Decir que mi amigo
estaba loco sería hacer una injusta valoración de sus cualidades como la
maravillosa persona que era. Pero es que las cosas que pensé cuando lo conocí,
nunca las había pensado antes. De verdad, él era para todos los demás una
simple sombra. La sombra de alguien, de un ser, de otro que anda por ahí. Pero
yo, que lo llegué a ver de esa forma en que uno llega a ver a muy poca gente
(quizás a nadie) en toda una vida, puedo decir que era algo inmenso.
Tenía muchísimos
conocimientos que no sólo se encuentran vedados para el entendimiento
ordinario, sino que pasarían desapercibidos como simples fabulaciones hasta
para el más estudioso o creyente aficionado. El espiritismo, la esotería, las
artes mágicas y las cuestiones etéreas son un área de gran difamación e
incongruencia, más que nada fomentada por la gran mayoría de pobres bocazas que
la pueblan. Debido a esto, cualquiera puede comprobar que todo aquel que
presume de "saber" o de "ver" cosas que todos los demás
ignoramos, en realidad se halla muy equivocado, acarreando en su propia debacle
espiritual a otros desprevenidos que, muy seguramente, lo tengan merecido por
incautos y pobres diablos.
No es que yo me
fiara de las palabras de mi amigo porque sí. Simplemente sabía que tenía razón.
Oh, vamos ya, ¿quién que se ponga a pensar con seriedad por un momento en las
cuestiones sobrenaturales puede continuar negando su existencia? ¿Acaso la sustancia
material y visible de este plano tridimensional al que nos vemos confinados es
todo lo que se puede esperar de una invención infinita, incognocible e
inmaculada como es el universo?
Por favor, es
clarísimo que hay miles de millones de cosas más allá de lo que nuestros pobres
y atrofiados sentidos pueden percibir.
Entonces, ¿qué fue
lo que mi amigo vio? ¿A qué abismo se asomó y este, sin prisa, le devolvió la
devastadora mirada? ¿De qué lugar no pudo volver o deshacerse jamás?
Nunca jamás.
Porque si algo sé,
es que lo que sea que lo perseguía, que lo acosaba día y noche, terminó por
llevarlo sin duda alguna hacia las fronteras de aquello... de lo inconcebible.
Y, a pesar de ser conocedor de muchos de sus movimientos y acciones, no fui
capaz de hacer absolutamente nada para ayudarlo, para evitar que fuese
consumido por lo que sea que lo invadía.
Las cosas acabaron
de volverse nefastas en la primer noche de abril, cuando fui a visitarlo a su
casa. Hacía tiempo que por diferentes motivos (más que nada laborales en mi
caso) no nos veíamos en persona para entablar una más de nuestras refrescantes
tertulias. Cuando toqué a la puerta de su estudio y ésta se abrió, sin mucha
tardanza, develó entre penumbras un rostro cambiante y decrepito. Entré,
notando consternación en su semblante y algo de nerviosismo al refregar sus
extremidades entre sí. Parecía presa de alguna especie de escalofrío constante
e inacabable, como un toque extraño de influencia ambiental que sólo él podía
percibir.
La habitación que
era su estudio, y daba a la calle, era un recinto de tamaño mediano con un baño
al fondo y nada más. Todo el lugar siempre había tenido una decoración caótica
y que variaba en sus estilos de forma entremezclada, como un gran colage de
etapas vividas o sensaciones. Algo científica por momentos, gótica en otros
rincones, pop hacia otros lados, technopagana cerca del baño. Aunque suene
extraño, todo aquello se armonizaba bastante bien en un mismo lugar. Y, por
supuesto, libros. Pilas y pilas de libros sobre estanterías, mesas y cualquier superficie.
En las paredes podían verse imagenes representativas de antiguas deidades griegas,
indias, aztecas y sumerias. En conjunto, algunas otras figuras y fotografías de
diferentes sucesos que bien podría hallarse a sí mismo investigando en aquel
momento, junto a anotaciones y papeles escritos por todas partes.
Todo esto siempre
me había hecho sentir muy cómodo y a gusto. Aquel día, no deseaba estar ahí.
Sentía, profundamente, como si algo me empujase a irme, a dejarlo solo y a
correr. Algo extraño y, admito, oscuro estaba aconteciendo.
-¿Qué ocurrió?-le
dije.
-Algo que no me
esperaba. Algo que no estaba en mis cálculos.
-Cuéntame-insistí.
Se hizo para
atrás, por un momento, como si estuviese cayendose para luego acabar tomando
estabilidad y volviendo a la normalidad. Me miró y movió rápidamente la cabeza hacia
un rincón que estaba a mi espalda. Me di la vuelta pero no vi nada. Me tomó con
fuerza del brazo, sin dejar de mirar al rincón.
-Sentémonos-dijo.
Lo hicimos.
Entonces, empezó a hablar.
