Acá, todo es gris.
Nuestra forma y
nuestro color son una extensión de ese gris, pesadísimo y lento, como una
inmensa piedra en el cielo. Vivimos parados, esperando y contemplando los
cuerpos que llegan desde arriba, en maneras de dificil descripción, como pensamientos
que toman forma, y caen. Esperamos un mensaje, pienso, que nunca llega a su
destino. Nos miramos unos a otros en la forma en que pretendemos desear ser
mirados. Pero todos somos muy parecidos, no hay más que lo que se ve.
Y eso, es todo
gris.
Después viene,
cuando los rayos toman otras formas y figuras, un gigante. Es un gigante en
tierra. Pisa con todas sus fuerzas, desde la lejanía total, mientras se acerca
cada vez más... y más, hasta que en determinado momento, llega. Con sus
pisadas, hace música. Y esa música es densa, como la piedra y como todo lo
gris, como la tierra y el mundo mismo. Sólo se acaba cuando se aleja, dentro de
su propio ruido, de pisadas y temblores, como piedras que caen del cielo y
hacen dar vueltas absolutamente todo. Nos escondemos en cavernas cuando el
gigante se acerca, pasa y se va. Lo vemos, desde los orificios en las formas de
montaña y temblamos junto al mundo entero, junto al absoluto gris. Una sola vez
alguien quedó afuera cuando el gigante pasó y, a ese alguien, no se lo volvió a
ver nunca más.
Salimos, y había
gris.
La tierra estaba
seca y petrificada, y no había nada más que lo que era.
Y lo que era, era
gris.
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