viernes, 6 de marzo de 2015

En los ojos del hombre pájaro



En los años pesados de la peste negra, que convirtió a Europa en una vastísima necrópolis, mi alma se hallaba retorciéndose en uno de los millones de cuerpos sentenciados.

Confinado, al principio, a una cierta área en cuarentena de la ciudad, ya ni siquiera era capaz de separar mi cuerpo del lecho para poder arrastrarme a la letrina. Mi ancestral evocación de terror hacia el dolor físico se había convertido en la única capacidad de razonamiento que asolaba mi destructivo estado de creencia y comprensión. No podía ya sentir otra cosa que no fuese miedo absoluto por el presente y el futuro.

Semejante a una forma de tortura que promete acabar a cada segundo, me veía arrastrado junto a todas mis inseguridades y vastísima pestilencia hacia las riveras de un Estigia privado, eternamente, para la desolación de mi única alma.

Aquella hermosa época de los maréos bajos y nauseabundos estreñimientos nerviosos a lo largo de toda la columna vertebral había pasado. Ahora, mi entera sensación corpórea se resumía a una implacable agonía constante y sin tregua, palpitante sobre los lindes del tufo en mi habitación proveniente de cada pústula que mi piel desprendía.

Pensaba, ¡cómo pensaba!, en esos diminutos instantes que lograba arrastrar mi absoluta atención del dolor tumoroso y los delirios infernales que experimentaba, caminando en un sortilegio, a través de toda la casa. Presentía entonces y creía, con todas mis ínfimas fuerzas, ser capaz de irme fuera, muy lejos de mi cuerpo inservible y de aquel teatro de mortecina decadencia en que mi absoluto mundo se había sumido.

Entonces fue cuando, momento albóreo y propicio de escape etéreo, invisible, me prodigué a mí mismo desde las extensiones limítrofes de mi propia conciencia, una visión semejante a la noche calma y absoluta. Un cuerpo brillante e impoluto como reflejo de luna, se cristalizaba así sobre la superficie de mi ojo espiritual.

Balbuceé, quedo, con lágrimas brotando de mis propias manos como heridas sangrantes que se negaban a cicatrizar, en un atisbo, quizás, de su propio reclamo de liberación. Aquella dama caminaba, en su vuelo, entre las paredes de las casas pestilentes y cantaba, como si su voz proviniera de todas partes al mismo instante, a la absoluta composición geométrica del universo entero. Era brillante como el mismísimo astro sol y ninguna de todas las esencias que se desprendían de los tejados renegaba de su conducción, directamente, hacia formas espiraladas que el cielo proyectaba en su seno y que todo lo absorbían, dando vueltas y vueltas, para hundirse luego en el centro perfecto de la tierra.

Sentí la invitación aquella en cada partícula, no de manera forzosa sino como el comienzo de la divina absorción de mi entera alma con el objeto de fundirse, así, en absoluta expresión de mi más ferviente e inconsciente fuerza de voluntad.

Y entonces, las vi.

Informes y retorcidas criaturas, provenientes del abismo más grande que a ser viviente se le ha dado contemplar en los anales de sus propios recuerdos, trepaban por mis extremidades, arañando y succionando, en plena elevación mientras hacían uso de voces disímiles, a los gritos, como pensamientos que convertían mi mente en un océano de caos absoluto.

Sentí que me hundía y que, proveniente de las mandíbulas de aquellas bestias putrefactas que me arrastraban en su descenso, la composición de mi esencia volvía a ser terrenal y no del cielo que aquella voz blanca en el firmamento prometía, lejana a cada segundo un poco más.

El cuerpo de mi alma se convirtió en alarido y me hundí.

Hasta mis ojos cubiertos de sangre y sal, me hundí, en mi propio lecho sudoroso e infecto, para recuperar el conocimiento allí, en mi ponzoñoso habitáculo.

Asustado, como un animal trepanado por golpes y azotes, me acurruqué contra el respaldar, a pesar del dolor tormentoso que impregnaba toda mi circunferencia, mientras veía cómo la puerta se abría e ingresaba por ella un ser lánguido y envestido de túnicas negras que todo lo cubrían.

