miércoles, 4 de marzo de 2015

Danza de cuna



Después de efectuado mi divorcio, me vi en la frustrante tarea de encontrar un nuevo lugar donde vivir. Relativamente, esto se volvió un cometido sencillo porque la primer oportunidad que tuve acabó pareciendome la más adecuada en tiempo y forma. La casa era una pequeña construcción emplazada en un barrio algo olvidado y oscuro, admito, a favor de los sucesos que me vería forzado a afrontar.

En la entrada había tres gatos, ante los cuales la vieja que alquilaba el sitio respondió:

-Vienen con la casa.

Fue entonces cuando, mientras mantenía mi mirada fija, denoté por vez primera la protuberancia grasienta y brillante que llevaba por rostro y simplemente respondí con un asentimiento, quizás más que nada para hacerme un favor a mí mismo que otra cosa.

La casa en sí era un living y un pasillo, a lo largo del cual se repartían las habitaciones. Nada más. El aire se movía despacio, encapsulado en una atmósfera algo atosigante y de cierto caracter denso. Hacía mucho que ese lugar no se limpiaba y, mucho menos, habitaba. Con rapidez me amoldé a él, a pesar de una cierta sensación de extrañeza y desasosiego que no era capaz de explicar y, por lo tanto, acabé negandome a mí mismo y tratando de acallar.

Aquello, era todo lo que tenía. Aquello y tres gatos.

Estos eran como pequeños ángeles ya que no molestaban para nada, simplemente tirados ahí todo el día. Lo único que pude denotar como curioso fue el hecho de que jamás se encontraban separados, siempre tomando la misma habitación o lugar en equipo. Les daba alimento y cariño, a pesar de que no hacían pedido de él en lo más mínimo.

Mi primer noche en la casa, supe que no eramos sus únicos ocupantes.

Los ruidos empezaron cerca de las 3 de la mañana. Abrí los ojos, sobresaltado y con el cuerpo en tensión. Mi vista no se adaptó con rapidez a la total oscuridad, a pesar de que la luna llovía de una manera extraña, atravezando ramas de árboles secos y cayendo, como un velo recortado a través de la persiana rota. Tenía la boca en completa sequedad y así permanecí, tieso, ensoñado aún con pesares de mi vida cotidiana que todavía no disolvían las formas características con que habitan el sueño.

Mantuve mi cuerpo embalsamado en posición horizontal y mi cabeza petrificada, en separación de la almohada, ejerciendo toda la presión de que era capaz sobre el alcance de mis oídos.

Alguien saltaba, descalzo, a lo largo del pasillo.

Dilusidé, entre las tinieblas que se debatían a mi alrededor, la figura de dos de los gatos a los pies de mi cama, en posición completamente rígida. Cada uno ocupaba uno de los dos extremos del colchón, convertidos en pomposas bolas estoicas, movían a gran velocidad sus orejas, en total alerta percepción. Entonces sentí, sin el más mínimo indicio de ronroneo alguno, la presencia del tercer gato en la cabecera de mi cama, en la misma posición que los otros y en completa quietud, ocupando el centro de dicho extremo del colchón.

La presencia de los animales hizo que relajara con cierta levedad algunos de mis músculos principales y que el ritmo de mi respiración fuese un poco menos precipitado, pero lo que no podía detener bajo ningún concepto era el sudor que comenzaba a cubrir hasta la más recóndita superficie de mi cuerpo.

Los saltos, a lo largo de todo el pasillo, no se detenían. Iban y volvían. Horrorosamente precisos, como un golpe en seco espaciado del otro siempre por el mismo exacto segundo, mantenían en vilo cortante cada extremo nervioso de mi anatomía y erizaban la vastedad absoluta de mis vellos que caían, pesados, con el sudor que manchaba mi ropa. Los gatos no se alteraban en lo más mínimo, como creí que era predecible que hicieran en caso de tener a una presencia extraña rondando por la casa.

Rogué e imploré a la divinidad porque aquel sueño se terminara y que todo volviera a la normalidad, pero mis reclamos suplicantes fueron ahogados por la fiebre avasallante que perforaba el fondo de mi garganta.

Aquello era el infierno total, la noche de todos los tiempos que se arrastraba, fuera de su tumba maldita para venir a despertar a los supuestos vivos de su incomparable letargo claudicante.

