domingo, 22 de junio de 2014

Ciudades en el Polvo



Tú piensas de esta ciudad como una cosa que parece estar ajena a todo, pero es que no ves el organismo que es en realidad. Se viste estática e impasible como un desmesurado iceberg, vagando a través de locaciones oceánicas excesivamente oscuras como para ser reconocibles.
Y te hipnotiza la mente... tanto así que dejas de verla.
¿Alguna vez encontraste personas de ciudad deteniéndose a contemplarla?
Quizás sea porque temen parecer estúpidos o pueblerinos al observar las edificaciones como si de la primera vez se tratase pero esto no es más que un claro indicio de comportamiento colectivo. Entonces, ¿dónde se separa la masa amorfa del individuo? Porque, claramente, a pesar de que la pérdida de la capacidad de asombro sea un atrofiamiento masivo, puede ser erradicado de forma personal.
Una vez más en la superficie, y a veces en la profundidad, de este inmenso hielo flotante es cuando la magia se pierde y sólo queda el residuo. La cloaca.
¿Es que acaso intentamos alejarnos del frío sumergiéndonos aún más en él?
Observo desde un punto en la gran construcción. El edificio que me rodea está hecho de insultos, caricias, sudor y sangre. Me encuentro asomado a una ventana del sexto piso, o quizás yo sea ella ahora, conduciendo algo hacia algún lugar. Es de madrugada y puedo denotar dos grandes diferencias visuales en cuanto a los colores desde mi ubicación. Abajo, entre las garras y jadeos de la muchedumbre hambrienta, de las bestias instintivas, hay bullicio y muchas luces que van y vienen con el único propósito de hipnotizar el dolor.
No puedo culparlos por lo que son, cada uno enfrenta el sufrimiento existencial de distintas formas. Es sólo que a mí no me va el estilo de la horda, nada más.
Desde las cavernas y tugurios puedo vislumbrar cabezas colgadas en cuerpos que deambulan, desconociendo su existencia y peor aún desestimando la importancia de la misma. Lo único que saben y les importa sobre ella, es que deben preservarla a como de lugar porque es lo único que creen poseer.
Hacia arriba, a medida que elevo la mirada, puedo ver cómo las luces y sonidos de estas bestias y sus máquinas, de las cuales dependen para subsistir un día más sin perder la cordura, se desprenden ya sólo partículas perdidas como dibujos y tonalidades en la superficie de los edificios. Ellos ascienden estoicos, rígidos e inmutables, directo hacia las estrellas y el gran abismo superior que las contiene en su seno aún inmaculado. Es en la copa de estos edificios donde se encuentra el otro extremo de la cuestión: la parte hundida del iceberg, la oscuridad gélida y tenebrosa que se cierne sobre el tumulto de criaturas escarbantes y bulliciosas que no pueden dejar de dormir paradas, deambulando sonámbulas entre sus propios sueños y fluidos.
Si ves esta ciudad como cualquier otra en el mundo desde afuera, quizás pienses que es una sola cosa ajena a todo. Pero es que en realidad estás viendo las entrañas de la raza que la concibió, el reflejo más inherente y simil de la simbología que este humanoide encierra en su corazón.
Luz y oscuridad, bien y mal... éstas no son más que palabras milenarias, universales, pero que en realidad definen el significado de la creación por sí misma.
Ahora, ¿de verdad crees que la luz está donde las criaturas intentan encandecer su alrededor para no tener que ver en la oscuridad de su interior o en las copas de estos frondozos árboles de concreto, donde la calma absoluta y el silencio dan inicio a un reinado completamente ausente e ignorado por nuestras pseudo-conciencias?
Creo que los estereotipos comienzan a sobrar y es en casos como estos donde la supuesta luz deviene en cerrazón inmersivamente abismal y la oscuridad en pura luminiscencia enceguesedora.
Los secretos del océano no se encuentran en su superficie iluminada, sino en las profundidades insondables de sus cavernas y acueductos ignorados. De la misma forma, los secretos del hombre no se encuentran en sus rostros y manos, sino en los íntimos hilos psicológicos que controlan estas extremidades.
Pero es que no sé si contarte o no mi secreto... y es que no soy quien piensas que soy, porque ser quien tú crees que yo debería ser representaría una imagen de lo que no desearía ser si estuviera encarnando lo que tú pretendes que debes creer, así como el mundo consecuente que alimentas cada día sólo para poder aislar lo que no entiendes del verdadero y desconocido espacio que manipula los hilos del velo que, tú mismo, has permitido que sea desplegado frente a tus ojos.
Voy a retirarme un momento ahora, ¿sabes? Debo enchufarme a algo antes de que mi mente piense que he muerto.
Los estímulos son bajos. No hay respuesta. La ciudad nunca está despierta ni dormida.

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