En los años
pesados de la peste negra, que convirtió a Europa en una vastísima necrópolis,
mi alma se hallaba retorciéndose en uno de los millones de cuerpos
sentenciados.
Confinado, al
principio, a una cierta área en cuarentena de la ciudad, ya ni siquiera era
capaz de separar mi cuerpo del lecho para poder arrastrarme a la letrina. Mi ancestral
evocación de terror hacia el dolor físico se había convertido en la única
capacidad de razonamiento que asolaba mi destructivo estado de creencia y
comprensión. No podía ya sentir otra cosa que no fuese miedo absoluto por el
presente y el futuro.
Semejante a una
forma de tortura que promete acabar a cada segundo, me veía arrastrado junto a
todas mis inseguridades y vastísima pestilencia hacia las riveras de un Estigia
privado, eternamente, para la desolación de mi única alma.
Aquella hermosa
época de los maréos bajos y nauseabundos estreñimientos nerviosos a lo largo de
toda la columna vertebral había pasado. Ahora, mi entera sensación corpórea se
resumía a una implacable agonía constante y sin tregua, palpitante sobre los
lindes del tufo en mi habitación proveniente de cada pústula que mi piel
desprendía.
Pensaba, ¡cómo
pensaba!, en esos diminutos instantes que lograba arrastrar mi absoluta
atención del dolor tumoroso y los delirios infernales que experimentaba,
caminando en un sortilegio, a través de toda la casa. Presentía entonces y
creía, con todas mis ínfimas fuerzas, ser capaz de irme fuera, muy lejos de mi
cuerpo inservible y de aquel teatro de mortecina decadencia en que mi absoluto
mundo se había sumido.
Entonces fue
cuando, momento albóreo y propicio de escape etéreo, invisible, me prodigué a
mí mismo desde las extensiones limítrofes de mi propia conciencia, una visión
semejante a la noche calma y absoluta. Un cuerpo brillante e impoluto como
reflejo de luna, se cristalizaba así sobre la superficie de mi ojo espiritual.
Balbuceé, quedo,
con lágrimas brotando de mis propias manos como heridas sangrantes que se
negaban a cicatrizar, en un atisbo, quizás, de su propio reclamo de liberación.
Aquella dama caminaba, en su vuelo, entre las paredes de las casas pestilentes
y cantaba, como si su voz proviniera de todas partes al mismo instante, a la
absoluta composición geométrica del universo entero. Era brillante como el
mismísimo astro sol y ninguna de todas las esencias que se desprendían de los
tejados renegaba de su conducción, directamente, hacia formas espiraladas que
el cielo proyectaba en su seno y que todo lo absorbían, dando vueltas y
vueltas, para hundirse luego en el centro perfecto de la tierra.
Sentí la
invitación aquella en cada partícula, no de manera forzosa sino como el
comienzo de la divina absorción de mi entera alma con el objeto de fundirse,
así, en absoluta expresión de mi más ferviente e inconsciente fuerza de
voluntad.
Y entonces, las
vi.
Informes y
retorcidas criaturas, provenientes del abismo más grande que a ser viviente se
le ha dado contemplar en los anales de sus propios recuerdos, trepaban por mis
extremidades, arañando y succionando, en plena elevación mientras hacían uso de
voces disímiles, a los gritos, como pensamientos que convertían mi mente en un
océano de caos absoluto.
Sentí que me
hundía y que, proveniente de las mandíbulas de aquellas bestias putrefactas que
me arrastraban en su descenso, la composición de mi esencia volvía a ser
terrenal y no del cielo que aquella voz blanca en el firmamento prometía,
lejana a cada segundo un poco más.
El cuerpo de mi
alma se convirtió en alarido y me hundí.
Hasta mis ojos
cubiertos de sangre y sal, me hundí, en mi propio lecho sudoroso e infecto,
para recuperar el conocimiento allí, en mi ponzoñoso habitáculo.
Asustado, como un
animal trepanado por golpes y azotes, me acurruqué contra el respaldar, a pesar
del dolor tormentoso que impregnaba toda mi circunferencia, mientras veía cómo
la puerta se abría e ingresaba por ella un ser lánguido y envestido de túnicas
negras que todo lo cubrían.
Su cabeza,
descendiente desde el interior de la capucha, era de un blanco sucio y viejo,
inmensa figura con forma de pájaro abisal que jamás había correspondido con mi
percepción de ejemplar semejante.
Grité y arañé los
rincones de mi propio cuerpo, enloquecido y desquiciado como estaba, por la
visión fantasmagórica y endiablada de aquella criatura que venía a buscarme. Me
imaginé siendo conducido, tomado por el corazón de mi alma, hacia los restos
arcaicos de una cueva infestada de leprosas criaturas sin forma, colgadas como
decoración pagana para satisfacer los deseos capitales de alguna bestia
inconmensurable e invencible.
El pájaro
humanoide acercó su pico que olía a flores rancias y desplegó largas pezuñas
sobre mi cuerpo mientras profesaba palabras sin sentido, tomadas del final de
algún idioma olvidado por culturas brutalmente extinguidas. Desdibujó con sus manos
raquiticas la silueta de una bolsa de entre sus ropajes y de allí, tomandoló
con unos artefactos oxidados, sacó un sapo manchado y moribundo que depositó
sobre mis bulbos gangrenosos, al tiempo que yo gritaba y gritaba sin contención,
aún a fuerza de sentir agudos tirones sobre el fondo de mi garganta.
El hombre pájaro
continuaba hablando y profetizando sobre el final de esta tierra maldita. El
mundo entero que habíamos creído poblar con alegría y bienaventuranza,
engañados, por las ratas que anidaban en lo más profundo de nuestras propias
almas cercenadas.
Tomó frascos con
rancias especias y las desperdigó sobre mis llagas de pus con un cierto ritmo
deforme de baile o danza ritualística. Sonaron campanillas por los rincones del
techo, mientras pequeños enjambres de artrópodos se despegaban de las maderas y
descendían, rodando por las cortinas y las paredes con marcas de humo.
Mi voz, entonces,
dejó de ser mía. Y sentí, mientras me desvanecía pero no terminaba de caer en
el desmayo, que mil millones de años de lágrimas derramadas no alcanzarían nunca
para pedir perdón por todos mis pecados. El ultraje que mi existencia había
cometido para con esta tierra de noche y lamentos que alguna vez pudo ser
soleada y cálida como el seno de una madre, hoy se transformaba por la propia
podredumbre de mi andar, en un mausoleo inconmensurable, en una fosa planetaria
ante la cual ningún muro construído por la pobre raza serviría jamás de contención
alguna.
Regresé a momentos
inexistentes del teatro de mi propia vida en los cuales de verdad creí haber
respirado sentimientos de pureza, pero todas mis evocaciones se volvían difusas
y líquidas, ante la pesadez de mis propios pensamientos.
Recé e imploré
entonces, con todas las fuerzas de que disponía en mi minúsculo poder, porque
la muerte conquistase, por fin, mi vencido corazón. Putrefacto y melancólico,
acallado para morir en el interior de aquel vacío de sentimientos finales, vi
claramente.
Vi cuando ella,
con su deletreado y fogoso vestido de sol, tomó forma de entre las tinieblas que
el hombre pájaro propagaba al andar.
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