Y yo, como una larva ignorante, me había atrevido a abrir los ojos en el medio de su reinado, me había visto despierto por una inquietud que aborrecí con todo el corazón, sólo para ser testigo del fin absoluto de mi cordura tal cual creí haberla conocido toda mi vida. Esa vida que, aquella noche, se resumía a un único sonido omnipotente que lo dominaba todo y que no cesó hasta que los rayos de luna que apenas se derrochaban sobre el piso se convirtieron en rayos de sol.

Ni un sólo segundo, del pasaje de todas aquellas horas infernales, volví a cerrar los ojos. En un momento, ya no fue la pisada incesante lo que me mantuvo en vilo, sino la idea de aquella puerta... sin llave, y con la posibilidad de ser abierta durante todo el tiempo transcurrido en el dominio de aquel peligro nefasto, habitante del borde de la locura absoluta y de mi propia nueva morada.

Con el amanecer, me hallé envuelto en una cortesa reseca de transpiración helada que capturaba, en su más terrorífica expresión, la postura que había dejado aquel averno nocturno en mi cuerpo, mi mente y mi corazón. Era, ahora, una cáscara muerta que reflejaba de manera cristalina la experiencia de sublime pavor en que me había visto sumergido, a mi pesar, en escenario de la más palpable tridimensión.

Aquello no había sido un sueño, para nada. Y no tenía fundamento alguno que pudiera hacerme dudar de su veracidad. Si así lo hiciera, entonces podría considerarme completamente loco y esto, en fortuna, me otorgaba aún la ventaja de saberme cuerdo, a pesar de todo. Pero como era conciente de lo que había vivido, en la carne de mis oídos, en la órbita de mis propios ojos y en cada porosidad temblorosa de mi piel, sabía que otra noche como aquella y la absoluta composición de mi persona se hallaría, al amanecer, descompuesta por completo.

Pero, por todos los cielos, ¿qué podía hacer? Me encontraba desempleado y recién divorciado. Habiendo hecho el depósito de un mes de alquiler con mi última exhalación, no era más que un linyera con una casa, tres gatos y algunos libros, nada más.

Llorando de a momentos, y sólo pensando en la cercanía de la noche, me pasé el día entero atrapado entre los límites nerviosos en que las telarañas de aquella aberración diabólica me habían confinado. Encerrado, en mi propia casa y en mi propio cuerpo, totalmente indefenso cual infantil baboseo ante la manifestación de lo desconocido y enfermizo, me pasé todo el día resumido a lo único que había llegado a importarme en absoluto... la caída de la noche.

Como una rata, esclavizada al tiempo que cobijada por el odio, repté hasta mi habitación en el apremiante impulso de pavor que llegaba a mi corazón, junto con el movimiento de avance que la oscuridad propagaba sobre cada rincón de la casa, engullendo y deglutiendo, como una bestia en el silencio.

Cerré la puerta con llave y me guarecí, en las tinieblas de mi propia mente, apenas diferenciadas de aquellos rincones que conformaban mi cuartucho repugnante.

A las 3 en punto, el pie descalzo empezó a saltar otra vez.

Los gatos se habían dispuesto, casi sin que yo lo notara, en la misma posición de la noche anterior la cual, por cierto, me percaté que formaba la figura de un triangulo alrededor de mi cuerpo, nunca jamás durmiente otra vez.

Me hundí en las colchas, a pesar del calor abrasador que parecía convertir en brasas la fiebre que comenzaba a chorrearse por mis venas. Creí ver, mientras me sumía, desquiciado, en el vientre del completo delirio, cabellos que descendían y llovían desde el techo e iban a parar a los confines del silencio, quien bordeaba la sodomía absoluta que el maldito pie descalzo oprimía sobre mi conciencia boquiabierta. Así, pasé otra noche en la caverna.

Durante el día, y haciendo acopio del recuerdo de lo que las supuestas horas de sueño de los días anteriores habían sido: la primera, una simulación total de rigor mortis en vida y la segunda, un derretimiento de mis capacidades como mente y alma, me decidí a hacer afronta del problema. Consideré (y hasta hoy me sigue pareciendo lógico) que el pie descalzo era una manifestación, una semblanza externa de mis peores demonios y, por consiguiente, los pavores que ellos ejercían sobre mí.

