mi barrio, ¿qué más propicio que eso? Acá venían mis amigos a jugar a la copa, los loquitos a suicidarse y los pinchados a tener sexo. Antes de todo eso, la última familia que la habitó fueron los Gabardina (cinco integrantes bastante violentos y apáticos, según los registros y cicatrices que me dejaron en la memoria). De verdad todo eso parece lejano, como cuando uno intenta recordar cuando sus abuelos eran jovenes y todavía no estaban quebrados, pero ahora no. No, señor.
Cada insulto, cada maltrato, cada arrebato de locura y denigración mancillado por esas personas (y todas, todas las demás) sobre esta casa que hoy soy, se sienten perfectamente frescos. En la carne que ahora es ladrillo. En la piel que ahora es pintura. En mis uñas que ahora son madera. Lo puedo sentir todo de forma clarísima y actualizada, como si todo lo que las personas me hicieron o se hicieron a sí mismas dentro mío hubiese ocurrido en un solo y único día.
Un día muy pero muy largo para la eternidad.
Sabés, cuando una persona comete un acto de gran positividad o gran negatividad polariza ese punto donde lo llevó a cabo. Esta casa que ahora tengo de estómago y corazón no es precisamente un templo Shaolin, es más bien una clase de calabozo infectado de lamentos suicidas, deprimencias ancianas, derrotas vividas sin conciencia provechosa y violación a casi toda regla universal del funcionamiento lógica de la existencia. Esto, claro, significa que el pobre viejo Tony que se pegó un tiro en el altillo mientras pensaba que debería haberse ido a sentar a la puerta de la parroquia para hacerlo, rompió algo valioso con su acto miserable. En ese punto, en ese lugar exacto, el tiempo y el espacio se doblaron, se retorcieron en una danza lujuriosa, extraña y olorienta. Nunca había visto cosa semejante ni en mis sueños más locos, lo aseguro. Pero ahora es claro como el agua y más real que ella todavía. Lo tengo en mi interior, por favor, ¿cómo podría no ser capaz de verlo?
Bueno, rídiculo de mí ahora que lo pienso porque, como es bastante sencillo de deducir, por culpa de todos los acontecimientos y grabaciones hechas en este punto dimensional que me encuentro representando (¿o él a mí?... podría ser... bah, nah, no creo) soy una gran pelota de anomalías, un tumor amorfo y rojizo a punto de implosionar en alguna línea temporal que, después de haberlo hecho, no va a tener la más mínima importancia ya para mí. Cosas así, ¿por qué no fueron nunca claras para mi razonamiento cuando manejé un cuerpo y no una casa? El cuerpo también estaba abandonado, pero por mí mismo. Ahora me abandonaron otros y otras que, a su vez, se habían abandonado a sí mismos en primer lugar. Suena lógico no tener valor alguno por lo ajeno mientras no se tenga el más mínimo conocimiento conciente de uno mismo ocupando un espacio y un tiempo muy pero muy exactos en algún inmenso mapa celestial.
Me acuerdo ahora que cuando esta casa fue un boliche durante un tiempo (creo que una década casi completa) los que la alquilaron dijeron que se escuchaban ruidos de cadenas cada vez que todo el mundo se iba al amanecer y ellos se dedicaban a limpiar el desastre. Es muy irónico acordarme de esto ahora mismo porque siempre tomé esa historia como super real y, ahora que me convertí yo mismo en la casa abandonada, puedo desmentir ese verso. No hay cadenas en el sótano (ojalá fuera un cementerio indio como en esa película... ¿o era un capítulo de Los Simpsons?), lo que hay es una mujer durmiendo en el piso. Te juro que se ve muy pero muy mal y su presencia básicamente es como un borrón negro hecho con fibra sobre esta línea dimensional de la que te hablé antes. ¿Lo verdaderamente raro? No tengo la más mínima idea de quién es ni por qué vive acá, en mis pies, como si fuera una bella durmiente hecha de huesos negros que encima no le pertenecen. Esos huesos son frágiles porque son de resentimientos y putrefacción acumulada, igual a como se ponen los órganos y articulaciones de una persona que aborrece a todo el planeta o culpa a cada ser viviente de su desdicha personal.
