Christopher no lo podía creer.
¿Quién era el que estaba
sintiendo todo aquel malestar en su interior? Pensando en cáncer, en la
división de criaturas que acaecía entre él mismo y Jane. Todos los días. Muerte
y sabor a lluvia por la mañana. Cada noche, pensando en el corazón pero sin
saber lo que eso significa.
Christopher se puso de pie y
camino por la habitación a oscuras. Intentaba encontrar algo que lo alejara,
aunque sea milimétricamente del pensar. Pero no había nada más que él en
aquella habitación de hotel japonés. Y las luces afuera. Y su guitarra
eléctrica. Y todos los fantasmas que habían huído para dejarlo abandonado, sin
esperanza de recibir compañía más que la de todos los demonios en su garganta.
Christopher era un músico de rock
industrial, pionero de su estilo desde principio de los 90. Había conocido a
Jane cuando el color de su pelo era rojo y violeta, llevaba las uñas pintadas
de negro y una chaqueta de cuero larga. Y las luces de neón. Y su guitarra
eléctrica junto a la pared. Y todos los demonios esperando, aún por compartir.
Y entonces Christopher en el
medio del desierto, manejando un viejo Cadillac y sólo viendo al frente. A la
nada. A la lontananza que en realidad ya no era. Pero siempre, bajo cualquier
aspecto, aún deseando por ella y por sus demonios en común. Éstas, eran
criaturas que compartían y se proyectaban de forma astral cada vez que tenían
sexo entre sí, cada vez que sus extremos se unían y él transmigraba demonios al
cuerpo de ella y viceversa. Así, la vida de ambos se fue tornando cada día más
y más gris. Todo era gris. Las cortinas y el cielo debajo de los ojos. Todo
eran demonios.
El alma de Christopher ahora
estaba pegada, cocida a la de Jane. Inevitablemente, un día debieron de
separarse y romperlo todo. Él ya no la veía, sólo a sí mismo frente al espejo,
veía. Ella ya no se veía tampoco, y así fue como cayó en la cuenta de que en
realidad aún existía... por lo tanto, debía de hacer algo para buscarse a sí
misma. Para verse nuevamente.
Christopher se fue a Japón y pensó
que allá moriría. Al comienzo, quiso convertirse en un nuevo Jesucristo. Uno
que televisaría su crucifixión, acabando por ser nada más que millones de
pantallas en la mente de miles de millones de personas que todavía no habían
llegado a serlo. Entonces, tomó su guitarra eléctrica y se sentó al borde de la
ventana, observando a la calle húmeda y a las nubes de vapor que salían de las
alcantarillas y de las válvulas junto a cada aire acondicionado del siglo
pasado. Los muros, entonces, como cavidades repletas de ojos lumínicos que le
contaban historias que quizás jamás habían ocurrido, pero en su interior, él todavía
guardaba la esperanza de que algún día lo hicieran.
En su interior, Christopher aún
abrigaba la esperanza de ser Jesucristo.
-Yo no sé si soy real sin ti-le
había dicho la última vez que la vio, antes de viajar a Japón para acabar en
aquel hotel.
Ella no hizo más que mirarlo,
triste y endemoniada.
-¿Cómo puedo existir sin ti?-dijeron
los labios que conformaban el rostro de su cabeza y la cabeza sobre su cuerpo
sentado en la cornisa de la ventana, con la guitarra eléctrica entre los brazos
mientras se formaba un pequeño bucle de vapor frente a su nariz.
El ruido de las máquinas, los
engranajes y el aceite de todo aquel conglomerado de edificios funcionando para
alimentar a las criaturas parásitas en su interior eran el requiem de su final.
Christopher se encontraba desvaneciendose en el vapor y las luces de neón,
ingresando en un estado gaseoso que sólo serviría para alimentar aún más toda
aquella inmensa maquinaria urbana hecha por demonios que únicamente podían ver
reyes y mendigos frente al espejo.
La guitarra gris de Christopher
cayó desde el umbral de la ventana hasta la calle para hacerse añicos junto a
los pies de un transeúnte. Éste elevó la mirada, dispuesto a insultar al
responsable, pero solamente vio una nube de vapor desprendiendose de un pantalón
y una chaqueta de cuero sobre la cornisa.
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