Su cabeza, descendiente desde el interior de la capucha, era de un blanco sucio y viejo, inmensa figura con forma de pájaro abisal que jamás había correspondido con mi percepción de ejemplar semejante.

Grité y arañé los rincones de mi propio cuerpo, enloquecido y desquiciado como estaba, por la visión fantasmagórica y endiablada de aquella criatura que venía a buscarme. Me imaginé siendo conducido, tomado por el corazón de mi alma, hacia los restos arcaicos de una cueva infestada de leprosas criaturas sin forma, colgadas como decoración pagana para satisfacer los deseos capitales de alguna bestia inconmensurable e invencible.

El pájaro humanoide acercó su pico que olía a flores rancias y desplegó largas pezuñas sobre mi cuerpo mientras profesaba palabras sin sentido, tomadas del final de algún idioma olvidado por culturas brutalmente extinguidas. Desdibujó con sus manos raquiticas la silueta de una bolsa de entre sus ropajes y de allí, tomandoló con unos artefactos oxidados, sacó un sapo manchado y moribundo que depositó sobre mis bulbos gangrenosos, al tiempo que yo gritaba y gritaba sin contención, aún a fuerza de sentir agudos tirones sobre el fondo de mi garganta.

El hombre pájaro continuaba hablando y profetizando sobre el final de esta tierra maldita. El mundo entero que habíamos creído poblar con alegría y bienaventuranza, engañados, por las ratas que anidaban en lo más profundo de nuestras propias almas cercenadas.

Tomó frascos con rancias especias y las desperdigó sobre mis llagas de pus con un cierto ritmo deforme de baile o danza ritualística. Sonaron campanillas por los rincones del techo, mientras pequeños enjambres de artrópodos se despegaban de las maderas y descendían, rodando por las cortinas y las paredes con marcas de humo.

Mi voz, entonces, dejó de ser mía. Y sentí, mientras me desvanecía pero no terminaba de caer en el desmayo, que mil millones de años de lágrimas derramadas no alcanzarían nunca para pedir perdón por todos mis pecados. El ultraje que mi existencia había cometido para con esta tierra de noche y lamentos que alguna vez pudo ser soleada y cálida como el seno de una madre, hoy se transformaba por la propia podredumbre de mi andar, en un mausoleo inconmensurable, en una fosa planetaria ante la cual ningún muro construído por la pobre raza serviría jamás de contención alguna.

Regresé a momentos inexistentes del teatro de mi propia vida en los cuales de verdad creí haber respirado sentimientos de pureza, pero todas mis evocaciones se volvían difusas y líquidas, ante la pesadez de mis propios pensamientos.

Recé e imploré entonces, con todas las fuerzas de que disponía en mi minúsculo poder, porque la muerte conquistase, por fin, mi vencido corazón. Putrefacto y melancólico, acallado para morir en el interior de aquel vacío de sentimientos finales, vi claramente.

Vi cuando ella, con su deletreado y fogoso vestido de sol, tomó forma de entre las tinieblas que el hombre pájaro propagaba al andar.



miércoles, 4 de marzo de 2015

Danza de cuna



Después de efectuado mi divorcio, me vi en la frustrante tarea de encontrar un nuevo lugar donde vivir. Relativamente, esto se volvió un cometido sencillo porque la primer oportunidad que tuve acabó pareciendome la más adecuada en tiempo y forma. La casa era una pequeña construcción emplazada en un barrio algo olvidado y oscuro, admito, a favor de los sucesos que me vería forzado a afrontar.

En la entrada había tres gatos, ante los cuales la vieja que alquilaba el sitio respondió:

-Vienen con la casa.

Fue entonces cuando, mientras mantenía mi mirada fija, denoté por vez primera la protuberancia grasienta y brillante que llevaba por rostro y simplemente respondí con un asentimiento, quizás más que nada para hacerme un favor a mí mismo que otra cosa.

La casa en sí era un living y un pasillo, a lo largo del cual se repartían las habitaciones. Nada más. El aire se movía despacio, encapsulado en una atmósfera algo atosigante y de cierto caracter denso. Hacía mucho que ese lugar no se limpiaba y, mucho menos, habitaba. Con rapidez me amoldé a él, a pesar de una cierta sensación de extrañeza y desasosiego que no era capaz de explicar y, por lo tanto, acabé negandome a mí mismo y tratando de acallar.