El pie descalzo era una metáfora viviente, únicamente descripta e inventada para mí. La solución, por lógica aparente, parecía ser que la única forma de terminar con todo aquello era enfrentando de una buena vez lo que fuera que el pie descalzo representaba allí, saltando una y otra vez sin detenerse jamás, en la completa negrura de mi pasillo. Como dije, estas deducciones y resoluciones consiguientes las obtuve durante el día.

Cuando la noche empezó a caer, junto con su movimiento de ascenso y descenso simultáneo, pude sentir cómo las fuerzas del espíritu de que me creía tan dispuesto, empezaban a flaquear, enseñandome sus dientes podridos y su espalda raquítica, muerta de hambre y de sed.

Tomé un martillo y me encerré, junto al despojo que llevaba a todas partes y que llamaba “cuerpo”, en mi habitación. Al pasar por el fondo del pasillo, junto al cual se hallaba mi puerta, vislumbré apenas la semblanza ensombrecida de mi presencia contra el espejo oval sobre la pared.

No era capaz de ver aquello, no.

¿Y aún así me creía con fuerzas para enfrentar a la manifestación más diabólica de mi propia malignidad oculta e inconsciente? Era patéticamente obvio que aquello, iba a resultar cómo acabó haciendolo.

Cuando fueron las 3 de la mañana, la funesta sinfonía dio inicio a su incongruencia.

Respiré hondo durante aproximadamente media hora y me separé del rincón más alejado de la puerta, en donde me encontraba retorciendome, midiendo el efecto infinitesimal de cada paso que otorgaba sobre el piso helado.

En cuestión de segundos, estaba mirando, raquideo, al picaporte sin poder moverme.

El martillo se tambaleaba en mi mano, dandome escozor de futuras llagas y marcas cortantes provocadas por la fruición con que lo asía. Podía sentir, de manera palpable y quizás hasta el final de mis días, la pisada del pie en seco sobre los mosaicos, como el golpe estertóreo de un tambor gigante dentro de mi cabeza, que hacía temblar la completa estructura de la casa oscura y muerta donde me encontraba, guarecido como una malformación larvaria.

Entonces, resuelto a mirar cara a cara en lo más profundo de lo que creía mi propia persona, entreabrí levemente la puerta y asomé mis ojos al pasillo cubierto de tinieblas.

La vista, tal como la potencia en caída libre de mi valor, duró un solo segundo. El resto del tiempo que pasé observando lo que me fue dado presenciar en aquel rincón de un círculo inexistente del infierno, fue por pura incapacidad de reaccionar ante algo tan decrépito, hórrido y aberrante.

La criatura de aparente forma humana medía 2 metros de extremidades lánguidas y atrofiadas, demasiado largas para ser una persona en primer apariencia. Llevaba los brazos pendiendo como garras, pegados al pecho y doblados hacia el frente, con las palmas de sus pezuñas amoratadas y hechas de puro hueso boca abajo. Contra ellas, golpeaban las rodillas de aquellas piernas como serpientes óseas, forjadas en la más decadente malformación sombría, mientras la inmundicia de humanoide saltaba, desde un extremo al otro del pasillo, siempre manteniendo un sólo y único pie descalzo en tierra.

No pude, ni quise, ver su rostro ensombrecido porque de alguna manera sentí que todo acabaría para mí si llegaba a hacerlo, pero sí pude denotar, que llevaba puesta como única vestimenta un calzoncillo teñido de inmundicia y una camiseta pequeña, raída por mucosidades y manchas grasas de diversa procedencia.

Aquello era el absoluto final de mi vida, el purgatorio de la denigración final para cualquier experiencia posible. Todos los segundos restantes de mi pútrida realidad serían medidos, comparados y puestos a dormir en un letargo absoluto junto a la imagen de aquella noche, por siempre.

Cayendo, así, en todas las formas posibles, cerré la puerta y giré la llave mientras soltaba el martillo y sentía que la saliva se me escapaba, inconciente de su existencia, por los orificios frenéticos que formaba con mis labios.

Perdí el conocimiento y no es nada más lo que recuerdo.

Después de volver a mi cuerpo, en ropa interior y con un charco de vómito junto al rostro, me arrastré hacia la acertada decisión de irme a tratar de dormir en cualquier lugar de la calle antes que en dicha habitación otra noche. Llevaba 3 días de insomnio total y eso me estaba volviendo más loco que la presencia de la criatura en cuestión. Apresurado y nervioso, sin siquiera pegarme una ducha, caí en el error más fatídico de todos. Al tratar de girar la llave contra la puerta de salida de la casa a la calle, ésta se partió en el interior de la cerradura.