"Lo descubrí
entre las hojas rotas de un antiguo libro que hallé en venta. Pertenecía a la biblioteca de un viejo que había
fallecido. Esto que encontré, era un secreto. Era importante. Realmente MUY
importante. Y una vez que lo hube descubierto, me hallé sumido y empapado de
él. De su voz, de su memoria y de su propia esencia. El secreto parecía precioso,
un conocimiento sagrado por momentos. Pero por la noche, me provocaba miedo.
Una inseguridad hipnótica me embargaba cuando pensaba en él, cuando meditaba
sobre el cuerpo de su obra. Aquella verdad dicha por eternidades, al parecer,
en susurros, se había deslizado hasta mi existencia sin que yo me percatase ni
pudiese hacer nada para evitarlo.
"Sabes,
siempre fui una persona muy curiosa e interesada en el conocimiento... y en la
verdad. Ahora que lo veo, quizás, he sido curioso en demasía. Tengo miedo, querido
amigo. Siento miedo de estar solo... y de ver las luces brillar.
De esta manera fue
como él me habló. Y yo, ¿qué era lo que podía hacer?
Nada. Sólo
escucharlo y preguntar:
-¿Cuál es el
secreto?
Él se sonrió.
-He descubierto...
una extraña manera de hablar, de comunicarme. Y de ver, más allá.
-Pero, ¿qué es lo
que salió mal?
-Invoqué algo, y
ahora no puedo deshacerlo.
Sentí en aquel
instante, como si fuese capaz de percibir o de saberlo, que fuera lo que fuera
aquello que perseguía a mi amigo y lo atormentaba, había estado allí con
nosotros todo el tiempo. Escuchando, bebiendo y alimentándose de todo el pavor
que lo desconocido le provocaba a la razón humana en sus propias horas de
vigilia. Quizás, para aquella fuerza nosotros eramos como pequeños gusanos,
dialogando en trajes ajustados y creyendo saber algo sobre cualquier cosa en particular
cuando, en realidad, no teníamos la más pálida idea de por qué eramos
proyectados bajo la sombra de nuestros propios cuerpos en esta inmersiva
realidad.
Es que nos
sentíamos dotados de la capacidad para saber y, peor aún, la necesidad afanosa
de pertenecer a la penumbra del entendimiento real, verídico y vivencial que
las prácticas más oscuras nos ofrecían. Pero, así como de dificil se vuelve la
tarea de vivir esta vida sin una guiatura explícita para cualquiera pues así de
ensombrecida era nuestra marcha a través de los conocimientos del ocultismo.
Más aún la de mi estimado compañero, quien me había introducido en una porción
efímera del verdadero caudal de sus descubrimientos y experimentos. Aquí y
ahora, pues, en su afán psiconáutico, parecía haberse topado con algo que lo
superaba profusamente.
-Tiene que haber
una manera-dije, negándome a creer en algo que ya había aceptado de manera
inconsciente.
Él se levantó y
caminó algunos pasos hacia el baño. Se detuvo a contemplar algunas imágenes
sobre las paredes. No supe de qué eran porque estaba sentado en un ángulo desde
donde sólo podía verlo a él, pero tampoco me provocaba interés. Mi amigo no
hubiese estado así de apesadumbrado y meditabundo si hubiese sido poseedor de
una respuesta para su problema. Estaba perdido, desnudo y expuesto a lo que sea
que había invocado.
-Existe un método,
basado en un algoritmo de mi propia invención, pero no es definitivo.
-¿A qué te refieres?-inquirí.
-A que sólo sirve
para mantenerlo a raya por un día.
-¿Y al día
siguiente?
-Hay que hacerlo
otra vez. Pero, pienso, va perdiendo fuerza a medida que se repite. Un día,
quizás, me encuentre indefenso de manera permanente.
Una parte de mí sentía
árduos deseos de saber a ciencia cierta qué era lo que se cernía sobre él y,
pensaba, con toda probabilidad ya sobre mí también. O quizás no. Quizás, si no
me involucraba en ningún ritual de repelencia para con dicha fuerza o entidad,
aún tuviese mis posibilidades. Pero tan pronto como me percaté de mis cobardes
pensamientos, cerré los ojos con fuerza y los abrí mirando fijo en el
dubitativo cuerpo de mi amigo.
-Está bien. Vamos
a hacerlo-le dije, poniéndome de pie.
Dentro del estudio
que antes describí, mi amigo había dispuesto 3 veladores y 7 atrapasueños de
los cuales no noté nada novedoso antes, al llegar. Por supuesto que los había
visto con anterioridad, sólo que ahora estaban dispuestos en un órden diferente
dentro del cuarto. Formaban una figura que me sería imposible describir con
palabras y de manera exacta, ya que no estaba hecha en base a una
representación geométrica que pudiese ser graficada en el suelo con una tiza
sino más bien debía ser recreada en forma tridimensional, ocupando el espacio
entre el techo, el suelo y las paredes con su forma. Utilizando como puntos los
3 veladores y los 7 atrapasueños, de los cuales uno se mantenía unido con una
tanza desde el suelo en un extremo y desde el techo en otro, se formaba dicha
figura. Nunca había sabido con anterioridad de ella y tampoco tenía
conocimiento de su significado. Por aquel momento, sólo me bastaba con saber
que ayudaría en nuestra causa.
