domingo, 22 de junio de 2014

She



Christopher no lo podía creer.
¿Quién era el que estaba sintiendo todo aquel malestar en su interior? Pensando en cáncer, en la división de criaturas que acaecía entre él mismo y Jane. Todos los días. Muerte y sabor a lluvia por la mañana. Cada noche, pensando en el corazón pero sin saber lo que eso significa.
Christopher se puso de pie y camino por la habitación a oscuras. Intentaba encontrar algo que lo alejara, aunque sea milimétricamente del pensar. Pero no había nada más que él en aquella habitación de hotel japonés. Y las luces afuera. Y su guitarra eléctrica. Y todos los fantasmas que habían huído para dejarlo abandonado, sin esperanza de recibir compañía más que la de todos los demonios en su garganta.
Christopher era un músico de rock industrial, pionero de su estilo desde principio de los 90. Había conocido a Jane cuando el color de su pelo era rojo y violeta, llevaba las uñas pintadas de negro y una chaqueta de cuero larga. Y las luces de neón. Y su guitarra eléctrica junto a la pared. Y todos los demonios esperando, aún por compartir.
Y entonces Christopher en el medio del desierto, manejando un viejo Cadillac y sólo viendo al frente. A la nada. A la lontananza que en realidad ya no era. Pero siempre, bajo cualquier aspecto, aún deseando por ella y por sus demonios en común. Éstas, eran criaturas que compartían y se proyectaban de forma astral cada vez que tenían sexo entre sí, cada vez que sus extremos se unían y él transmigraba demonios al cuerpo de ella y viceversa. Así, la vida de ambos se fue tornando cada día más y más gris. Todo era gris. Las cortinas y el cielo debajo de los ojos. Todo eran demonios.
El alma de Christopher ahora estaba pegada, cocida a la de Jane. Inevitablemente, un día debieron de separarse y romperlo todo. Él ya no la veía, sólo a sí mismo frente al espejo, veía. Ella ya no se veía tampoco, y así fue como cayó en la cuenta de que en realidad aún existía... por lo tanto, debía de hacer algo para buscarse a sí misma. Para verse nuevamente.
Christopher se fue a Japón y pensó que allá moriría. Al comienzo, quiso convertirse en un nuevo Jesucristo. Uno que televisaría su crucifixión, acabando por ser nada más que millones de pantallas en la mente de miles de millones de personas que todavía no habían llegado a serlo. Entonces, tomó su guitarra eléctrica y se sentó al borde de la ventana, observando a la calle húmeda y a las nubes de vapor que salían de las alcantarillas y de las válvulas junto a cada aire acondicionado del siglo pasado. Los muros, entonces, como cavidades repletas de ojos lumínicos que le contaban historias que quizás jamás habían ocurrido, pero en su interior, él todavía guardaba la esperanza de que algún día lo hicieran.
En su interior, Christopher aún abrigaba la esperanza de ser Jesucristo.
-Yo no sé si soy real sin ti-le había dicho la última vez que la vio, antes de viajar a Japón para acabar en aquel hotel.
Ella no hizo más que mirarlo, triste y endemoniada.
-¿Cómo puedo existir sin ti?-dijeron los labios que conformaban el rostro de su cabeza y la cabeza sobre su cuerpo sentado en la cornisa de la ventana, con la guitarra eléctrica entre los brazos mientras se formaba un pequeño bucle de vapor frente a su nariz.
El ruido de las máquinas, los engranajes y el aceite de todo aquel conglomerado de edificios funcionando para alimentar a las criaturas parásitas en su interior eran el requiem de su final. Christopher se encontraba desvaneciendose en el vapor y las luces de neón, ingresando en un estado gaseoso que sólo serviría para alimentar aún más toda aquella inmensa maquinaria urbana hecha por demonios que únicamente podían ver reyes y mendigos frente al espejo.
La guitarra gris de Christopher cayó desde el umbral de la ventana hasta la calle para hacerse añicos junto a los pies de un transeúnte. Éste elevó la mirada, dispuesto a insultar al responsable, pero solamente vio una nube de vapor desprendiendose de un pantalón y una chaqueta de cuero sobre la cornisa.

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