Después de gritar durante horas, incomunicado y por primera vez realmente aislado del mundo entero, tiré de mi cuero cabelludo con locura mientras me percataba de que la jugada del destino, había concluido de forma magistral. O, mejor dicho, recién comenzaba a concluir. Porque aquella noche sería, definitivamente y pasara lo que pasara, la última de todas las noches del universo conocido para mí.

Acabado, denigrado a no corresponder siquiera con el derecho de volverme completamente loco y poder enajenarme de todo, me sumí en la presión que hacía de atmósfera en la profundidad más grande de vasta negrura que jamás en vida experimenté ni volveré a sufrir jamás.

Irrepetible, único y eterno se me hacía aquel momento final de la totalidad de mi existencia, desglosado por la caída final de la luna sobre las construcciones desoladas de aquel barrio olvidado por cualquier conciencia divina, aquel barrio del fondo de la tierra que me tenía atrapado, del cual no podía salir y ante el cual su propia presencia se me volvía insoportable.

Allí había ido, para huir de mí mismo... pero todo lo que encontré me pertenecía en cuerpo y alma.

Caí en el centro del triángulo que los gatos ya se disponían a formar sobre mi cama y allí, con una expresión desconocida de misterio, me sumergí en el sueño por primera vez en lo que habían sido años para mí.

En una confusión de niebla y humedad invernal, soñé con mis piernas dando zancadas sobre un pantanoso jardín abandonado, que se desplegaba hacia la profundidad de las entrañas mismas de la tierra en un hueco abisal donde se alzaba, a lo lejos en un peñasco, las ruinas de una mansión tan arcaica como el mundo entero. Entre formaciones oscuras y detalladas por las siluetas de ramas secas, forradas de espinas donde al sol le era imposible penetrar, me encontré con la criatura que habitaba mi propia casa.

Se hallaba de espaldas a mí y por primera vez, detenida.

Su presencia me provocaba un apremiante pavor, inmensamente familiar. Tenía manchas de excremento seco en el calzoncillo y la remera que le quedaba de pupera parecía haber permanecido unida a su largo y pálido torso desde su tierna infancia. Pensé, mientras avanzaba sin poder detenerme hacia la criatura, contemplando los cadaveres secos de arañas regados por todo el piso que formaban un caminito que me conducía hacia el inexorable final, que su figura putrefacta y aparentemente adulta parecía una deformación diabólica de todos los conceptos que hacían de la niñez un lugar cálido y precioso en el cual correr a refugiarse.

Detuve mi mano un segundo antes de tocar su hombro, ganando en algo, al parecer, la resistencia inmensa que oponía de mi parte desde el comienzo del sueño, cuando me percaté de que sus omoplatos se agitaban ante el exacerbado movimiento respiratorio de su torso, aparentemente en vía directa a un estallido de locura sin parangón.

Desperté entonces para volver a mi casa, a los 3 gatos completamente calmos y a la mefistofélica criatura, que había penetrado en mi cuarto y se encontraba ensimismada en su danza saltarina alrededor de los límites de mi cama, colocada por arte de magia en el centro exacto de la habitación. Me tapé la cabeza y comencé a llorar a los gritos, atosigado por un ahogo insoportable que presionaba mis pulmones contra mi corazón y retorcía mi estómago en formas que me provocaban arcadas. Sentía el pie descalzo, golpeando alrededor de la cama, una y otra vez contra los mosaicos mientras mi rostro se inundaba de mucosidades.

Cuando supe que ya no podía tolerar aquello un segundo más sin morir, en el máximo climax de la expresión psicosomática del terror absoluto, asomé los ojos para verla.

Algo, algo mucho más fuerte que cualquier cosa, me hacía creer en la necesidad universal de tener que ver a cualquier precio en aquel rostro inenarrable que aún se resguardaba, infecto, en la oscuridad que era su aliada ancestral. Con la cabeza erguida y hundida entre la cerrazón de la atmósfera cercana al techo, sin prestarme la mínima atención y concentrando todas sus fuerzas en la orgiástica danza que había nacido para llevar a cabo, la visión de sus facciones demoníacas me fue privada. Supe entonces, en lo más profundo de mi intuición, que si permanecía con el cuerpo dentro de la circunferencia de aquel colchón, nada malo podía pasarme.