Aquello, era todo lo que tenía. Aquello y tres gatos.

Estos eran como pequeños ángeles ya que no molestaban para nada, simplemente tirados ahí todo el día. Lo único que pude denotar como curioso fue el hecho de que jamás se encontraban separados, siempre tomando la misma habitación o lugar en equipo. Les daba alimento y cariño, a pesar de que no hacían pedido de él en lo más mínimo.

Mi primer noche en la casa, supe que no eramos sus únicos ocupantes.

Los ruidos empezaron cerca de las 3 de la mañana. Abrí los ojos, sobresaltado y con el cuerpo en tensión. Mi vista no se adaptó con rapidez a la total oscuridad, a pesar de que la luna llovía de una manera extraña, atravezando ramas de árboles secos y cayendo, como un velo recortado a través de la persiana rota. Tenía la boca en completa sequedad y así permanecí, tieso, ensoñado aún con pesares de mi vida cotidiana que todavía no disolvían las formas características con que habitan el sueño.

Mantuve mi cuerpo embalsamado en posición horizontal y mi cabeza petrificada, en separación de la almohada, ejerciendo toda la presión de que era capaz sobre el alcance de mis oídos.

Alguien saltaba, descalzo, a lo largo del pasillo.

Dilusidé, entre las tinieblas que se debatían a mi alrededor, la figura de dos de los gatos a los pies de mi cama, en posición completamente rígida. Cada uno ocupaba uno de los dos extremos del colchón, convertidos en pomposas bolas estoicas, movían a gran velocidad sus orejas, en total alerta percepción. Entonces sentí, sin el más mínimo indicio de ronroneo alguno, la presencia del tercer gato en la cabecera de mi cama, en la misma posición que los otros y en completa quietud, ocupando el centro de dicho extremo del colchón.

La presencia de los animales hizo que relajara con cierta levedad algunos de mis músculos principales y que el ritmo de mi respiración fuese un poco menos precipitado, pero lo que no podía detener bajo ningún concepto era el sudor que comenzaba a cubrir hasta la más recóndita superficie de mi cuerpo.

Los saltos, a lo largo de todo el pasillo, no se detenían. Iban y volvían. Horrorosamente precisos, como un golpe en seco espaciado del otro siempre por el mismo exacto segundo, mantenían en vilo cortante cada extremo nervioso de mi anatomía y erizaban la vastedad absoluta de mis vellos que caían, pesados, con el sudor que manchaba mi ropa. Los gatos no se alteraban en lo más mínimo, como creí que era predecible que hicieran en caso de tener a una presencia extraña rondando por la casa.

Rogué e imploré a la divinidad porque aquel sueño se terminara y que todo volviera a la normalidad, pero mis reclamos suplicantes fueron ahogados por la fiebre avasallante que perforaba el fondo de mi garganta.

Aquello era el infierno total, la noche de todos los tiempos que se arrastraba, fuera de su tumba maldita para venir a despertar a los supuestos vivos de su incomparable letargo claudicante.

Y yo, como una larva ignorante, me había atrevido a abrir los ojos en el medio de su reinado, me había visto despierto por una inquietud que aborrecí con todo el corazón, sólo para ser testigo del fin absoluto de mi cordura tal cual creí haberla conocido toda mi vida. Esa vida que, aquella noche, se resumía a un único sonido omnipotente que lo dominaba todo y que no cesó hasta que los rayos de luna que apenas se derrochaban sobre el piso se convirtieron en rayos de sol.

Ni un sólo segundo, del pasaje de todas aquellas horas infernales, volví a cerrar los ojos. En un momento, ya no fue la pisada incesante lo que me mantuvo en vilo, sino la idea de aquella puerta... sin llave, y con la posibilidad de ser abierta durante todo el tiempo transcurrido en el dominio de aquel peligro nefasto, habitante del borde de la locura absoluta y de mi propia nueva morada.