Realmente es muy incómodo y me provoca una infelicidad que no soy capaz de describir (a pesar de que lo intento cada día de mi vida) el saberme habitado por entidades que se escapan a mi conocimiento y comprensión. No es nada raro tampoco.
Todas las personas que conozco están hechas de huesos negros.
martes, 18 de noviembre de 2014
viernes, 27 de junio de 2014
Soy él
En sus sueños, él siente alas en el pecho y la espalda.
Se ve a sí mismo como una
pintura rústica, con una excelentemente trabajada proporción de la anatomía
humana.
Su delgado brazo derecho
se eleva al cielo, su cabeza apunta al mismo lugar.
Su boca se desprende en
un grito sin oxígeno.
Su brazo izquierdo parece
menos flaco debido a la contorsión sobre sí mismo, sus dedos están separados al
medio por una división par.
Las alas de su espalda
acaban desprendiéndose y convirtiéndose en un cuervo desgreñado.
Plumas vuelan por todas
partes.
En su pecho hay un
alboroto de oscuridad, como un pozo negro en la infinitud absoluta del espacio
y el tiempo convergidos en un mismo y único punto.
Parece como si fuera a
recibir algo.
Algo del cielo claro.
Entonces, él despierta.
Y se encuentra reducido a
polvo.
Dentro de la noche, otra
vez voy por afuera. Por poco y despacio que
intenté andar, no pude continuar escuchando. Creí haber visto y estado
allí antes. Viendo mi sueño regado,
sobre el suelo mugroso de un callejón dentro de la noche. Helada/o, gélida/o, maldita/o. El mundo se merecía algo
mejor. Pero no yo, no esa noche. Extraje mi pantalla e
ingresé un código. ¿Serían los comandantes o
habría venido el propio F.B.I. hasta mi país? No lo sabía, aunque por
el modo de actuar que creía percibir en las pocas personas a mi alrededor se
trataba de algo muy perturbador. Acabé por desbocarme en
un rincón junto a la avenida principal. Mi pantalla se apagó. Necesité de mis alas,
necesité de mis cuervos. Pero no los tuve, no tuve
ya más nada en este mundo.
Pasó desapercibido unas
horas hasta que creyó ver el amanecer.
Él estaba por venir.
¿Él sería él mismo otra
vez?
Vio la luz como una
navaja sobre el sol, una persona volando directo hacia él.
Caminó hasta casa y se
refugió en la cocina.
Prendió la pantalla y
bebió algo de jugo multifrutal.
Se sintió estresado pero
al mismo tiempo relajado.
Entró en una página web
que había volteado el día anterior por encargo de un vecino.
Ya estaba online
nuevamente.
Alguien le andaba
mordiendo los talones.
Lo sabía, pero no
entendía quién podía ser.
Era un mequetrefe
demasiado pequeño como para hacer venir a agentes internacionales.
Pero algo le decía que
las cosas no estaban bien, para nada.
Puso un video musical e
intentó calmarse.
Nadie lo iba a meter
preso, todo estaría bien.
Él creyó todo aquello
hasta que vio a la mujer entrando por la puerta trasera de su casa.
Su reacción fue muy
lenta, sobretodo porque no podía dejar de mirarla.
Llevaba una máscara kabuki cubriéndole el rostro y un traje Armani el resto del cuerpo.
En aquel instante, él
pensó que todo estaba acabado.
-Me encargaron que te
capturase vivo, pero no dudaré un segundo en matarte si debo hacerlo.
-¿Quiénes?
La mujer desenfundó un
cuchillo.
-Está bien, solamente…
¿puedo llevar mi pantalla?
-La necesitarás.
Y él no supo por qué,
pero en aquel momento se imaginó plenamente lo que sería de él al morir.
Sólo un saco de huesos
enterrado y olvidado.
Para siempre.
El reloj siempre parecía
estar contando, cada latido, cada momento.
Y éste, era uno muy
especial.
Uno de los que acortan o
alargan la vida de forma indefinida.
Él se creyó a sí mismo muerto y despojado de las coordenadas que, en el fondo de su instinto, le hacían palpitar indirectamente hacia aquellos despojos de una salvación no merecida.