Así fue como, idéntico a un niño que se cubre con colchas que le conceden la certeza de servir contra cualquier espectro monstruoso que se asome a su lecho desde el reino de lo desconocido, me coloqué en posición fetal y permanecí, sin saberme vivo o muerto, apenas respirando.




viernes, 27 de febrero de 2015

Un gigante en tierra



Acá, todo es gris.

Nuestra forma y nuestro color son una extensión de ese gris, pesadísimo y lento, como una inmensa piedra en el cielo. Vivimos parados, esperando y contemplando los cuerpos que llegan desde arriba, en maneras de dificil descripción, como pensamientos que toman forma, y caen. Esperamos un mensaje, pienso, que nunca llega a su destino. Nos miramos unos a otros en la forma en que pretendemos desear ser mirados. Pero todos somos muy parecidos, no hay más que lo que se ve.

Y eso, es todo gris.

Después viene, cuando los rayos toman otras formas y figuras, un gigante. Es un gigante en tierra. Pisa con todas sus fuerzas, desde la lejanía total, mientras se acerca cada vez más... y más, hasta que en determinado momento, llega. Con sus pisadas, hace música. Y esa música es densa, como la piedra y como todo lo gris, como la tierra y el mundo mismo. Sólo se acaba cuando se aleja, dentro de su propio ruido, de pisadas y temblores, como piedras que caen del cielo y hacen dar vueltas absolutamente todo. Nos escondemos en cavernas cuando el gigante se acerca, pasa y se va. Lo vemos, desde los orificios en las formas de montaña y temblamos junto al mundo entero, junto al absoluto gris. Una sola vez alguien quedó afuera cuando el gigante pasó y, a ese alguien, no se lo volvió a ver nunca más.

Salimos, y había gris.

La tierra estaba seca y petrificada, y no había nada más que lo que era.

Y lo que era, era gris.

sábado, 7 de febrero de 2015

Rara avis in terris



En el interior de una noche, que debo rescatar de un olvido extraño para poder comenzar mi descripción, me hallé sumido en una casa enorme y colonial.

Rodeado como estaba por velas moribundas, tendido en un gran sillón victoriano junto a una mesa circular, me sumía a cada segundo más y más en el sopor del incienso que daba forma a mi imaginación, a contraluz del lejano techo de telarañas flotantes. Afuera, en el corazón del nocturno, la lluvia caía a trompicones. Las cortinas rojas y doradas desplegaban su presencia pesada sobre la alfombra, mientras las sombras producidas por la danza bélica entre cada vela de la habitación describían extrañas premoniciones en todo rincón. Libros del polvo me rodeaban, junto a cenizas derramadas que a veces se congregaban, en una sensación de presencia junto a la chimenea cubierta en mohosa humedad.

Obnubilado por un soberbio letargo, me hundía en mis largos ropajes negros y en la meditación, confusa operante de mi temor por los imparables truenos que iluminaban la carta sobre la mesa. Había sido escrita por la mano de un viejo conocido de una escuela oculta a la que asistí en mis años mozos como noble estudiante de artes esotéricas y olvidados cronicones que alguna vez fui. Impetuoso, él aún parecía mantener su vigor e interés por los misterios relativos de su propia impronta metafísica en este plano existencial. Por mi parte, acaecido yo, como un pueril habitante del más inhóspito vulgo urbano en costumbres y pensamientos de desánimo, nunca jamás iluminados nuevamente por la esperanza de mi alma y anhelante belleza de salvación etérea, mis costumbres no eran más las que una vez hubieran sido.

La expresión superficial de mi persona solamente denotaba en mí aún cierto gusto refinado por la exquisitez de las delicadas obras del espíritu, pero en el interior más profundo... mis acciones se confinaban únicamente ya a los placeres de la carne en su forma más denigrante y animalesca. Es claro decir que nada de esto expresaba un verdadero contento en lo más hondo de mi esencia humana, pero ni aún pudiendo mantener como sagrada esta pena constante por la humillación de todo lo virtuoso en mi corazón, los demonios con los que compartía morada simplemente parecían regocijarse sobre este punto doliente, utilizandolo de forma magistral como contraste fetichista para sus privados goces de reptante naturaleza.

La carta, al fin y al cabo el objeto primario de este indigesto relato, rezaba así:



            "Querido Sr.