Con el amanecer, me hallé envuelto en una cortesa reseca de transpiración helada que capturaba, en su más terrorífica expresión, la postura que había dejado aquel averno nocturno en mi cuerpo, mi mente y mi corazón. Era, ahora, una cáscara muerta que reflejaba de manera cristalina la experiencia de sublime pavor en que me había visto sumergido, a mi pesar, en escenario de la más palpable tridimensión.

Aquello no había sido un sueño, para nada. Y no tenía fundamento alguno que pudiera hacerme dudar de su veracidad. Si así lo hiciera, entonces podría considerarme completamente loco y esto, en fortuna, me otorgaba aún la ventaja de saberme cuerdo, a pesar de todo. Pero como era conciente de lo que había vivido, en la carne de mis oídos, en la órbita de mis propios ojos y en cada porosidad temblorosa de mi piel, sabía que otra noche como aquella y la absoluta composición de mi persona se hallaría, al amanecer, descompuesta por completo.

Pero, por todos los cielos, ¿qué podía hacer? Me encontraba desempleado y recién divorciado. Habiendo hecho el depósito de un mes de alquiler con mi última exhalación, no era más que un linyera con una casa, tres gatos y algunos libros, nada más.

Llorando de a momentos, y sólo pensando en la cercanía de la noche, me pasé el día entero atrapado entre los límites nerviosos en que las telarañas de aquella aberración diabólica me habían confinado. Encerrado, en mi propia casa y en mi propio cuerpo, totalmente indefenso cual infantil baboseo ante la manifestación de lo desconocido y enfermizo, me pasé todo el día resumido a lo único que había llegado a importarme en absoluto... la caída de la noche.

Como una rata, esclavizada al tiempo que cobijada por el odio, repté hasta mi habitación en el apremiante impulso de pavor que llegaba a mi corazón, junto con el movimiento de avance que la oscuridad propagaba sobre cada rincón de la casa, engullendo y deglutiendo, como una bestia en el silencio.

Cerré la puerta con llave y me guarecí, en las tinieblas de mi propia mente, apenas diferenciadas de aquellos rincones que conformaban mi cuartucho repugnante.

A las 3 en punto, el pie descalzo empezó a saltar otra vez.

Los gatos se habían dispuesto, casi sin que yo lo notara, en la misma posición de la noche anterior la cual, por cierto, me percaté que formaba la figura de un triangulo alrededor de mi cuerpo, nunca jamás durmiente otra vez.

Me hundí en las colchas, a pesar del calor abrasador que parecía convertir en brasas la fiebre que comenzaba a chorrearse por mis venas. Creí ver, mientras me sumía, desquiciado, en el vientre del completo delirio, cabellos que descendían y llovían desde el techo e iban a parar a los confines del silencio, quien bordeaba la sodomía absoluta que el maldito pie descalzo oprimía sobre mi conciencia boquiabierta. Así, pasé otra noche en la caverna.

Durante el día, y haciendo acopio del recuerdo de lo que las supuestas horas de sueño de los días anteriores habían sido: la primera, una simulación total de rigor mortis en vida y la segunda, un derretimiento de mis capacidades como mente y alma, me decidí a hacer afronta del problema. Consideré (y hasta hoy me sigue pareciendo lógico) que el pie descalzo era una manifestación, una semblanza externa de mis peores demonios y, por consiguiente, los pavores que ellos ejercían sobre mí.

El pie descalzo era una metáfora viviente, únicamente descripta e inventada para mí. La solución, por lógica aparente, parecía ser que la única forma de terminar con todo aquello era enfrentando de una buena vez lo que fuera que el pie descalzo representaba allí, saltando una y otra vez sin detenerse jamás, en la completa negrura de mi pasillo. Como dije, estas deducciones y resoluciones consiguientes las obtuve durante el día.

Cuando la noche empezó a caer, junto con su movimiento de ascenso y descenso simultáneo, pude sentir cómo las fuerzas del espíritu de que me creía tan dispuesto, empezaban a flaquear, enseñandome sus dientes podridos y su espalda raquítica, muerta de hambre y de sed.

Tomé un martillo y me encerré, junto al despojo que llevaba a todas partes y que llamaba “cuerpo”, en mi habitación. Al pasar por el fondo del pasillo, junto al cual se hallaba mi puerta, vislumbré apenas la semblanza ensombrecida de mi presencia contra el espejo oval sobre la pared.