-Ahora-dijo.-Hay
una serie de pasos a seguir. Tú en un extremo de la figura y yo en otro. Por
medio de tus dos interruptores y yo del mío, alternaremos el encendido y el
apagado de los veladores en una secuencia precisa.
Acordamos,
entonces, que el prendido sería dictaminado con un 1 y el apagado con un 0,
como abreviación para más rapidez. Con su mano libre me señalaría cuál velador
de los dos que yo manipulaba debía ser apagado o prendido en el momento
oportuno. Así fue como comenzamos. Mi amigo se puso en cuclillas, rodeado por
libros polvorientos, velas a medio consumir y sahumerios entre tejidos de
colores purpúreos. Por mi parte, el extremo que ocupaba era más oscuro y
cercano a la puerta de salida. En verdad no era una ubicación apacible ni que
infundara confianza en lo absoluto.
-Uno-empezó.
Encendí el
izquierdo.
-Uno.
Encendí el
derecho.
-Cero.
Apagué el
izquierdo. Él prendió el suyo.
Sentí de manera
palpable cómo se deslizaba algo detrás de mí, a través de los confines de aquel
rincón desafortunado.
-Cero.
Apagué el mío,
permaneciendo sólo el suyo prendido.
Un rasqueteo, como
si algo envuelto en una bolsa se arrastrase por debajo del largo sillón que
descansaba contra la pared, moviéndose desde mi rincón hacia mi amigo. Aquella
cosa parecía estar rodeando la figura que habíamos formado, avivando ahora con
la luz de nuestros veladores.
Unas campanitas
que colgaban junto a un llamador de ángeles se movieron, tintineando. Mi amigo
apagó su velador y quedamos en la absoluta oscuridad. Tuve miedo, muchísimo
miedo cuando vislumbré entre las sombras algunas formas que no podría describir
con exactitud pero que parecían contraerse en sí mismas para luego volver a
escupirse desde el propio interior.
-Uno, uno.
Prendí ambos
veladores. Al mismo tiempo, él encendió el suyo.
Allí, acurrucada
en posición fetal en torno a la tanza que sostenía el atrapasueños del centro,
había una criatura con forma humana. Era delgada como una mujer pero no puedo
asegurar que lo fuese. Sólo puedo decir que estaba desnuda por completo y que
algunas de sus partes (sobretodo el rostro) se veían derretidas parcialmente
como si fueran de cera. No podía quitar mis ojos de aquella entidad que
habíamos atrapado. Pero, ¿qué era lo que estaba pasando entonces? Levanté los
ojos después de un largo tiempo de ensimismamiento para ver en el rostro de mi
amigo.
Estaba sonriendo
mientras miraba fijamente a la criatura.
-Alicia...-balbuceó
ésta última, levantando una mano que se chorreaba hacia mi amigo.
Quise entender.
Juro que quise comprender alguna posibilidad más allá de los motivos personales
de mi compañero pero supe de mi propio error cuando me di cuenta que me había
mentido. El algoritmo no servía para mantener a salvo su debilucha persona un
día más, sino para algo más macabro y oculto aún. Entonces supe que había sido
utilizado, pero esto no parecía ser ni el comienzo de la verdad.
-¿Qué está
ocurriendo?-dije, temblando por la tensión creciente.
Mi amigo no me
miró. Continuaba petrificado sin quitar la vista de la criatura. Allí, ni por
un segundo. Ni siquiera cuando tomó una vela y la encendió, gustoso, mientras
se colocaba de rodillas y acercaba la llama al rostro suplicante de la bizarra
criatura, el cual se derritió a mayor velocidad como si de verdad estuviese
hecho de cera. Una baba, que sólo puedo describir como ectoplasmática, se elevó
junto a lo que debería de ser humo hacia el techo.
-¿Alicia?-dije, no
sabiendo a quién mirar.
Y mi amigo me
miró. Directo a los ojos y más allá, me miró. Abarcando una profundidad en mí
mismo que ni siquiera yo tenía idea de que existía. Esa mirada fue la
interacción más profunda que he tenido con otra persona en toda mi vida. Pero
un segundo después de haberla hecho, supe que no era una persona. Y menos que
menos mi amigo. No supe quién estaba detrás de esos ojos ni quién era dueño de
ese cuerpo. Hasta el día de hoy, no lo sé.
Sólo sé que jamás
olvidaré lo que me dijo, señalando con un dedo lánguido a la criatura que se
derretía.
-Contempla, cómo
arde tu amigo en el infierno.