                        Entregado a usted y su delicada atención como respuesta a una apremiante necesidad de corresponder con mi amor por los valles ocultos del conocimiento, me he dado en la presurosa necesidad de apersonarme en su hogar el día 1 del mes entrante a la hora 1 de la madrugada y cargando conmigo el secreto número 1 de mis más anhelados descubrimientos de reciente procedencia.

                       

            Atte. Charlotte de Nereida"



Así, tal cual se conformaban en mis entrañas los temores nebulosamente infundados de pasados momentos del más heterogéneo horror, me vi a mí y mi noctámbula figura caída en abandono, entre las sombras de mis pesares y la habitación, esperando ya nada más que el inevitable e inminente golpe, triplicado en profundidad sobre la arcaica madera de mi puerta.

Um.

Um.

Um.

Me erguí, creyendo percibir lejanos lamentos entre los bailes de la lluvia y el bosque tras mi decaída morada y, con la pesadez manifiesta del más íntimo sentir, inundado por una apremiante necesidad de esconder la debilidad de mi voluntad, arrastré los ropajes negros a través del suelo y las cenizas. Para responder a aquella llamada de la noche y el tiempo, requerí de todo un valor ilusorio que, por momentos, deseaba con todo el corazón lograr convencerme de ser auténtico poseedor y ya, no más, un simple bufón de mis propios delirios.

Entonces respiré profundamente y me contuve de gritar, mientras sentía la presencia apremiante de mis amados demonios en su arrastre, infectos poseedores de mi corazón y profanadores del santuario abandonado, una vez impoluto hogar de mi alma caída hoy en el abismo espiralado de la pura totalidad.

La inmensa puerta de madera retorcida se abrió, dejando ingreso a un torbellino de rígidas hojas fallecidas que se entremezclaron con el polvo y las telarañas de dibujos hipnóticos, inmortales sobre todo el mobiliario.

-Charlotte, te esperaba-dijeron mis facciones decrépitas.

-Yo también-respondió él, al tiempo que cerraba su paragüas e introducía su persona en mi morada.

Cerré la puerta, no sin antes echar una última visión al dulce paisaje de aquella caótica pero silenciosa medianoche. Nuestro paso por las entrañas de la casa, hacía el estudio donde tenía todas las velas encendidas de que disponía, se vio dirigido por un enmudecimiento mortuorio, pero mentiría si negara que casi... casi podía... ser capaz de escuchar una fúnebre melodía de órgano en el aire, como si llegara desde los confines del bosque, depositada en el aire como un lamento y compuesta en una vieja capilla cercenada al olvido eterno.

La puerta de mi estudio fue cerrada con llave al tiempo que, haciendo pronto disimulo de mi impaciencia, dejé mi cuerpo caer como un peso muerto sobre el sillón otra vez. Olas de polvo se alzaron, enarcando como un retrato oval los limites de mi palidez anatómica que siempre insistí en recubrir de negro.

-Tengo aquí-dijo Charlotte, abriendo su bolso raído.-Toda la teoría del nuevo experimento en el que me veo envuelto.

-Permita.

Mi compañero me entregó las hojas y tomó asiento, sin mediar sobrada palabra, entre la formación aún lumínica y joven de ciertas sombras junto a la ventana. Podía percibir, por más que se afanara en dar una impronta de calma, la totalidad de su impaciencia mientras contemplaba la tormenta que no había osado amainar ni un milimetro desde su inicio. Bajando mi vista y palpando la desagradable suciedad de los papeles retorcidos y con tinta por todas partes que me había dado en aceptar, me embarqué en el intento de fundirme en su caótica composición.

En ellos, y a lo largo de una maraña de anotaciones al márgen, bocetos y párrafos enteros, Charlotte describía el hallazgo de un hecho tan importante como peligroso. De esta manera, se adjudicaba a sí mismo el título de "Descubridor de la conducta vibratoria del sonido como catalizador para la desintegración de un cuerpo en vida", explicando de forma teórica la manera en que una determinada y precisa nota de un antiguo y oculto alfabeto musical era capaz de desintegrar puntualmente el compilado de órganos y presencia energética que componían a una criatura andante, al parecer, humana o animal.

-¿Acaso te refieres a una exacta nota de vibración para cada criatura existente en el planeta entero?-fue mi primer pregunta.

Asintiendo, respondió sólo lo siguiente:

-Creo que encontré la mía.

