viernes, 24 de abril de 2015

Adrián



Adrián sueña con un lugar infinito, completamente vacío.

Excepto por la pared.

Y los lamentos, atrás de la pared.

Adrián se queda quieto, en ese lugar desconocido. Mirando, de pie, rodeado por sombras de nada. Adrián es misterio, en esa zona desconocida del mundo. Parado, junto a la pared. Y los lamentos, del otro lado. Los miles de lamentos de aquel lado. Adrián no se mueve. Adrián no se inmuta. Está de espaldas y piensa que no tiene cara. Adrián es el lugar. Adrián es la pared. Adrián es los lamentos. Pero no sabe dónde está, no sabe quién es y todo le parece eterno. Adrián se quiere ir. Adrián se quiere despertar.

No puede.

Adrián es una víctima, pero no actúa como tal. Está rígido, como una bestia a punto de atacar. Está atento, primero por el miedo, ahora por el hambre. Adrián trata de ver el lugar. Adrián trata de ver la situación. Se posa, se sitúa y trata de ver. Pero no puede. Entonces siente ira, y tiembla. Cuando Adrián tiembla, los lamentos se vuelven agudos y más potentes. Les da una respuesta, les da poder. Adrián no quiere que lo coman. Adrián no quiere soñar un día, y estar del otro lado de la pared. O que la pared no exista. O que él sea los lamentos. O que él sea quien siempre está mirando.

Que él sea yo.

Mirando. Siempre mirando, la espalda de Adrián. Ahí, parado, de este lado de la pared.

Hubo un momento en que tuve miedo de escribir sobre Adrián.

Porque si él se diera vuelta... si Adrián se diera vuelta, y me viera.

Adrián sabría de mí.

Y tendría una cara.

Y existiría.

sábado, 4 de abril de 2015

Veladores y Atrapasueños



Decir que mi amigo estaba loco sería hacer una injusta valoración de sus cualidades como la maravillosa persona que era. Pero es que las cosas que pensé cuando lo conocí, nunca las había pensado antes. De verdad, él era para todos los demás una simple sombra. La sombra de alguien, de un ser, de otro que anda por ahí. Pero yo, que lo llegué a ver de esa forma en que uno llega a ver a muy poca gente (quizás a nadie) en toda una vida, puedo decir que era algo inmenso.

Tenía muchísimos conocimientos que no sólo se encuentran vedados para el entendimiento ordinario, sino que pasarían desapercibidos como simples fabulaciones hasta para el más estudioso o creyente aficionado. El espiritismo, la esotería, las artes mágicas y las cuestiones etéreas son un área de gran difamación e incongruencia, más que nada fomentada por la gran mayoría de pobres bocazas que la pueblan. Debido a esto, cualquiera puede comprobar que todo aquel que presume de "saber" o de "ver" cosas que todos los demás ignoramos, en realidad se halla muy equivocado, acarreando en su propia debacle espiritual a otros desprevenidos que, muy seguramente, lo tengan merecido por incautos y pobres diablos.

No es que yo me fiara de las palabras de mi amigo porque sí. Simplemente sabía que tenía razón. Oh, vamos ya, ¿quién que se ponga a pensar con seriedad por un momento en las cuestiones sobrenaturales puede continuar negando su existencia? ¿Acaso la sustancia material y visible de este plano tridimensional al que nos vemos confinados es todo lo que se puede esperar de una invención infinita, incognocible e inmaculada como es el universo?

Por favor, es clarísimo que hay miles de millones de cosas más allá de lo que nuestros pobres y atrofiados sentidos pueden percibir.

Entonces, ¿qué fue lo que mi amigo vio? ¿A qué abismo se asomó y este, sin prisa, le devolvió la devastadora mirada? ¿De qué lugar no pudo volver o deshacerse jamás?

Nunca jamás.

