Adrián sueña con
un lugar infinito, completamente vacío.
Excepto por la
pared.
Y los lamentos,
atrás de la pared.
Adrián se queda
quieto, en ese lugar desconocido. Mirando, de pie, rodeado por sombras de nada.
Adrián es misterio, en esa zona desconocida del mundo. Parado, junto a la
pared. Y los lamentos, del otro lado. Los miles de lamentos de aquel lado.
Adrián no se mueve. Adrián no se inmuta. Está de espaldas y piensa que no tiene
cara. Adrián es el lugar. Adrián es la pared. Adrián es los lamentos. Pero no
sabe dónde está, no sabe quién es y todo le parece eterno. Adrián se quiere ir.
Adrián se quiere despertar.
No puede.
Adrián es una
víctima, pero no actúa como tal. Está rígido, como una bestia a punto de
atacar. Está atento, primero por el miedo, ahora por el hambre. Adrián trata de
ver el lugar. Adrián trata de ver la situación. Se posa, se sitúa y trata de
ver. Pero no puede. Entonces siente ira, y tiembla. Cuando Adrián tiembla, los
lamentos se vuelven agudos y más potentes. Les da una respuesta, les da poder.
Adrián no quiere que lo coman. Adrián no quiere soñar un día, y estar del otro
lado de la pared. O que la pared no exista. O que él sea los lamentos. O que él
sea quien siempre está mirando.
Que él sea yo.
Mirando. Siempre
mirando, la espalda de Adrián. Ahí, parado, de este lado de la pared.
Hubo un momento en
que tuve miedo de escribir sobre Adrián.
Porque si él se
diera vuelta... si Adrián se diera vuelta, y me viera.
Adrián sabría de
mí.
Y tendría una
cara.
Y existiría.
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