La congregación
guarda similitudes conocidas.
Este edificio se
parece a aquel y esta esquina a aquella otra. Hay fábricas y humo y vapor y
autos y baldíos aledaños, inventados en forma barrosa por
bolsas, deshechos carcelarios y siluetas por las que resbalo.
Yo corro, siempre
corro a través de la industria y el óxido, a través de los engranajes
chirriantes de herrumbre producto de la existencia colectiva. Salto, creo, con
gracilidad entre un semáforo mientras levanto la cabeza para contemplar el
cielo, cubierto a medias por construcciones góticas, ancianas y corrompidas por
la falta de atención que el tiempo les privó. Sólo otro efecto colateral del
mismo abandono en el que las formas humanoides se regodean, arrastran y rezan
de manera cíclica reproduciendo y multiplicando la falla en la ecuación. Voy
rápido pero doy saltos y, durante el vuelo arqueado de mis miedos que se expresa
en miradas que esquivo, todo se ralentiza. Y mi mente, que no obedece tiempo ni
espacio, continúa pregonando sobre un viejo verso de inseguridad urbana.
Apenas toco el piso,
dejo mi bailarina y sigo corriendo. El vapor se eleva con el sofocamiento de su
propio desagrado. Se vuelve gris y corrosivo. Por momentos, siento que veo. Un
cuerpo tendido sobre una cama que lleva una remera negra desteñida y un
calzoncillo igual. Se remueve y lo dejo, como una certeza y nada más. Vuelvo y
estoy deslizandome en bajada por un barrial en el patio de unos edificios
metálicos y lluviosos por el orín. Paso por debajo de una pared de
chapa y ya no tengo ninguna idea de lo que hay del otro lado. Mi visión y mi
entorno se vuelven ficticios pero de una manera ajena. Siento una incomodidad y caigo en el olvido, como de un poeta medieval reencarnado que se ve obligado a detener la
contemplación de su vela para levantarse e ir a atender un kiosco de barrio.
Llueve
torrencialmente y trato de cerrar las ventanas de mi taller rodante, lleno en
sus rincones con mucho polvo y mucosidad grasa. A cada ventana que cierro, me
encuentro con una nueva abierta. El agua entra pero ni ahora siquiera sé por
qué no la dejo en paz, que me invada y queme con toda la ficción de que me he
rodeado para alimentar a un animal que me pertenece... pero que no soy.
Y Christina ahora,
gorda y desnuda conservando de ángel caído su bello rostro nada más. La estoy
buscando, la veo y la vigilo para que no se vaya de mi casa que confundo con un
telo muy espacioso. Le digo cosas lindas de mierda que no siento ni interpreto,
solamente traigo del infierno. Le toco el culo deforme pero que lo pienso tan
atractivo como el mejor, de forma hipnótica y escultural. Es el tacto, el tacto
confundido a oscuras mentales. Su cara provoca grumos en ciertas áreas
superficiales de mi percepción mientras siento como araña que la lujuria me
endulza el paladar con el que mi imaginación bebe.
En el living hay un
tipo muy alto en el umbral de un atardecer viejo, como de los 60. Está sentado
en un sillón junto a la puerta aventanada y su sóla presencia ya lo
significa todo. Cubre como un manto de relevancia mis sentidos atrofiados. No comprendo, entonces me molesto y reacciono. Dejo a Christina y lo apaleo como a
una bolsa vacía, inmensa, que cambia y se retuerce, entre aire y peso mal
inflingido a propósito. Así, lo convierto en un gusano en mi mente, pero sólo
una vaquita de San Antonio en la realidad.
A todo esto yo no he
dicho nada pero por Christina me volví y en todas las veces fallé, fallé
rotundamente en el intento constante e innegable de succionar como una larva
infecta del regodeo, de la carroña y de la máxima exponenciación de mi más
intima crapulencia.
Una vez más, soy el
cuerpo.
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