Porque si algo sé, es que lo que sea que lo perseguía, que lo acosaba día y noche, terminó por llevarlo sin duda alguna hacia las fronteras de aquello... de lo inconcebible. Y, a pesar de ser conocedor de muchos de sus movimientos y acciones, no fui capaz de hacer absolutamente nada para ayudarlo, para evitar que fuese consumido por lo que sea que lo invadía.

Las cosas acabaron de volverse nefastas en la primer noche de abril, cuando fui a visitarlo a su casa. Hacía tiempo que por diferentes motivos (más que nada laborales en mi caso) no nos veíamos en persona para entablar una más de nuestras refrescantes tertulias. Cuando toqué a la puerta de su estudio y ésta se abrió, sin mucha tardanza, develó entre penumbras un rostro cambiante y decrepito. Entré, notando consternación en su semblante y algo de nerviosismo al refregar sus extremidades entre sí. Parecía presa de alguna especie de escalofrío constante e inacabable, como un toque extraño de influencia ambiental que sólo él podía percibir.

La habitación que era su estudio, y daba a la calle, era un recinto de tamaño mediano con un baño al fondo y nada más. Todo el lugar siempre había tenido una decoración caótica y que variaba en sus estilos de forma entremezclada, como un gran colage de etapas vividas o sensaciones. Algo científica por momentos, gótica en otros rincones, pop hacia otros lados, technopagana cerca del baño. Aunque suene extraño, todo aquello se armonizaba bastante bien en un mismo lugar. Y, por supuesto, libros. Pilas y pilas de libros sobre estanterías, mesas y cualquier superficie. En las paredes podían verse imagenes representativas de antiguas deidades griegas, indias, aztecas y sumerias. En conjunto, algunas otras figuras y fotografías de diferentes sucesos que bien podría hallarse a sí mismo investigando en aquel momento, junto a anotaciones y papeles escritos por todas partes.

Todo esto siempre me había hecho sentir muy cómodo y a gusto. Aquel día, no deseaba estar ahí. Sentía, profundamente, como si algo me empujase a irme, a dejarlo solo y a correr. Algo extraño y, admito, oscuro estaba aconteciendo.

-¿Qué ocurrió?-le dije.

-Algo que no me esperaba. Algo que no estaba en mis cálculos.

-Cuéntame-insistí.

Se hizo para atrás, por un momento, como si estuviese cayendose para luego acabar tomando estabilidad y volviendo a la normalidad. Me miró y movió rápidamente la cabeza hacia un rincón que estaba a mi espalda. Me di la vuelta pero no vi nada. Me tomó con fuerza del brazo, sin dejar de mirar al rincón.

-Sentémonos-dijo.

Lo hicimos. Entonces, empezó a hablar.

"Lo descubrí entre las hojas rotas de un antiguo libro que hallé en venta. Pertenecía a  la biblioteca de un viejo que había fallecido. Esto que encontré, era un secreto. Era importante. Realmente MUY importante. Y una vez que lo hube descubierto, me hallé sumido y empapado de él. De su voz, de su memoria y de su propia esencia. El secreto parecía precioso, un conocimiento sagrado por momentos. Pero por la noche, me provocaba miedo. Una inseguridad hipnótica me embargaba cuando pensaba en él, cuando meditaba sobre el cuerpo de su obra. Aquella verdad dicha por eternidades, al parecer, en susurros, se había deslizado hasta mi existencia sin que yo me percatase ni pudiese hacer nada para evitarlo.

"Sabes, siempre fui una persona muy curiosa e interesada en el conocimiento... y en la verdad. Ahora que lo veo, quizás, he sido curioso en demasía. Tengo miedo, querido amigo. Siento miedo de estar solo... y de ver las luces brillar.

De esta manera fue como él me habló. Y yo, ¿qué era lo que podía hacer?

Nada. Sólo escucharlo y preguntar:

-¿Cuál es el secreto?

Él se sonrió.