Volví a los apuntes, cerrando los ojos sólo un instante por la presión que aquel segundo descubrimiento que acababa de revelarme inducía en mi concepción del futuro próximo y, por consiguiente, el motivo absoluto de su visita. En esos papeles se encontraba el saber básico que servía únicamente de introducción a la ramificación científica que presuponía la entereza real de una revelación semejante.

-¿Tienes este alfabeto musical enigmático y olvidado que mencionas?

-Sí.

-¿Me lo permites?

Con una rápida y huidiza semblanza de leve disgusto en su rostro, extrajo del bolso un enorme papel desplegable que tendió sobre la mesa y que contenía lo que parecía ser más bien un mapa estelar de alguna galaxia o composición microscópica de un sistema biológico, antes que una escala de tonalidades bajo las cuales podía llegar a componerse música que no había sido escuchada por oído humano jamás, si es que no por la antiguedad originaria de nuestra raza o, tal vez, una anterior. Me explayé sobre él, pero no fui capaz de conformar en mi entendimiento absolutamente nada más que una lejana familiarización con parecidos ordinarios y terrenales de símbolos conocidos sólo por viejos infolios que mi memoria desintegraba, poco a poco, en el proceso de la natural decadencia vejestoria.

-Quiero que toques esa nota por mí-dijo, firme y aparentemente cuerdo.

Lo observé con dureza, algo enfadado no tanto por su decisión de posible suicidio experimental sino por la responsabilidad que caía sobre mí por sorpresa y sin previo aviso. Era una decisión de dificil moral pero, al parecer, tan necesaria en aquel estado de progresión inventiva en que mi amigo se encontraba descendiendo como el aire mismo que respiraba.

-Esto significaría tu asesinato-dije.-Provocado por mis propias manos.

-Prueba y error, ¿recuerdas?

-Estás equivocado. Esto significaría, en tal caso de aparente gracia para ti, el error definitivo.

Desplegó sus brazos a ambos lados de su cuerpo y sonrió cuando dijo:

-Estoy al tanto de ello.

Miré en aquella composición que consideraba un mapa sideral de origen imposible para los límtes de nuestros atrofiados sentidos.

-Aún si aceptara esta carga que me has cedido sin molestarte en consultarme, ¿cómo voy a reproducir la nota que requieres con un instrumento ordinario? Sólo dispongo de mi viejo piano en el comedor.

De las sombras, sobre el rincón que había decidido ocupar en su encuentro con mi estudio, sacó a la luz un objeto de tamaño mediano que cargaba oculto por trapos húmedos y colgantes. Removió aquello y me enseñó el artefacto más extraño que jamás había contemplado en todos mis años de vida terrenal. Tenía válvulas, cuerdas hiladas como venas, huecos de cóncavo escape y perillas hechas de un material óseo de procedencia totalmente desconocida, probablemente mineral debido a algunos minúsculos destellos en ciertas protuberancias superficiales. Me lo tendió y lo tomé con ambas manos, temeroso siquiera de dejar la impronta de mis dedos sudorosos y terrarios sobre aquella materia de ajena realidad inhóspita.

-¿Cómo...?-balbuceé.

-No quisieras...-dijo Charlotte, sombrío.-... saber cómo me hice de él. Pero si, en cambio, te refieres al manejo operacional, bueno, es algo menos complejo de lo que aparenta ser.

Se lo tendí, admito, un poco tembloroso.

Él lo contuvo un instante, como a una criatura de angélica presencia pero sólo en superficial manifiesto, antes de llevarse un diminuto orificio membranoso, que me hubiese llevado meses de detenido estudio poder descubrir, a la boca. Sopló, entonces, con mediana fuerza al tiempo que algunas de las cuerdas temblaban de manera casi imperceptible y un sonido gutural, cavernoso y angustiante brotaba de algún hoyuelo imposible de determinar.

