Después de
efectuado mi divorcio, me vi en la frustrante tarea de encontrar un nuevo lugar
donde vivir. Relativamente, esto se volvió un cometido sencillo porque la
primer oportunidad que tuve acabó pareciendome la más adecuada en tiempo y
forma. La casa era una pequeña construcción emplazada en un barrio algo
olvidado y oscuro, admito, a favor de los sucesos que me vería forzado a afrontar.
En la entrada
había tres gatos, ante los cuales la vieja que alquilaba el sitio respondió:
-Vienen con la
casa.
Fue entonces
cuando, mientras mantenía mi mirada fija, denoté por vez primera la
protuberancia grasienta y brillante que llevaba por rostro y simplemente
respondí con un asentimiento, quizás más que nada para hacerme un favor a mí
mismo que otra cosa.
La casa en sí era
un living y un pasillo, a lo largo del cual se repartían las habitaciones. Nada
más. El aire se movía despacio, encapsulado en una atmósfera algo atosigante y
de cierto caracter denso. Hacía mucho que ese lugar no se limpiaba y, mucho
menos, habitaba. Con rapidez me amoldé a él, a pesar de una cierta sensación de
extrañeza y desasosiego que no era capaz de explicar y, por lo tanto, acabé
negandome a mí mismo y tratando de acallar.
Aquello, era todo
lo que tenía. Aquello y tres gatos.
Estos eran como
pequeños ángeles ya que no molestaban para nada, simplemente tirados ahí todo
el día. Lo único que pude denotar como curioso fue el hecho de que jamás se
encontraban separados, siempre tomando la misma habitación o lugar en equipo.
Les daba alimento y cariño, a pesar de que no hacían pedido de él en lo más
mínimo.
Mi primer noche en
la casa, supe que no eramos sus únicos ocupantes.
Los ruidos
empezaron cerca de las 3 de la mañana. Abrí los ojos, sobresaltado y con el
cuerpo en tensión. Mi vista no se adaptó con rapidez a la total oscuridad, a
pesar de que la luna llovía de una manera extraña, atravezando ramas de árboles
secos y cayendo, como un velo recortado a través de la persiana rota. Tenía la
boca en completa sequedad y así permanecí, tieso, ensoñado aún con pesares de
mi vida cotidiana que todavía no disolvían las formas características con que habitan
el sueño.
Mantuve mi cuerpo
embalsamado en posición horizontal y mi cabeza petrificada, en separación de la
almohada, ejerciendo toda la presión de que era capaz sobre el alcance de mis
oídos.
Alguien saltaba,
descalzo, a lo largo del pasillo.
Dilusidé, entre
las tinieblas que se debatían a mi alrededor, la figura de dos de los gatos a
los pies de mi cama, en posición completamente rígida. Cada uno ocupaba uno de
los dos extremos del colchón, convertidos en pomposas bolas estoicas, movían a
gran velocidad sus orejas, en total alerta percepción. Entonces sentí, sin el
más mínimo indicio de ronroneo alguno, la presencia del tercer gato en la
cabecera de mi cama, en la misma posición que los otros y en completa quietud,
ocupando el centro de dicho extremo del colchón.
La presencia de
los animales hizo que relajara con cierta levedad algunos de mis músculos
principales y que el ritmo de mi respiración fuese un poco menos precipitado,
pero lo que no podía detener bajo ningún concepto era el sudor que comenzaba a
cubrir hasta la más recóndita superficie de mi cuerpo.
Los saltos, a lo
largo de todo el pasillo, no se detenían. Iban y volvían. Horrorosamente precisos,
como un golpe en seco espaciado del otro siempre por el mismo exacto segundo,
mantenían en vilo cortante cada extremo nervioso de mi anatomía y erizaban la
vastedad absoluta de mis vellos que caían, pesados, con el sudor que manchaba
mi ropa. Los gatos no se alteraban en lo más mínimo, como creí que era
predecible que hicieran en caso de tener a una presencia extraña rondando por
la casa.
Rogué e imploré a
la divinidad porque aquel sueño se terminara y que todo volviera a la
normalidad, pero mis reclamos suplicantes fueron ahogados por la fiebre
avasallante que perforaba el fondo de mi garganta.
Aquello era el
infierno total, la noche de todos los tiempos que se arrastraba, fuera de su
tumba maldita para venir a despertar a los supuestos vivos de su incomparable
letargo claudicante.