-He descubierto... una extraña manera de hablar, de comunicarme. Y de ver, más allá.

-Pero, ¿qué es lo que salió mal?

-Invoqué algo, y ahora no puedo deshacerlo.

Sentí en aquel instante, como si fuese capaz de percibir o de saberlo, que fuera lo que fuera aquello que perseguía a mi amigo y lo atormentaba, había estado allí con nosotros todo el tiempo. Escuchando, bebiendo y alimentándose de todo el pavor que lo desconocido le provocaba a la razón humana en sus propias horas de vigilia. Quizás, para aquella fuerza nosotros eramos como pequeños gusanos, dialogando en trajes ajustados y creyendo saber algo sobre cualquier cosa en particular cuando, en realidad, no teníamos la más pálida idea de por qué eramos proyectados bajo la sombra de nuestros propios cuerpos en esta inmersiva realidad.

Es que nos sentíamos dotados de la capacidad para saber y, peor aún, la necesidad afanosa de pertenecer a la penumbra del entendimiento real, verídico y vivencial que las prácticas más oscuras nos ofrecían. Pero, así como de dificil se vuelve la tarea de vivir esta vida sin una guiatura explícita para cualquiera pues así de ensombrecida era nuestra marcha a través de los conocimientos del ocultismo. Más aún la de mi estimado compañero, quien me había introducido en una porción efímera del verdadero caudal de sus descubrimientos y experimentos. Aquí y ahora, pues, en su afán psiconáutico, parecía haberse topado con algo que lo superaba profusamente.

-Tiene que haber una manera-dije, negándome a creer en algo que ya había aceptado de manera inconsciente.

Él se levantó y caminó algunos pasos hacia el baño. Se detuvo a contemplar algunas imágenes sobre las paredes. No supe de qué eran porque estaba sentado en un ángulo desde donde sólo podía verlo a él, pero tampoco me provocaba interés. Mi amigo no hubiese estado así de apesadumbrado y meditabundo si hubiese sido poseedor de una respuesta para su problema. Estaba perdido, desnudo y expuesto a lo que sea que había invocado.

-Existe un método, basado en un algoritmo de mi propia invención, pero no es definitivo.

-¿A qué te refieres?-inquirí.

-A que sólo sirve para mantenerlo a raya por un día.

-¿Y al día siguiente?

-Hay que hacerlo otra vez. Pero, pienso, va perdiendo fuerza a medida que se repite. Un día, quizás, me encuentre indefenso de manera permanente.

Una parte de mí sentía árduos deseos de saber a ciencia cierta qué era lo que se cernía sobre él y, pensaba, con toda probabilidad ya sobre mí también. O quizás no. Quizás, si no me involucraba en ningún ritual de repelencia para con dicha fuerza o entidad, aún tuviese mis posibilidades. Pero tan pronto como me percaté de mis cobardes pensamientos, cerré los ojos con fuerza y los abrí mirando fijo en el dubitativo cuerpo de mi amigo.

-Está bien. Vamos a hacerlo-le dije, poniéndome de pie.





Dentro del estudio que antes describí, mi amigo había dispuesto 3 veladores y 7 atrapasueños de los cuales no noté nada novedoso antes, al llegar. Por supuesto que los había visto con anterioridad, sólo que ahora estaban dispuestos en un órden diferente dentro del cuarto. Formaban una figura que me sería imposible describir con palabras y de manera exacta, ya que no estaba hecha en base a una representación geométrica que pudiese ser graficada en el suelo con una tiza sino más bien debía ser recreada en forma tridimensional, ocupando el espacio entre el techo, el suelo y las paredes con su forma. Utilizando como puntos los 3 veladores y los 7 atrapasueños, de los cuales uno se mantenía unido con una tanza desde el suelo en un extremo y desde el techo en otro, se formaba dicha figura. Nunca había sabido con anterioridad de ella y tampoco tenía conocimiento de su significado. Por aquel momento, sólo me bastaba con saber que ayudaría en nuestra causa.