¡Oh, por favor, si alguna vez tuviese palabras para emular siquiera una límitrofe definición de lo que aquel canto abisal forjaba, rechinante, en las entrañas de mi aletargado espíritu! Pude verme, en un momento de insana inspiración, tendido bajo una arboleda submarina y oculta ante los ojos del mismísimo todopoderoso, rodeado de faunas emulaciones desgraciadas y funestas... en mi canto, oh, en el precioso canto que creí escuchar desde las alamedas y las proximidades malditas de mi presencia, en aquella tierra creada por y para el único e incognocible olvido. Mi conciencia, meditabunda entre valles de perfidia sin parangón, no era capaz de hallarse a sí misma, perdida entre oscuridades cósmicas, desperezadas únicamente por los imposibles tintineos del óxido, sobre los campanarios del mismísimo final. Y yo, maldito gusano de la tierra, retrocedí, cayendo en un vasto pasaje alucinógeno sobre mi sillón de polvorienta e inmensa desazón.

-Similar... fue el efecto sobre mí, la primera vez que escuché tocar esta música ancestral.

No podía elaborar pieza de vocablo alguna, sumido como estaba aún en aquel efecto devastador sobre mi sinapsis. Así que Charlotte, habló así:

-Esto que vienes a experimentar aquí y ahora es sólo una expansión secundaria, colateral, de los efectos congregados y devastadores que este instrumento, en su uso, es capaz de crear. Aquello que crees haber visto, en las penumbras de tu entendimiento, es sólo el deshecho de la marca de su paso a través de estas capas dimensionales que nos dan forma y concepción. No podriamos, ninguno de nosotros, en este estado de creencia de existir que habitamos y en el cual nos descascaramos a cada paso, ser capaces de darle alcance al verdadero poder espiritual que esta... oculta escala musical representa en el espacio y el tiempo. Imagina, por un segundo, mi querido amigo, en el estado actual que cargas, si este instrumento hubiese efectuado la sintonía precisa e indefectiblemente puntual que tu organismo necesita para ser compelido a otro estado de perpetua vivencia perceptiva, ¿qué es lo que entonces te habría ocurrido?

"¿Puedes entender, quizás ahora, el por qué necesito con tanto ahínco efectuar dicha sintonía personal, habiendo sido capaz de descubrirla?

Restregué mi lengua por mi cansino paladar y levanté mis párpados, pesados como hierro fundido.

-¿Cómo puedo deducir... mi propia nota?

Charlotte me tendió el instrumento nuevamente.

-Puedo hacerte un bosquejo del método que a mí me condujo hacia el resultado. Y ésa, es toda la seguridad que puedo ofrecer.

Tomé el aparato entre mis manos, ahora, con una plutónica parafernalia en mi accionar, ya mucho más cercana a la que Charlot mismo había tenido, momentos antes, para con el apocalíptico artefacto.

-Dime cómo representar tu nota-sentencié, funesto.

La forma en que hube de planificar la exacta disposición de mis dedos y mi boca no lo era todo, también debía ser acompañado por una precisa postura corporal antes de inhalar el aire que serviría como elemento catalizador. No osaré siquiera intentar describir aquello, lo siento. Sólo diré que fue allí, en presencia de las velas y las fantasmagóricas siluetas de mi estudio, que compaginamos aquella noche semejante acto ritual y cabalístico, que devino en las condiciones que desglosaré a continuación.

Primero, no hubo sonido alguno en el aire. Esto fue lo que creí percibir cuando al realizar, luego de una profunda inhalación, el soplo definitivo sobre aquella evocación de misterios insondables, no sentí absolutamente nada en los oídos. Creí que había hecho algo mal, tan imposiblemente seguro de los efectos devastadores que había tenido sobre mi conciencia momentos antes, al no percibir nada. Mis dudas se disiparon, al contemplar a Charlotte.

Un áurea luminosidad de oscurísima procedencia comenzó a desprenderse, según creían mis ojos, de los rincones de la habitación, como una ascensión que rodeaba el cuerpo rígido de mi viejo compañero. Ahora, conducido por mis incansables meditaciones nocturnas, creo que aquello no provenía de afuera sino que todo el tiempo fue parte de su propia composición espiritual y material, alternandose en una clase de fusión, sobre aquel espacio que su cuerpo ocupaba en aquel preciso instante de desplazamiento astral. En su arrastre metafísico, y definido por una extraordinaria escala de colores que jamás creí poder llegar a ser capaz de contemplar pero que sólo duraron en vigencia una milésima de segundo, todo su ser se contrajo en una forma algorítmica que precedía de su propio origen en los límites espectrales de la gran ecuación divina.

Charlotte fue polvo y espacio vacío. Y yo, atónito mientras contemplaba las marcas que había dejado su presencia sobre el suelo lleno de cenizas, observé que la lluvia había cesado en su caída.