Y yo, como una
larva ignorante, me había atrevido a abrir los ojos en el medio de su reinado,
me había visto despierto por una inquietud que aborrecí con todo el corazón,
sólo para ser testigo del fin absoluto de mi cordura tal cual creí haberla
conocido toda mi vida. Esa vida que, aquella noche, se resumía a un único
sonido omnipotente que lo dominaba todo y que no cesó hasta que los rayos de
luna que apenas se derrochaban sobre el piso se convirtieron en rayos de sol.
Ni un sólo
segundo, del pasaje de todas aquellas horas infernales, volví a cerrar los
ojos. En un momento, ya no fue la pisada incesante lo que me mantuvo en vilo,
sino la idea de aquella puerta... sin llave, y con la posibilidad de ser
abierta durante todo el tiempo transcurrido en el dominio de aquel peligro
nefasto, habitante del borde de la locura absoluta y de mi propia nueva morada.
Con el amanecer, me
hallé envuelto en una cortesa reseca de transpiración helada que capturaba, en
su más terrorífica expresión, la postura que había dejado aquel averno nocturno
en mi cuerpo, mi mente y mi corazón. Era, ahora, una cáscara muerta que
reflejaba de manera cristalina la experiencia de sublime pavor en que me había
visto sumergido, a mi pesar, en escenario de la más palpable tridimensión.
Aquello no había
sido un sueño, para nada. Y no tenía fundamento alguno que pudiera hacerme
dudar de su veracidad. Si así lo hiciera, entonces podría considerarme
completamente loco y esto, en fortuna, me otorgaba aún la ventaja de saberme
cuerdo, a pesar de todo. Pero como era conciente de lo que había vivido, en la
carne de mis oídos, en la órbita de mis propios ojos y en cada porosidad
temblorosa de mi piel, sabía que otra noche como aquella y la absoluta
composición de mi persona se hallaría, al amanecer, descompuesta por completo.
Pero, por todos
los cielos, ¿qué podía hacer? Me encontraba desempleado y recién divorciado.
Habiendo hecho el depósito de un mes de alquiler con mi última exhalación, no
era más que un linyera con una casa, tres gatos y algunos libros, nada más.
Llorando de a
momentos, y sólo pensando en la cercanía de la noche, me pasé el día entero
atrapado entre los límites nerviosos en que las telarañas de aquella aberración
diabólica me habían confinado. Encerrado, en mi propia casa y en mi propio cuerpo,
totalmente indefenso cual infantil baboseo ante la manifestación de lo
desconocido y enfermizo, me pasé todo el día resumido a lo único que había
llegado a importarme en absoluto... la caída de la noche.
Como una rata,
esclavizada al tiempo que cobijada por el odio, repté hasta mi habitación en el
apremiante impulso de pavor que llegaba a mi corazón, junto con el movimiento
de avance que la oscuridad propagaba sobre cada rincón de la casa, engullendo y
deglutiendo, como una bestia en el silencio.
Cerré la puerta
con llave y me guarecí, en las tinieblas de mi propia mente, apenas diferenciadas
de aquellos rincones que conformaban mi cuartucho repugnante.
A las 3 en punto,
el pie descalzo empezó a saltar otra vez.
Los gatos se
habían dispuesto, casi sin que yo lo notara, en la misma posición de la noche
anterior la cual, por cierto, me percaté que formaba la figura de un triangulo alrededor
de mi cuerpo, nunca jamás durmiente otra vez.
Me hundí en las
colchas, a pesar del calor abrasador que parecía convertir en brasas la fiebre
que comenzaba a chorrearse por mis venas. Creí ver, mientras me sumía,
desquiciado, en el vientre del completo delirio, cabellos que descendían y
llovían desde el techo e iban a parar a los confines del silencio, quien
bordeaba la sodomía absoluta que el maldito pie descalzo oprimía sobre mi
conciencia boquiabierta. Así, pasé otra noche en la caverna.
Durante el día, y
haciendo acopio del recuerdo de lo que las supuestas horas de sueño de los días
anteriores habían sido: la primera, una simulación total de rigor mortis en
vida y la segunda, un derretimiento de mis capacidades como mente y alma, me
decidí a hacer afronta del problema. Consideré (y hasta hoy me sigue pareciendo
lógico) que el pie descalzo era una manifestación, una semblanza externa de mis
peores demonios y, por consiguiente, los pavores que ellos ejercían sobre mí.
El pie descalzo
era una metáfora viviente, únicamente descripta e inventada para mí. La
solución, por lógica aparente, parecía ser que la única forma de terminar con
todo aquello era enfrentando de una buena vez lo que fuera que el pie descalzo
representaba allí, saltando una y otra vez sin detenerse jamás, en la completa
negrura de mi pasillo. Como dije, estas deducciones y resoluciones consiguientes
las obtuve durante el día.