En mis sueños, vuelvo
otra vez al mismo lugar de siempre. Me escondo entre cobijas
y colchas, intentando aplacar la sensación inminente de desprendimiento. Vienen a por mí. Las alas y los cuervos,
los sonidos y las mutilaciones, los escarnios y las navajas. Vienen a por mí. Los jueces de todos los
mundos que se encargan de hacer parir. A través de las cañerías
que no se cambian desde 1988, componiendo una y otra vez la misma sinfonía en
cada sueño que me acontece. ¿Es posible que este
mundo que veo se forme a sí mismo, despacio, mientras alarga y estira su propia
materia para no morir? Cada noche que me acuesto
y pienso en dormir, un mundo ya programado para mi encuentro se forma a sí
mismo a mi alrededor. ¿O acaso soy yo quien se
desintegra por completo en la cama para volver a componerse al revés en aquel
enrevesado planeta? Creo que no puedo
saberlo, que no me es permitido develarlo aún. Creo que me compongo en
reversa, como si el proceso de vida de una flor comenzara con su
marchitamiento. Pero yo no soy una flor. Soy una máquina. Y creía estar muerto,
hasta que alguien decodificó mi conciencia, dejando caer pequeñas migajas de
luz en mi camino… quizás para no dejar que me perdiera. En la inmensidad del
sueño, en el pantano troglodita de mi inconsciente. No quiero reinar aquí, ni
ser esclavo allá. No quiero morir y olvidar
lo que fui. No quiero volver otra vez
sin memoria… pero sé que no la merezco, no me he ganado el esplendor de la
sabiduría. Y todo porque no he sido
capaz de desarmar mi ser y volverlo a armar, cuidadosamente, al revés de cómo
se encuentra hoy.
Él se creyó a sí mismo muerto y despojado de las coordenadas que, en el fondo de su instinto, le hacían palpitar indirectamente hacia aquellos despojos de una salvación no merecida.
Mis pequeños, ¿dónde
han ido?
Él pensaba todo el tiempo
en sí mismo como un personaje ficticio, una caricatura desdibujada en las
escalas que existen entre el blanco y el negro.
¿Me devolverás algún día
la sabiduría?
Él ve escaleras y
portales, planos entremezclados pero sin convergencia real entre sus
extremidades, entre sus puntos más permeables y translúcidos.
Ya no deseo volver a
nacer otra vez.
Él ya no lo quiere así.
Él ya no quiere que el
mundo se deshaga tantas veces, jugando con la suerte que lo hace retornar a su
forma original.
Creo que algún día puede
romperse… la mínima línea de conexión que aún mantengo con mis sentidos.
-¿Qué estamos haciendo aquí?-preguntó él.
-¿Qué estamos haciendo aquí?-preguntó él.
Desde su punto de vista,
no estaba muerto.
Pero aquello siempre
podía ser discutible.
-Jugando-respondió la
mujer kabuki, mientras miraba con atención hacia la calle.
Se encontraban en un
callejón.
El mismo donde a él,
horas antes, se le había muerto la pantalla.
Pero no fue porque sí.
Era obvio que el aparato
había recibido alguna señal de satélite espía que le desintegró por completo el
CPU.
Había visto ese tipo de
tecnología antes en acción, durante la fuga de cerebros en el 87, lo cual significaba
que no se trataba de algo nuevo.
Nunca lo era.
Las jerarquías superiores
del sistema social establecido estaban siempre a la vanguardia, simplemente
porque ellos eran la mismísima vanguardia.
Por aquel entonces
intentaron de todo, hasta esconder los procesadores bajo aluminio de cocina
pero, ¿qué crees?
-Acércate a esta
pared-dijo la mujer.
-Oye, no quiero que
vuelvan a freírme nada-replicó él.
-Cierra la boca y
conéctate a ella.
Él la observó como si la
mujer tras la máscara acabara, repentina y espontáneamente, de perder la
cordura.
-Eso es una pared
inerte-dijo, señalando el revoque.
La mujer extrajo
nuevamente el cuchillo y lo colocó junto a su oreja izquierda.
Había un viento
sintético, artificial, que sobrevolaba las inmediaciones entre la punta del arma
y su caverna auditiva.