-Ahora-dijo.-Hay una serie de pasos a seguir. Tú en un extremo de la figura y yo en otro. Por medio de tus dos interruptores y yo del mío, alternaremos el encendido y el apagado de los veladores en una secuencia precisa.

Acordamos, entonces, que el prendido sería dictaminado con un 1 y el apagado con un 0, como abreviación para más rapidez. Con su mano libre me señalaría cuál velador de los dos que yo manipulaba debía ser apagado o prendido en el momento oportuno. Así fue como comenzamos. Mi amigo se puso en cuclillas, rodeado por libros polvorientos, velas a medio consumir y sahumerios entre tejidos de colores purpúreos. Por mi parte, el extremo que ocupaba era más oscuro y cercano a la puerta de salida. En verdad no era una ubicación apacible ni que infundara confianza en lo absoluto.

-Uno-empezó.

Encendí el izquierdo.

-Uno.

Encendí el derecho.

-Cero.

Apagué el izquierdo. Él prendió el suyo.

Sentí de manera palpable cómo se deslizaba algo detrás de mí, a través de los confines de aquel rincón desafortunado.

-Cero.

Apagué el mío, permaneciendo sólo el suyo prendido.

Un rasqueteo, como si algo envuelto en una bolsa se arrastrase por debajo del largo sillón que descansaba contra la pared, moviéndose desde mi rincón hacia mi amigo. Aquella cosa parecía estar rodeando la figura que habíamos formado, avivando ahora con la luz de nuestros veladores.

Unas campanitas que colgaban junto a un llamador de ángeles se movieron, tintineando. Mi amigo apagó su velador y quedamos en la absoluta oscuridad. Tuve miedo, muchísimo miedo cuando vislumbré entre las sombras algunas formas que no podría describir con exactitud pero que parecían contraerse en sí mismas para luego volver a escupirse desde el propio interior.

-Uno, uno.

Prendí ambos veladores. Al mismo tiempo, él encendió el suyo.

Allí, acurrucada en posición fetal en torno a la tanza que sostenía el atrapasueños del centro, había una criatura con forma humana. Era delgada como una mujer pero no puedo asegurar que lo fuese. Sólo puedo decir que estaba desnuda por completo y que algunas de sus partes (sobretodo el rostro) se veían derretidas parcialmente como si fueran de cera. No podía quitar mis ojos de aquella entidad que habíamos atrapado. Pero, ¿qué era lo que estaba pasando entonces? Levanté los ojos después de un largo tiempo de ensimismamiento para ver en el rostro de mi amigo.

Estaba sonriendo mientras miraba fijamente a la criatura.

-Alicia...-balbuceó ésta última, levantando una mano que se chorreaba hacia mi amigo.

Quise entender. Juro que quise comprender alguna posibilidad más allá de los motivos personales de mi compañero pero supe de mi propio error cuando me di cuenta que me había mentido. El algoritmo no servía para mantener a salvo su debilucha persona un día más, sino para algo más macabro y oculto aún. Entonces supe que había sido utilizado, pero esto no parecía ser ni el comienzo de la verdad.

-¿Qué está ocurriendo?-dije, temblando por la tensión creciente.

Mi amigo no me miró. Continuaba petrificado sin quitar la vista de la criatura. Allí, ni por un segundo. Ni siquiera cuando tomó una vela y la encendió, gustoso, mientras se colocaba de rodillas y acercaba la llama al rostro suplicante de la bizarra criatura, el cual se derritió a mayor velocidad como si de verdad estuviese hecho de cera. Una baba, que sólo puedo describir como ectoplasmática, se elevó junto a lo que debería de ser humo hacia el techo.

-¿Alicia?-dije, no sabiendo a quién mirar.