Cuando la noche
empezó a caer, junto con su movimiento de ascenso y descenso simultáneo, pude
sentir cómo las fuerzas del espíritu de que me creía tan dispuesto, empezaban a
flaquear, enseñandome sus dientes podridos y su espalda raquítica, muerta de
hambre y de sed.
Tomé un martillo y
me encerré, junto al despojo que llevaba a todas partes y que llamaba “cuerpo”,
en mi habitación. Al pasar por el fondo del pasillo, junto al cual se hallaba
mi puerta, vislumbré apenas la semblanza ensombrecida de mi presencia contra el
espejo oval sobre la pared.
No era capaz de
ver aquello, no.
¿Y aún así me
creía con fuerzas para enfrentar a la manifestación más diabólica de mi propia
malignidad oculta e inconsciente? Era patéticamente obvio que aquello, iba a
resultar cómo acabó haciendolo.
Cuando fueron las
3 de la mañana, la funesta sinfonía dio inicio a su incongruencia.
Respiré hondo
durante aproximadamente media hora y me separé del rincón más alejado de la
puerta, en donde me encontraba retorciendome, midiendo el efecto infinitesimal
de cada paso que otorgaba sobre el piso helado.
En cuestión de
segundos, estaba mirando, raquideo, al picaporte sin poder moverme.
El martillo se
tambaleaba en mi mano, dandome escozor de futuras llagas y marcas cortantes
provocadas por la fruición con que lo asía. Podía sentir, de manera palpable y
quizás hasta el final de mis días, la pisada del pie en seco sobre los
mosaicos, como el golpe estertóreo de un tambor gigante dentro de mi cabeza,
que hacía temblar la completa estructura de la casa oscura y muerta donde me
encontraba, guarecido como una malformación larvaria.
Entonces, resuelto
a mirar cara a cara en lo más profundo de lo que creía mi propia persona,
entreabrí levemente la puerta y asomé mis ojos al pasillo cubierto de
tinieblas.
La vista, tal como
la potencia en caída libre de mi valor, duró un solo segundo. El resto del
tiempo que pasé observando lo que me fue dado presenciar en aquel rincón de un
círculo inexistente del infierno, fue por pura incapacidad de reaccionar ante
algo tan decrépito, hórrido y aberrante.
La criatura de
aparente forma humana medía 2 metros de extremidades lánguidas y atrofiadas,
demasiado largas para ser una persona en primer apariencia. Llevaba los brazos
pendiendo como garras, pegados al pecho y doblados hacia el frente, con las
palmas de sus pezuñas amoratadas y hechas de puro hueso boca abajo. Contra
ellas, golpeaban las rodillas de aquellas piernas como serpientes óseas,
forjadas en la más decadente malformación sombría, mientras la inmundicia de
humanoide saltaba, desde un extremo al otro del pasillo, siempre manteniendo un
sólo y único pie descalzo en tierra.
No pude, ni quise,
ver su rostro ensombrecido porque de alguna manera sentí que todo acabaría para
mí si llegaba a hacerlo, pero sí pude denotar, que llevaba puesta como única
vestimenta un calzoncillo teñido de inmundicia y una camiseta pequeña, raída
por mucosidades y manchas grasas de diversa procedencia.
Aquello era el
absoluto final de mi vida, el purgatorio de la denigración final para cualquier
experiencia posible. Todos los segundos restantes de mi pútrida realidad serían
medidos, comparados y puestos a dormir en un letargo absoluto junto a la imagen
de aquella noche, por siempre.
Cayendo, así, en
todas las formas posibles, cerré la puerta y giré la llave mientras soltaba el
martillo y sentía que la saliva se me escapaba, inconciente de su existencia,
por los orificios frenéticos que formaba con mis labios.
Perdí el
conocimiento y no es nada más lo que recuerdo.
Después de volver
a mi cuerpo, en ropa interior y con un charco de vómito junto al rostro, me
arrastré hacia la acertada decisión de irme a tratar de dormir en cualquier
lugar de la calle antes que en dicha habitación otra noche. Llevaba 3 días de
insomnio total y eso me estaba volviendo más loco que la presencia de la
criatura en cuestión. Apresurado y nervioso, sin siquiera pegarme una ducha,
caí en el error más fatídico de todos. Al tratar de girar la llave contra la
puerta de salida de la casa a la calle, ésta se partió en el interior de la
cerradura.