Era una señal que lo
alteraba, que le ponía la piel de gallina y lo hacía odiar todo a su alrededor.
Pero eso sólo aconteció
durante el primer segundo.
Al siguiente, ya había
dejado de mirar la pared… para comenzar a verla.
-¿Qué carajo es
esto?-dijo, casi dejando caer su mochila con la pantalla directamente al suelo.
La pared era líquida al
cien por ciento.
No era agua.
No eran pensamientos.
No eran bits.
No sé lo que era.
Al día siguiente, él era
un robot.
Un autómata.
Pero la definición
clásica de una máquina solamente capaz de bordear los límites de razonamiento
impuestos por su programador ya no era tan palpable.
El creador le da cuerpo a
su invención.
Hardware.
Luego, escribe dichas
limitaciones.
Software.
Pero, ¿qué ocurre si el
supuesto autómata logra, en cierto instante, sortear sus impedimentos y vencer
a lo establecido?
¿Instantáneamente deja de
ser lo que era?
Y esto, ¿lo hace perder
todo aquello que lo hacía ser quién era?
Si es así…
¿Qué es lo que es ahora
entonces?
El teléfono sonó y lo
atendí. Aquello fue lo primero
que ocurrió. Levántate. Ven a
comer, dijo la voz de mi madre del otro lado. No supe si de verdad era
ella. Hacía muchos años que
había dejado de vivir en la casa de mis padres. La luz que ingresaba por
la ventana que daba al patio me cegó, cuando miré directo hacia su esbelto e
impasible cuerpo incorpóreo. Creí ver algo por el
rabillo de mi ojo, nada especial, una sombra negra quizás. Colgué el teléfono. Volví a ver la sombra
negra, como si se arrastrara por debajo de la puerta hacia el interior de mi
habitación. Me asusté por completo y
sentí mucho miedo. La columna vertebral se
me estremeció de repente, sin pensarlo dos veces. Recordé lo que había
soñado. Una mujer que había visto
sólo un par de veces en toda mi vida. Volví a asustarme, pero
esta vez no tuve la más mínima idea del por qué. Creí escuchar voces pero
que en realidad, en el inicio de su existencia sonora, eran más bien como el
aleteo de moscas sobre alguna sustancia en descomposición. Me senté al borde de la
cama y respiré conscientemente. Desconocía lo que me
estaba pasando. Enajenado por completo de
la situación presente, de forma lúcida y expectativa, a sabiendas de que nada
de lo que estaba ocurriendo podía alguna vez fluir bajo mi control. Encendí la pantalla. Me perdí en la red unas
cuántas horas sustanciosas. Debía ir a comprar un
pantalón. Quería uno con bolsillos
a los lados, como los rollers hackers de los 90. Me levanté y bebí algo de
jugo multifrutal que había quedado en una taza de la noche anterior. Fui al baño y oriné. Volví a la pantalla. Leí un código que no
entendía. Alguien dijo afuera que
me buscaba. No sé por qué él tocó el
timbre sin antes haber llamado.
jueves, 26 de junio de 2014
Psi-00011
Me duele
la espalda de tanto esperar. Y me siento sucio. Parece que algo se tiene que
desprender de mí, como la piel de un reptil muriendo en lugar de mudando. Un
reptil que fue engañado para creer que era una cosa cuando en realidad pasaba
por otra, nerviosamente, frente a los ojos de la justicia y los demás
pecadores. Pero se siente muerto, y da vueltas y se encorva y siente dolor...