No era capaz de ver aquello, no.

¿Y aún así me creía con fuerzas para enfrentar a la manifestación más diabólica de mi propia malignidad oculta e inconsciente? Era patéticamente obvio que aquello, iba a resultar cómo acabó haciendolo.

Cuando fueron las 3 de la mañana, la funesta sinfonía dio inicio a su incongruencia.

Respiré hondo durante aproximadamente media hora y me separé del rincón más alejado de la puerta, en donde me encontraba retorciendome, midiendo el efecto infinitesimal de cada paso que otorgaba sobre el piso helado.

En cuestión de segundos, estaba mirando, raquideo, al picaporte sin poder moverme.

El martillo se tambaleaba en mi mano, dandome escozor de futuras llagas y marcas cortantes provocadas por la fruición con que lo asía. Podía sentir, de manera palpable y quizás hasta el final de mis días, la pisada del pie en seco sobre los mosaicos, como el golpe estertóreo de un tambor gigante dentro de mi cabeza, que hacía temblar la completa estructura de la casa oscura y muerta donde me encontraba, guarecido como una malformación larvaria.

Entonces, resuelto a mirar cara a cara en lo más profundo de lo que creía mi propia persona, entreabrí levemente la puerta y asomé mis ojos al pasillo cubierto de tinieblas.

La vista, tal como la potencia en caída libre de mi valor, duró un solo segundo. El resto del tiempo que pasé observando lo que me fue dado presenciar en aquel rincón de un círculo inexistente del infierno, fue por pura incapacidad de reaccionar ante algo tan decrépito, hórrido y aberrante.

La criatura de aparente forma humana medía 2 metros de extremidades lánguidas y atrofiadas, demasiado largas para ser una persona en primer apariencia. Llevaba los brazos pendiendo como garras, pegados al pecho y doblados hacia el frente, con las palmas de sus pezuñas amoratadas y hechas de puro hueso boca abajo. Contra ellas, golpeaban las rodillas de aquellas piernas como serpientes óseas, forjadas en la más decadente malformación sombría, mientras la inmundicia de humanoide saltaba, desde un extremo al otro del pasillo, siempre manteniendo un sólo y único pie descalzo en tierra.

No pude, ni quise, ver su rostro ensombrecido porque de alguna manera sentí que todo acabaría para mí si llegaba a hacerlo, pero sí pude denotar, que llevaba puesta como única vestimenta un calzoncillo teñido de inmundicia y una camiseta pequeña, raída por mucosidades y manchas grasas de diversa procedencia.

Aquello era el absoluto final de mi vida, el purgatorio de la denigración final para cualquier experiencia posible. Todos los segundos restantes de mi pútrida realidad serían medidos, comparados y puestos a dormir en un letargo absoluto junto a la imagen de aquella noche, por siempre.

Cayendo, así, en todas las formas posibles, cerré la puerta y giré la llave mientras soltaba el martillo y sentía que la saliva se me escapaba, inconciente de su existencia, por los orificios frenéticos que formaba con mis labios.

Perdí el conocimiento y no es nada más lo que recuerdo.

Después de volver a mi cuerpo, en ropa interior y con un charco de vómito junto al rostro, me arrastré hacia la acertada decisión de irme a tratar de dormir en cualquier lugar de la calle antes que en dicha habitación otra noche. Llevaba 3 días de insomnio total y eso me estaba volviendo más loco que la presencia de la criatura en cuestión. Apresurado y nervioso, sin siquiera pegarme una ducha, caí en el error más fatídico de todos. Al tratar de girar la llave contra la puerta de salida de la casa a la calle, ésta se partió en el interior de la cerradura.

Después de gritar durante horas, incomunicado y por primera vez realmente aislado del mundo entero, tiré de mi cuero cabelludo con locura mientras me percataba de que la jugada del destino, había concluido de forma magistral. O, mejor dicho, recién comenzaba a concluir. Porque aquella noche sería, definitivamente y pasara lo que pasara, la última de todas las noches del universo conocido para mí.