Después de gritar
durante horas, incomunicado y por primera vez realmente aislado del mundo
entero, tiré de mi cuero cabelludo con locura mientras me percataba de que la
jugada del destino, había concluido de forma magistral. O, mejor dicho, recién
comenzaba a concluir. Porque aquella noche sería, definitivamente y pasara lo
que pasara, la última de todas las noches del universo conocido para mí.
Acabado, denigrado
a no corresponder siquiera con el derecho de volverme completamente loco y
poder enajenarme de todo, me sumí en la presión que hacía de atmósfera en la
profundidad más grande de vasta negrura que jamás en vida experimenté ni
volveré a sufrir jamás.
Irrepetible, único
y eterno se me hacía aquel momento final de la totalidad de mi existencia,
desglosado por la caída final de la luna sobre las construcciones desoladas de
aquel barrio olvidado por cualquier conciencia divina, aquel barrio del fondo
de la tierra que me tenía atrapado, del cual no podía salir y ante el cual su
propia presencia se me volvía insoportable.
Allí había ido,
para huir de mí mismo... pero todo lo que encontré me pertenecía en cuerpo y
alma.
Caí en el centro
del triángulo que los gatos ya se disponían a formar sobre mi cama y allí, con
una expresión desconocida de misterio, me sumergí en el sueño por primera vez
en lo que habían sido años para mí.
En una confusión
de niebla y humedad invernal, soñé con mis piernas dando zancadas sobre un
pantanoso jardín abandonado, que se desplegaba hacia la profundidad de las
entrañas mismas de la tierra en un hueco abisal donde se alzaba, a lo lejos en
un peñasco, las ruinas de una mansión tan arcaica como el mundo entero. Entre
formaciones oscuras y detalladas por las siluetas de ramas secas, forradas de
espinas donde al sol le era imposible penetrar, me encontré con la criatura que
habitaba mi propia casa.
Se hallaba de
espaldas a mí y por primera vez, detenida.
Su presencia me
provocaba un apremiante pavor, inmensamente familiar. Tenía manchas de
excremento seco en el calzoncillo y la remera que le quedaba de pupera parecía
haber permanecido unida a su largo y pálido torso desde su tierna infancia. Pensé,
mientras avanzaba sin poder detenerme hacia la criatura, contemplando los cadaveres
secos de arañas regados por todo el piso que formaban un caminito que me
conducía hacia el inexorable final, que su figura putrefacta y aparentemente
adulta parecía una deformación diabólica de todos los conceptos que hacían de
la niñez un lugar cálido y precioso en el cual correr a refugiarse.
Detuve mi mano un
segundo antes de tocar su hombro, ganando en algo, al parecer, la resistencia
inmensa que oponía de mi parte desde el comienzo del sueño, cuando me percaté
de que sus omoplatos se agitaban ante el exacerbado movimiento respiratorio de
su torso, aparentemente en vía directa a un estallido de locura sin parangón.
Desperté entonces
para volver a mi casa, a los 3 gatos completamente calmos y a la mefistofélica
criatura, que había penetrado en mi cuarto y se encontraba ensimismada en su
danza saltarina alrededor de los límites de mi cama, colocada por arte de magia
en el centro exacto de la habitación. Me tapé la cabeza y comencé a llorar a
los gritos, atosigado por un ahogo insoportable que presionaba mis pulmones
contra mi corazón y retorcía mi estómago en formas que me provocaban arcadas.
Sentía el pie descalzo, golpeando alrededor de la cama, una y otra vez contra
los mosaicos mientras mi rostro se inundaba de mucosidades.
Cuando supe que ya
no podía tolerar aquello un segundo más sin morir, en el máximo climax de la
expresión psicosomática del terror absoluto, asomé los ojos para verla.
Algo, algo mucho
más fuerte que cualquier cosa, me hacía creer en la necesidad universal de tener
que ver a cualquier precio en aquel rostro inenarrable que aún se resguardaba,
infecto, en la oscuridad que era su aliada ancestral. Con la cabeza erguida y hundida
entre la cerrazón de la atmósfera cercana al techo, sin prestarme la mínima
atención y concentrando todas sus fuerzas en la orgiástica danza que había
nacido para llevar a cabo, la visión de sus facciones demoníacas me fue privada.
Supe entonces, en lo más profundo de mi intuición, que si permanecía con el
cuerpo dentro de la circunferencia de aquel colchón, nada malo podía pasarme.
Así fue como,
idéntico a un niño que se cubre con colchas que le conceden la certeza de
servir contra cualquier espectro monstruoso que se asome a su lecho desde el
reino de lo desconocido, me coloqué en posición fetal y permanecí, sin saberme
vivo o muerto, apenas respirando.
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