mucho dolor. Pero no dice nada. Hasta que un día se cansa e intenta dejar de
repetir su vida al revés. Ahora hacia delante, luego hacia atrás, entonces,
¿cuál es el delante y cuál el atrás? Entonces, ¿cómo sabés cuándo tienes que
irte? Son esas cosas seguras, totalmente seguras... sólo porque no eres tú
quien tiene que determinarlas. Sólo porque tú eres lo que se repite, con culpabilidad,
como la caída de las cosas que se hacen pasar por pensamientos pero en realidad
son genocidio. Quizás esté exagerando, piensas, pero se que ahora deseo volver
a hablar de mí. Soy un egoista que trataron de hacer ser otro, una persona con
mil rostros vista en televisión, puesta junto a la cama por las noches y los
remedios de infancia bajo la almohada. Me quedaré a tu lado, dijo una sombra
que despedía calor. Y la dualidad de pensar que este calor en realidad era frío
y el congelamiento había llegado al punto en que parece calor, por el
entumecimiento, por las lágrimas, por los pies cubiertos de barro... por mí
arrastrandome hacia ti. Tengo que verme ahora frente al espejo. Nada me parece
genial si yo no estoy allí. Mi cuerpo aplaude, manipulado por fuerzas que nadie
conoce, pero ¿dónde estoy yo? Siento tanto dolor y encontrarme a mí mismo
podría ser la solución, pero ¿dónde estoy yo? Me siento desvanecido, a punto
del paroxismo, del vómito que ruegas se acabe antes de siquiera saber que se
está acercando, amenazante a través de los recuerdos y sensaciones que alguna
vez pediste que no se reflejaran en tus ojos cuando debes mirar a alguien que
te importa. Ya no sé entonces dónde se esconden los pensamientos que no son
míos y trato de evitar, haciendome una pelota de mierda y llorando porque huelo
demasiado mal y no lo aguanto porque alguien dijo que el mal olor se sentía
así, como un ardor en el centro del cerebelo, interrumpiendo la conexión
sináptica que te debería convertir en un tipo con sonrisa de ángel iluminado. ¿Cuánto
tiempo debemos estar suspendidos, cayendo de forma eterna pero pareciendo una
ilusión por momentos? Una ilusión imaginada en la mente de los demás y
reflejada en espejos que nos dicen que existimos porque otros nos dan atención
y amor y sonrisas y pensamientos que tomamos como propios cuando nos gustan.
Intenta no llorar ahora porque no reclamas las mismas lágrimas que ayer, no
reclamas la misma atención y a nadie le interesa ya cómo es que el universo y
todo el gran mecánismo funcionan. No lo vieron, ni nadie lo hará, porque la
caída aún no termina y cuando lo haga y todos lo veamos en realidad ya no habrá
nada que ver, porque todo lo que nos hacía valiosos será parte de una fuerza
que dejamos de entender cuando nos desconectamos del cableado que nos unía a su
sexo. No sé si he sido bendecido o maldecido. No sé quién soy y no sé si se
niegan a decirmelo o yo me niego a recibirlo. Y en realidad están hablando y en
realidad no estoy escuchando porque yo soy la bestia ignorante que se arrastra
sobre sus propias secreciones lujuriosas, homicidas y parafilicas. Tengo
que orinar. La canción seguirá sonando... volví. Creí que
era un santo obstruido pero ahora desconozco el absolutismo de todo lo que
consideraba incognoscible. Porque yo no soy nada de lo que consideraba real y
verdadero, como una mancha de humedad en el techo que sólo aparece cuando debe
hacerlo. Me dejé caer y cuando intenté salir estaba ciego como el abismo y la
presión y los monstruos que buscan comerme cada día y tienen ese poder de
hacerme creer que están afuera cuando en realidad yo los estoy proyectando
desde adentro para hacerme sentir cómodo al reconocer algo que no me hará
sentir asustado mañana. Porque
es el temor por lo desconocido lo que nos hace odiar. El miedo a sufrir en esta
existencia que en un suspiro cósmico permanecerá como nada en la memoria de una
entidad que no somos capaces de percibir en su absoluta entereza pero que
sospechamos, nos asiste mientras nosotros pervertimos la idea de su presencia. Porque
entonces ves a un espejo y no sabés si Él está en tu interior o en realidad tú
estás en alguna parte de su composición inconmensurablemente imposible de
racionalizar. Y en realidad, lo único que buscas es poder salirte de la
ecuación por un sólo segundo. No pensar y no sentir y no decir cosas que no son
tuyas y que no quieres decir porque ni siquiera te interesa en verdad el
resultado predecible que tendrán, tanto sobre la pantalla de la imagen que
crees que los demás tienen de ti mismo y la retroalimentación que hace de ti
este tipo de animal que intento separar de mi razonamiento. Pero no puedo, y
vuelvo a entrar a la ecuación cuando creí que era capaz de verla y me siento
frustrado y engañado pero en realidad soy yo mismo quien se levanta sonámbulo mientras
me quedo dormido y las puertas de mi
percepción se cierran y camino con los brazos en alto y me dirigo a destruir
los minúsculos avances que he hecho. Después vuelvo a la cama y sonrío,
satisfecho vaya a saber por qué mierda, quizás porque cumplí con las leyes de
la naturaleza de evolución e involución ante las cuales me siento exento cuando
creo estar despierto porque mis sentidos así se lo afirman a una parte estúpida
de mi cerebro que dice: "Hey, aquí los chicos me están diciendo que estás
despierto. Oh, espera, esto debería ser dicho en una milésima de nanosegundo y
estás aquí escuchandome de forma pausada y concentrada". Me levanto al
otro día y todo está hecho mil pedazos y digo, oh, vamos, ¿qué carajo pasó?