Y mi amigo me miró. Directo a los ojos y más allá, me miró. Abarcando una profundidad en mí mismo que ni siquiera yo tenía idea de que existía. Esa mirada fue la interacción más profunda que he tenido con otra persona en toda mi vida. Pero un segundo después de haberla hecho, supe que no era una persona. Y menos que menos mi amigo. No supe quién estaba detrás de esos ojos ni quién era dueño de ese cuerpo. Hasta el día de hoy, no lo sé.

Sólo sé que jamás olvidaré lo que me dijo, señalando con un dedo lánguido a la criatura que se derretía.

-Contempla, cómo arde tu amigo en el infierno.


viernes, 6 de marzo de 2015

En los ojos del hombre pájaro



En los años pesados de la peste negra, que convirtió a Europa en una vastísima necrópolis, mi alma se hallaba retorciéndose en uno de los millones de cuerpos sentenciados.

Confinado, al principio, a una cierta área en cuarentena de la ciudad, ya ni siquiera era capaz de separar mi cuerpo del lecho para poder arrastrarme a la letrina. Mi ancestral evocación de terror hacia el dolor físico se había convertido en la única capacidad de razonamiento que asolaba mi destructivo estado de creencia y comprensión. No podía ya sentir otra cosa que no fuese miedo absoluto por el presente y el futuro.

Semejante a una forma de tortura que promete acabar a cada segundo, me veía arrastrado junto a todas mis inseguridades y vastísima pestilencia hacia las riveras de un Estigia privado, eternamente, para la desolación de mi única alma.

Aquella hermosa época de los maréos bajos y nauseabundos estreñimientos nerviosos a lo largo de toda la columna vertebral había pasado. Ahora, mi entera sensación corpórea se resumía a una implacable agonía constante y sin tregua, palpitante sobre los lindes del tufo en mi habitación proveniente de cada pústula que mi piel desprendía.

Pensaba, ¡cómo pensaba!, en esos diminutos instantes que lograba arrastrar mi absoluta atención del dolor tumoroso y los delirios infernales que experimentaba, caminando en un sortilegio, a través de toda la casa. Presentía entonces y creía, con todas mis ínfimas fuerzas, ser capaz de irme fuera, muy lejos de mi cuerpo inservible y de aquel teatro de mortecina decadencia en que mi absoluto mundo se había sumido.

Entonces fue cuando, momento albóreo y propicio de escape etéreo, invisible, me prodigué a mí mismo desde las extensiones limítrofes de mi propia conciencia, una visión semejante a la noche calma y absoluta. Un cuerpo brillante e impoluto como reflejo de luna, se cristalizaba así sobre la superficie de mi ojo espiritual.

Balbuceé, quedo, con lágrimas brotando de mis propias manos como heridas sangrantes que se negaban a cicatrizar, en un atisbo, quizás, de su propio reclamo de liberación. Aquella dama caminaba, en su vuelo, entre las paredes de las casas pestilentes y cantaba, como si su voz proviniera de todas partes al mismo instante, a la absoluta composición geométrica del universo entero. Era brillante como el mismísimo astro sol y ninguna de todas las esencias que se desprendían de los tejados renegaba de su conducción, directamente, hacia formas espiraladas que el cielo proyectaba en su seno y que todo lo absorbían, dando vueltas y vueltas, para hundirse luego en el centro perfecto de la tierra.

Sentí la invitación aquella en cada partícula, no de manera forzosa sino como el comienzo de la divina absorción de mi entera alma con el objeto de fundirse, así, en absoluta expresión de mi más ferviente e inconsciente fuerza de voluntad.

Y entonces, las vi.

Informes y retorcidas criaturas, provenientes del abismo más grande que a ser viviente se le ha dado contemplar en los anales de sus propios recuerdos, trepaban por mis extremidades, arañando y succionando, en plena elevación mientras hacían uso de voces disímiles, a los gritos, como pensamientos que convertían mi mente en un océano de caos absoluto.