Acabado, denigrado a no corresponder siquiera con el derecho de volverme completamente loco y poder enajenarme de todo, me sumí en la presión que hacía de atmósfera en la profundidad más grande de vasta negrura que jamás en vida experimenté ni volveré a sufrir jamás.

Irrepetible, único y eterno se me hacía aquel momento final de la totalidad de mi existencia, desglosado por la caída final de la luna sobre las construcciones desoladas de aquel barrio olvidado por cualquier conciencia divina, aquel barrio del fondo de la tierra que me tenía atrapado, del cual no podía salir y ante el cual su propia presencia se me volvía insoportable.

Allí había ido, para huir de mí mismo... pero todo lo que encontré me pertenecía en cuerpo y alma.

Caí en el centro del triángulo que los gatos ya se disponían a formar sobre mi cama y allí, con una expresión desconocida de misterio, me sumergí en el sueño por primera vez en lo que habían sido años para mí.

En una confusión de niebla y humedad invernal, soñé con mis piernas dando zancadas sobre un pantanoso jardín abandonado, que se desplegaba hacia la profundidad de las entrañas mismas de la tierra en un hueco abisal donde se alzaba, a lo lejos en un peñasco, las ruinas de una mansión tan arcaica como el mundo entero. Entre formaciones oscuras y detalladas por las siluetas de ramas secas, forradas de espinas donde al sol le era imposible penetrar, me encontré con la criatura que habitaba mi propia casa.

Se hallaba de espaldas a mí y por primera vez, detenida.

Su presencia me provocaba un apremiante pavor, inmensamente familiar. Tenía manchas de excremento seco en el calzoncillo y la remera que le quedaba de pupera parecía haber permanecido unida a su largo y pálido torso desde su tierna infancia. Pensé, mientras avanzaba sin poder detenerme hacia la criatura, contemplando los cadaveres secos de arañas regados por todo el piso que formaban un caminito que me conducía hacia el inexorable final, que su figura putrefacta y aparentemente adulta parecía una deformación diabólica de todos los conceptos que hacían de la niñez un lugar cálido y precioso en el cual correr a refugiarse.

Detuve mi mano un segundo antes de tocar su hombro, ganando en algo, al parecer, la resistencia inmensa que oponía de mi parte desde el comienzo del sueño, cuando me percaté de que sus omoplatos se agitaban ante el exacerbado movimiento respiratorio de su torso, aparentemente en vía directa a un estallido de locura sin parangón.

Desperté entonces para volver a mi casa, a los 3 gatos completamente calmos y a la mefistofélica criatura, que había penetrado en mi cuarto y se encontraba ensimismada en su danza saltarina alrededor de los límites de mi cama, colocada por arte de magia en el centro exacto de la habitación. Me tapé la cabeza y comencé a llorar a los gritos, atosigado por un ahogo insoportable que presionaba mis pulmones contra mi corazón y retorcía mi estómago en formas que me provocaban arcadas. Sentía el pie descalzo, golpeando alrededor de la cama, una y otra vez contra los mosaicos mientras mi rostro se inundaba de mucosidades.

Cuando supe que ya no podía tolerar aquello un segundo más sin morir, en el máximo climax de la expresión psicosomática del terror absoluto, asomé los ojos para verla.

Algo, algo mucho más fuerte que cualquier cosa, me hacía creer en la necesidad universal de tener que ver a cualquier precio en aquel rostro inenarrable que aún se resguardaba, infecto, en la oscuridad que era su aliada ancestral. Con la cabeza erguida y hundida entre la cerrazón de la atmósfera cercana al techo, sin prestarme la mínima atención y concentrando todas sus fuerzas en la orgiástica danza que había nacido para llevar a cabo, la visión de sus facciones demoníacas me fue privada. Supe entonces, en lo más profundo de mi intuición, que si permanecía con el cuerpo dentro de la circunferencia de aquel colchón, nada malo podía pasarme.

Así fue como, idéntico a un niño que se cubre con colchas que le conceden la certeza de servir contra cualquier espectro monstruoso que se asome a su lecho desde el reino de lo desconocido, me coloqué en posición fetal y permanecí, sin saberme vivo o muerto, apenas respirando.