¿quién hizo esto? Espera, ¿cómo hago para acordarme mañana de que todo esto
alguna vez existió y no soy sólo yo en realidad aquí sentado inventando que
existe una persona pensando en mí mientras me carcome todo esto y en realidad
algo me hace creer que soy yo quien está realmente sentado escribiendolo y
creyendome a mí mismo? Tuve un pensamiento sobre la antimateria de que está
hecho su equivalente negativo y en realidad me gustaría formar parte suya de
vez en cuando. Parte de la negativa pero sin tener culpas o pensamientos de que
eso se encuentra radicalmente mal sólo por estar en el otro extremo de lo que
supuestamente es correcto. Hacerlo sin parar, ya sabes, como cuando el mundo se
pone automático y tú simplemente estás al medio, pensando en que has sido
separado de algo que no conoces de forma consciente pero que sabes que
necesitas para poder vivir como, se supone, se debería vivir. ¿Hemos sido
forzados o nosotros lo hicimos y nos engañamos para pensar que la culpa no era
nuestra y así sentir alivio al reclamar todo lo que consideramos que la
existencia nos debe por derecho natural de simplemente haber nacido en su seno?
miércoles, 25 de junio de 2014
Todo menos la A
Kodoku se despertó aquella mañana sabiendo que Seshiria ya no era ella.
¿Cómo es posible, pensó, que la
mujer con la que he compartido 4 años de mi vida ya no sea la misma?
La cama se veía demasiado
brillante, como si produjera luz en lugar de recibirla y refractarla a través
de su tejido, de su estructura, de su permeabilidad para ser moldeada.
Kodoku observó el techo pero
deseó estar viendo a la ventana en su lugar. Por la misma entraba la luz del
sol naciente que creaba aquella enceguecedora atmósfera en la habitación. Todo
era blanco. Mientras, él continuaba viendo hacia el techo pero queriendo
observar a la ventana.
3:15.
Seshiria se movió en su lado de
la cama y continuó proyectando la imagen de su sueño sobre la oscura pantalla
inventada por sus párpados cerrados. En aquella superficie de piel, ella veía
dos carreteles paralelos en un lugar vacío que compartían un hilo entre ambos.
Uno se desprendía del hilo mientras el otro lo recibía, pero éste jamás se
terminaba. De fondo, un sonido punzante lo cubría todo. Se sentía incómoda con
aquel sueño y al mismo tiempo sabía que jamás en toda su vida iba a poder
olvidarlo.
Kodoku le observó la espalda a
través del aire de la mañana y las partículas de polvo que navegaban por toda
aquella clasificación que su cerebro realizaba al procesar percepciones. Volvió
a sentirse extraño y a pensar en ella como una criatura totalmente ajena. Seshiria
no era Seshiria. 3:02. Pero, ¿acaso alguien la había cambiado por la noche o el
cambio había sido provocado de forma cautelosa a través de los días y semanas
sin que él pudiera notarlo hasta esa exacta mañana?
La acarició y se sintió culpable.
Había muchísimas cosas importantes que ya no recordaba sobre la vida, cosas que
alguna vez consideró mierda para gente ordinaria. Ahora se veía raro y sin
siquiera saber cómo verse a sí mismo. Existía, quizás, un vacío, un
cortocircuito que se alimentaba de su ignorancia para ignorar, sin saber
siquiera que su cometido final era justamente ignorarlo todo...