Sentí que me hundía y que, proveniente de las mandíbulas de aquellas bestias putrefactas que me arrastraban en su descenso, la composición de mi esencia volvía a ser terrenal y no del cielo que aquella voz blanca en el firmamento prometía, lejana a cada segundo un poco más.

El cuerpo de mi alma se convirtió en alarido y me hundí.

Hasta mis ojos cubiertos de sangre y sal, me hundí, en mi propio lecho sudoroso e infecto, para recuperar el conocimiento allí, en mi ponzoñoso habitáculo.

Asustado, como un animal trepanado por golpes y azotes, me acurruqué contra el respaldar, a pesar del dolor tormentoso que impregnaba toda mi circunferencia, mientras veía cómo la puerta se abría e ingresaba por ella un ser lánguido y envestido de túnicas negras que todo lo cubrían.

Su cabeza, descendiente desde el interior de la capucha, era de un blanco sucio y viejo, inmensa figura con forma de pájaro abisal que jamás había correspondido con mi percepción de ejemplar semejante.

Grité y arañé los rincones de mi propio cuerpo, enloquecido y desquiciado como estaba, por la visión fantasmagórica y endiablada de aquella criatura que venía a buscarme. Me imaginé siendo conducido, tomado por el corazón de mi alma, hacia los restos arcaicos de una cueva infestada de leprosas criaturas sin forma, colgadas como decoración pagana para satisfacer los deseos capitales de alguna bestia inconmensurable e invencible.

El pájaro humanoide acercó su pico que olía a flores rancias y desplegó largas pezuñas sobre mi cuerpo mientras profesaba palabras sin sentido, tomadas del final de algún idioma olvidado por culturas brutalmente extinguidas. Desdibujó con sus manos raquiticas la silueta de una bolsa de entre sus ropajes y de allí, tomandoló con unos artefactos oxidados, sacó un sapo manchado y moribundo que depositó sobre mis bulbos gangrenosos, al tiempo que yo gritaba y gritaba sin contención, aún a fuerza de sentir agudos tirones sobre el fondo de mi garganta.

El hombre pájaro continuaba hablando y profetizando sobre el final de esta tierra maldita. El mundo entero que habíamos creído poblar con alegría y bienaventuranza, engañados, por las ratas que anidaban en lo más profundo de nuestras propias almas cercenadas.

Tomó frascos con rancias especias y las desperdigó sobre mis llagas de pus con un cierto ritmo deforme de baile o danza ritualística. Sonaron campanillas por los rincones del techo, mientras pequeños enjambres de artrópodos se despegaban de las maderas y descendían, rodando por las cortinas y las paredes con marcas de humo.

Mi voz, entonces, dejó de ser mía. Y sentí, mientras me desvanecía pero no terminaba de caer en el desmayo, que mil millones de años de lágrimas derramadas no alcanzarían nunca para pedir perdón por todos mis pecados. El ultraje que mi existencia había cometido para con esta tierra de noche y lamentos que alguna vez pudo ser soleada y cálida como el seno de una madre, hoy se transformaba por la propia podredumbre de mi andar, en un mausoleo inconmensurable, en una fosa planetaria ante la cual ningún muro construído por la pobre raza serviría jamás de contención alguna.

Regresé a momentos inexistentes del teatro de mi propia vida en los cuales de verdad creí haber respirado sentimientos de pureza, pero todas mis evocaciones se volvían difusas y líquidas, ante la pesadez de mis propios pensamientos.

Recé e imploré entonces, con todas las fuerzas de que disponía en mi minúsculo poder, porque la muerte conquistase, por fin, mi vencido corazón. Putrefacto y melancólico, acallado para morir en el interior de aquel vacío de sentimientos finales, vi claramente.

Vi cuando ella, con su deletreado y fogoso vestido de sol, tomó forma de entre las tinieblas que el hombre pájaro propagaba al andar.