-Haz café-le susurró, poniendole
una mano en los hombros y en aquel instante se sintió perfecto, todo estaba
repentinamente funcionando de mil maravillas y nada de nada podía salir mal en
toda la creación.
2:45. Los carreteles
desaparecieron de forma violenta pero el sonido punzante continuó por unos
segundos más en el ambiente. La luz era otra, los olores también (a pesar de no
haber ninguno), su cabello era como el barro y se contemplaba a sí misma como
algo pesado pero feliz. Se irguió en la cama y pensó en el sueño que acababa de
tener. Todo parecía tan terrorífico entre los espacios ciegos de la luz diurna,
esos lugares invisibles que al caer la noche hacían de la misma un abismo
infinito.
Seshiria contempló a la pared. En
ella había un cuadro que una vez hace mucho tiempo pintó cuando creyó tener un
sueño igual al que en realidad hoy había tenido. Fue por ello que no supo si su
sueño realmente había ocurrido o no. Kodoku pensaba que los sueños y las
creaciones de la mente humana tenían cobijo físico y propio en alguna paralela
dimensión extrasensorial, pero ella era una persona más tranquila al respecto.
Ahora, simplemente podía ver lo que quería ver... y a Kodoku le pasaba
exactamente lo mismo pero sin tener la más mínima idea de ello.
Seshiria ya no amaba a Kodoku y Kodoku
creía que tampoco, pero simplemente era necesidad de que ella estuviese ausente
para que él se diera cuenta de lo que significaba tenerla en su vida, a su
lado, en la mañana, en la tarde y sobretodo... en la vastedad insondable e
interna de sí mismo como individuo fragil e intolerante. Eso, era para Kodoku
la noche.
Kodoku se levantó de la cama y se
puso los pantalones, conocía aquella rutina de memoria y por eso la llamaba
así. Sobre él se podía ver una sombra que en realidad no podía verse, una sombra
que (2:20) le haría saber que estaba equivocado y que lo que él y Seshiria
llamaban rutina en realidad era la cosa más preciosa del universo.
Tenerla a ella junto a él, en la
mañana, en la tarde y en sí mismo. Simplemente tenerla a ella. Llorar, entonces,
por egoísmo, por la falta de entereza, por el desmembramiento de su ser frente
a cualquier material que lo volviera invisible... como a alguien rodeado de
muertos con sangre afectada ya por la gravedad.
Kodoku se sintió pesado y
nuevamente volvió a pensar que Seshiria ya no era Seshiria. Ella ya no era
ella. ¿Y él?
Seshiria pensaba todo el día en
él y él también pensaba todo el día en él.
2:11.
Seshiria caminó hasta la cocina y
puso la pava para que el agua que luego haría sus sendos cafés, hirviera. Kodoku
siempre se había asombrado de la velocidad con la que ella realizaba los cafés
en la mañana... incluso, no recordaba haberse levantado un solo día en su vida
al mismo tiempo que ella. Seshiria siempre le traía el café a la cama y lo
despertaba abriendo la ventana. Pero hoy... la ventana estaba abierta de
antemano y él se estaba poniendo los pantalones mientras ella ponía la pava
llena de agua sobre el fuego, lo cual indicaba que por supuesto el café todavía
no estaba listo.
Seshiria no era Seshiria. Ella no
era ella. Pero él... él tampoco tenía ya seguridad de serlo.
-Bebé...-balbuceó, pensando en su
cabello y en sus manos acomodando las tazas que serían para ambos.
Kodoku se dirigió hasta la
cocina. 1:59.
Mientras Seshiria sacaba una
cuchara del primer cajón inferior se sintió pensada... como si en realidad ella
en entereza, su escenario físico y todas sus ideas y sensaciones estuviesen
siendo pensados por una persona en particular, un ser que lo estaba inventando
todo a su antojo basandose quizás en hechos que, administrados de esta manera
en particular, podían llegar a ser catárticos para él.
Kodoku entró por la puerta de la
cocina y la observó con la cuchara en la mano, las dos tazas frente a ella, el
pote de café instantáneo a un costado y la pava ya hirviendo, empañando el
vidrio del aspirador sobre la cocina.
-¿Cómo es posible que la pava ya
esté hirviendo? Acabo de oír hace sólo un momento que la colocaste al
fuego-preguntó él.
1:37.
Por una milésima de segundo,
recordó una situación de su pasado en la que había visto el rostro de una mujer
y cómo éste se deformaba en una milésima de segundo hasta parecer poseído por
alguna criatura diabólica. Pero eso era algo que jamás le pasaría en la vida
con Seshiria.
-Es extraño, ¿sabes?-dijo
ella.-Usualmente tengo que llevarte el café a la cama todos los días y recién
ahí comienzas a desperezarte.
¿Acaso Seshiria es capaz de leer
mis pensamientos, la idea de lo que la mente significa para mí?, pensó Kodoku
caminando hasta una silla y tomandola con la mano izquierda.
Se tomó de las muñecas y sintió
muchas ganas de largarse a llorar. No era algo común en él, un poco porque
tenía una imagen de sí mismo basada en películas de acción pero también porque
había perdido la costumbre, quizás por inseguridad, de desahogarse expeliendo
lágrimas.
Pero hoy, oh, chico, hoy
realmente se sentía como basura.
Seshiria lanzó el agua dentro de
la primer taza y Kodoku pudo escuchar el golpe, causante de una ola momentánea
en el interior del recipiente. Su cerebro comenzó a ponerse en pausa, como
cuando se quedaba mirando un punto fijo con nada en especial y segregaba alguna
sustancia que proveía de calma a la severidad, a veces brutal, de su sinapsis.
-1:15-le dijo a Seshiria,
mientras ella depositaba ambas tazas sobre la mesa y disponía a sentarse.
Ella no dijo nada y revolvió un
poco el contenido de su propia taza, la cual se encontraba semipartida de un
lado pero no lo suficiente como para comenzar a perder lo que tenía en su
interior.
Kodoku, por su parte, era todo lo
contrario.
Había comenzado realmente a
sentir cómo lo perdía absolutamente todo. Y aquel proceso, no se detendría
hasta acabar por completo.
Su tiempo se perdía, como cuando
se dice que una entidad alienígena pasa cerca de tu posición dimensional. Y el
café era su único compañero y Seshiria ya no era más Seshiria. ¿Alguna vez
volvería a serlo? Kodoku no lo sabía. 0:48. Kodoku observó en el rostro de
Seshiria como si éste fuese una pantalla hacia el vacío espacial, hacia un
infinito que le hablaba de sí mismo pero que no podía ser contenido, ni
aniquilado, ni apacigüado jamás. 0:43. Kodoku se sentía culpable, porque cuando
ella lo amaba, él no la amó. Pero él no lo sabía, no tenía la más mínima idea
de el por qué y ahora se sentía viendo a alguien que desconocía o creía
desconocer... 0:35... cuando, en realidad, era a él mismo a quien no conocía en
lo más mínimo. Kodoku entonces se sintió morir, pero sabiendo que ninguna parte
de aquella inmensa sensación podía impedir su triste final, que la situación
era la vida misma y que, de alguna forma retorcida, así era como se comunicaba
con las criaturas que creían estar despiertas estando (en 0:20 realidad)
dormidas. Kodoku recordó que jamás había sabido que un sueño era eso mismo
mientras estaba en su interior, jamás había podido ser lo suficientemente
lúcido como para diferenciar la vigilia del sueño hasta que éste se acababa y
allí, en aquel límite con mal sabor de boca, todo parecía demasiado obvio hasta
para un idiota ensimismado. Y Kodoku ya no supo, al ver cara a cara la
desesperada confrontación con lo realmente real en que se encontraba, qué era
lo que "real" significaba ni lo que "verdad" venía a
representar en el mundo tridimensional... 0:07... aquel que siempre fue
solamente una invención de sus ideas, prejuicios y capacidad de procesamiento
sensorial. ¿Quién había sobornado entonces a sus cinco sentidos durante toda su
vida?
0:00.
Mientras abría sus ojos en la
habitación completamente oscura y se encontraba solo, invadido por la noche y
sin escapatoria, pensando en Seshiria siendo pensada en la cocina mientras
tomaba una cuchara del cajón inferior, se dio cuenta que había sido él mismo.
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